4.

1020 Words
4. Alguien inició un incendio en el palacio, y casi mi madre y mi padre, perdieron la vida. Ante aquél hecho, mi padre no podía quedarse con los brazos cruzados y comenzó a indagar entre la gente. Pronto descubrió que aquél incendio había sido provocado, por un puñado de hombres del lugar, y mi padre no solo se sintió dolido, también traicionado, y para darles una lección, mandó a sus hombres a matar a las familias de todos los que tenían acceso al palacio. Luego de eso, parecía que todo volvía a la normalidad, pero no era así. Cuando se enteró que mi madre esperaba a su primogénito, lo gritó a los cuatro vientos. “¡Voy a ser padre!” “¡El Gran Legislador del rey será padre” La noticia llegó hasta los oídos del rey, y pronto comenzaron a llegar regalos, adornos para su primogénito. Así, lleno de entusiasmo, mi padre, comenzó a planificar la vida de su primer hijo, el que sería su heredero. Esperaba con muchas ansias que mi madre le diera un varón, pero ajá, nací yo; una nena de pies a cabeza, y el motivo por el que mi padre comenzaría a menospreciar a mi madre. Si antes lo sospechaba, con mi llegada se convenció de que su Dios lo había castigado, por amar a una hereje. La noticia mala voló como pólvora en el viento. Que un altísimo representante del rey tuviera como primogénito a una niña, era mal visto, era un mal augurio. Era la prueba de su casta baja, y mi padre no toleraba que se le pusiera en duda. Y comenzó a caer en la trampa del destino. Dentro del palacio, todo el mundo estaba al tanto que en los días posteriores a mi nacimiento, el Gran Legislador, suplicaba todas las noches a su Dios que me matara. —Mata a esa niña demonio, te lo suplico. Dios todopoderoso —suplicaba mi padre, mientras mi madre, aún postrada en la cama, me amamantaba, y escuchaba las plegarias de mi padre. Pero esa vez tampoco su Dios todopoderoso, le había escuchado. Y de esa forma, al no obtener respuestas de su Dios, y al ver que la mujer que amaba se apartaba de él por la pequeña engendro que había nacido, poco a poco el carácter de mi padre, se endurecía. Ya nunca se lo veía sonriente. Por las noches iba con mi madre, y la forzaba, trataba de embarazarla de nuevo, pero eso no sucedía. Y solo conseguía sentir más odio hacia ella y hacia mí. —¡Saca a ese engendro de mi vista! —le gritaba a mi madre. Y Anduvia, la matrona que la había ayudado en el parto, y que era una de las pocas que soportaba verme, me sacaba de su presencia y me cuidaba el tiempo que hiciera falta. Mi padre, El Gran Legislador del rey, fiel a su Dios, Dios que nunca le concedió una bendición, ni cuando le rezaba a diario implorando que le enviara un barón de hijo —ahora, si algo bueno puedo decir de mi padre, es que era terco, era un maldito obstinado, pero a la vez, un ciego religioso, devoto a un Dios, que nunca le contestaba nada— él no tenía límites y solo buscaba su perdón. Así que decidió que como prueba de su buena fe, iba a castigar a mi madre. Le dio una cachetada y le dijo: —¡Eres una hereje! Escúchame muy bien. Si no te entrego al rey, y a la Santa Inquisición, es porque aún te amo, a pesar de que no puedas darme un hijo varón. Lo irónico y triste de toda la situación era que el éxito que mi padre había ostentado, hasta ese día, se lo debía precisamente a ella y a sus conocimientos. Con el tiempo, mi padre comenzó a ver otras salidas. Decidió intentarlo de nuevo, con otra mujer, no importaba quien fuera, mientras llevase su semilla. Es así, que una noche, al ver a que Artina caminaba libremente por los jardines, se fijó en ella. —Quiero que la lleven a mi alcoba —ordenó mi padre. Y así la hizo llevar ante su presencia y la tomó por la fuerza. Artina, era la hija de Anduvia, la matrona, era algo más joven que mi madre, siempre llevaba dos trenzas. A veces, cuando su madre o la mía podía cuidarme, ella hacía de niñera, era una mujer buena, pero no se podía comparar con la belleza de mi madre. Pero eso a mi padre, no le importaba nada, solo le importaba que la mujer que le diera un hijo sea igual de fiel a su Dios, de manera que Artina, la hija de la matrona Anduvia, se volvió su amante, y a los meses de darle y darle, todas las noches, la dejó embarazada, y mi padre se convenció ciegamente de que esta vez, su Dios lo bendecía por hacer lo correcto. No sé si mi madre estaba al tanto de todo lo que ocurría a sus espaldas, pero lo que te cuento es lo que la misma Anduvia, me contó muchos años después de que todo eso sucediera. A los nueve meses, y dos semanas, Artina, la amante de mi padre le dio un varón, al que pronto lo bautizaron con el nombre de Arturo, y para desgracia de mi medio hermano, desde el momento en que pudo respirar por sí mismo, por órdenes de mi padre, fue separado de Artina, y fue puesto al cuidado de unas nodrizas muy devotas de Dios. A los días de nacido, bajo extraños sucesos, el pequeño Arturo perdió a su madre, y a Anduvia, madre de Artina, la mandaron lejos de nosotras. Desde ese momento, la mala suerte que mi padre llevaba sobre la espalda, llegó a su término. Al fin cumplía el sueño de criar al varón que llevaría su nombre con honor. Arturo de Saint Peter, fue presentado ante el rey Salomón, y a su Dios, como su primogénito hijo, manteniéndome fuera del ojo público, y del suyo, desde aquél día.
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