Annia
Cuando desperté, ya no estaba en la misma habitación. Esta era tan amplia como la anterior, pero, a diferencia de aquella, estaba decorada en tonos cálidos. Las frías mesas metálicas que antes sostenían medicamentos habían sido reemplazadas por otras más delicadas, de colores pastel. La decoración, en su conjunto, transmitía una sensación de calma y bienestar. Era como un sueño; jamás en mi vida había visto un lugar tan hermoso.
A un costado de la cama había un jarrón con flores moradas, de una belleza sencilla y cautivadora. Me incorporé con cuidado, tomé una entre mis dedos y aspiré su fragancia: era suave, agradable, casi reconfortante.
—¿Te gustan esas flores, Printsessa? —escuché decir.
Era Olena, que acababa de entrar. A su lado se encontraba una mujer de alrededor de cuarenta años, de rostro amable y vestimenta semiformal, cuya presencia resultaba cercana y tranquilizadora.
—Sí, son muy bonitas —respondí.
—Son violas rusas, capaces de resistir los climas más fríos —explicó ella.
Volví a contemplarlas unos segundos antes de dirigir nuevamente mi atención a ambas mujeres.
—¿Dónde estoy? —pregunté.
Olena tomó la palabra:
—Estás en una casa de reposo. La médica consideró que ya no era necesario que permanecieras en el hospital, así que la doctora Smith —indicó a la mujer que la acompañaba— solicitó tu traslado aquí. Cree que es el mejor lugar para tu recuperación, aunque yo habría preferido que te quedaras en…
Se interrumpió de pronto, como si midiera cuidadosamente sus palabras.
—¿Qué fue lo que sucedió? —insistí.
Olena se acercó a la cama, mientras la doctora permanecía a los pies. Fue ella quien habló:
—Hola, Annia. Es un gusto conocerte. Soy Margaret Smith y, a partir de hoy, seré tu terapeuta —dijo con una sonrisa cálida—. ¿No recuerdas lo ocurrido en el hospital?
—Lo que pasó… —murmuré, dubitativa—. Recuerdo que estábamos hablando con Olena cuando, de repente, la puerta se abrió de golpe y…
Los recuerdos irrumpieron con violencia, como una marea contra la roca: aquellos ojos azules, los tres hombres… y luego, uno de ellos acercándose a mí…
—Mikhail… mi padre… ese hombre era mi padre… —susurré, con la voz temblorosa.
Olena tomó mi mano con firmeza.
—Tranquila, Printsessa. No tienes por qué temerle. Él jamás te haría daño. Lo único que desea es tu bienestar.
Negué con desesperación.
—No… él me odia. Desde que supo de mi existencia. Para él soy *Pomenkha*… *Pomenkha*…
—Printsessa… cálmate —pidió Olena, sin soltarme, aunque la sorpresa era evidente en su mirada.
La doctora intervino con voz serena, pero firme:
—Annia, antes de continuar, necesito que te tranquilices. De lo contrario, tendré que sedarte. Respira profundamente, por favor. ¿Podemos hacer eso?
La miré y, con esfuerzo, comencé a acompasar mi respiración. Negué con la cabeza.
—Muy bien. Lo estás haciendo bien —afirmó.
Cuando recuperé algo de calma, le pedí a Olena que me ayudara a bajar de la cama. Ella acercó una silla de ruedas. Al apartar las sábanas, noté que ya no llevaba la bata del hospital, sino un pijama de algodón, suave y ligero, de dos piezas color lila.
Al notar mi expresión, Olena explicó:
—Yo te cambié. Pensé que estarías más cómoda así. Espero que no te moleste.
Negué con gratitud. No solo no me molestaba, sino que me agradaba profundamente. Nunca había tenido algo así. En realidad, nunca había tenido un pijama. Solía dormir vestida, por miedo a los amigos de Dean. La poca ropa que poseía era usada, encontrada o donada. Casi siempre eran polos o pantalones.
—¿Te gustaría que hablemos, Annia? —preguntó la doctora.
Miré a Olena; ella asintió, transmitiéndome confianza.
—Sí… pero me gustaría que se quedara conmigo, si es posible.
—Por supuesto, Printsessa. Estoy aquí para ti —aseguró.
—Entonces, ¿te parece si salimos al jardín? —propuso la doctora.
Asentí.
El jardín era encantador: flores y arbustos perfectamente cuidados componían un paisaje armonioso. Olena empujaba la silla mientras avanzábamos.
—¿Cuándo cree que podré volver a caminar? —pregunté.
—Con la terapia adecuada y esfuerzo de tu parte, en unas semanas podrías hacerlo sin dificultad —respondió la doctora.
Nos detuvimos en una pequeña glorieta. Allí había una mesa rodeada de sillas acolchadas. Sobre ella, tres tazas humeantes y algunos pastelitos de aspecto delicado.
La doctora se sentó frente a mí, y Olena a mi lado. Me ofrecieron una taza y colocaron un pequeño pastel de chocolate frente a mí.
—Pruébalo, Printsessa.
Lo observé con curiosidad. Lo había visto antes… pero nunca lo había probado.
—¿No te gusta el chocolate? —preguntó la doctora.
—No es eso… es solo que… nunca he probado uno —admití, avergonzada.
Olena me miró, sorprendida, pero guardó silencio.
—Adelante, Annia —me animó la doctora.
Tomé un cubierto, corté un pequeño trozo y lo llevé a mi boca. El sabor fue indescriptible. Dulce, intenso, envolvente. Probé otro, y luego otro… cada bocado superaba al anterior. Cuando levanté la vista, ambas me observaban con una mezcla de sorpresa y ternura.
Avergonzada, me disculpé.
—No tienes por qué hacerlo —dijo la doctora—. Me alegra que te haya gustado. Siéntete libre de disfrutarlo.
Luego añadió, con suavidad:
—Annia, me gustaría que habláramos de por qué le temes a tu padre.
La sola mención me hizo estremecer.
—No quiero hablar de él.
—Estoy aquí para ayudarte, pero necesito comprender qué provocó tu reacción. No voy a juzgarte.
Sostuve su mirada y encontré sinceridad. Luego miré a Olena y vi lo mismo. Respiré hondo.
—Me dijeron que, cuando supo de mí, no quiso reconocerme. Que me abandonó antes de nacer. Para él solo soy un estorbo… *Pomenkha* —mi voz se quebró—. Ella decía que sus castigos eran nada comparados con lo que él me haría…
Olena tensó la mandíbula.
—Entonces —preguntó la doctora con delicadeza—, ¿esa persona realmente se preocupaba por ti?
Negué.
—Para mi madre yo también era *Pomenkha*.
—¿Qué significa esa palabra? —inquirió.
—Estorbo —respondió Olena con rigidez.
—Annia, mírame —pidió la doctora—. ¿No crees que ella pudo haberte manipulado?
Vacilé.
—Tu padre te rescató. Donó sangre junto a tus hermanos. Me buscó para ayudarte. Incluso se alejó por tu bienestar. ¿Crees que alguien que te considera un estorbo haría todo eso?
Mi mente se volvió un torbellino, no sabía que pensar, Pero las palabras de Doctora Smith, resonaban en mi cabeza.
Más tarde, ya en mi habitación, miré a Olena.
—Quiero pedirte algo… ¿puedes ayudarme?
Ella asintió.
—Quiero ver a mis hermanos, por favor, ¿me ayudarías a contactarlos?
—Claro, Printsessa. Haré que vengan mañana. ¿Y tu padre?
Dudé un instante.
—Aún no… primero necesito ordenar mis pensamientos. No quiero lastimarlo.
Olena sonrió, satisfecha.