Capitulo 12

2129 Words
Annia ‎ El nerviosismo me oprimía el pecho. ‎ No sabía si les agradaría. ‎ A mis hermanos. ‎ Bueno… a Alexei y Andrey Volkov ‎Mikhail no contaba. Era solo un bebé de seis meses, y a él parecía caerle bien… o al menos eso quise creer el día en que lo vi. Aún me costaba aceptar lo que Olena me había revelado la noche anterior: que aquel pequeño que encontré al despertar era el mismo bebé al que había ayudado a traer al mundo. ‎Pero incluso eso quedaba opacado por algo más difícil de asimilar. ‎‎Había estado dormida. ‎No horas. No días. ‎Meses. ‎Un coma inducido, habían dicho, necesario para que mi cuerpo sanara. Para que las heridas cerraran. ‎Al menos, las visibles. ‎Olena me contó que nunca me dejaron sola. Ni ella, ni mi padre, ni mis hermanos. Permanecieron a mi lado todo ese tiempo, alejándose solo lo necesario para asearse o cambiarse de ropa. Se habían mudado desde Moscú hasta América únicamente para estar cerca de mí, para vigilar cada paso de mi recuperación. ‎En el caso de Olena, ni siquiera eso. Gracias a mi padre, había conseguido una habitación en el hospital, junto a la mía. Los médicos no lo consideraban necesario, pero él era… persuasivo cuando se lo proponía. Y, aun si no lo hubiera logrado, ella tampoco habría aceptado marcharse. ‎Sentí lástima por cualquiera que hubiera intentado obligarla. Ella era hermosa‎, detrás de su sonrisa cálida y su apariencia delicada, había una mujer firme. Fuerte. De carácter inquebrantable. ‎Lo había notado en pequeños detalles… como cuando me levantaba sin esfuerzo para sentarme en la silla de ruedas, bueno no era que yo pensara mucho en realidad, aunque, al verme al espejo tras el baño, comprendí que mi cuerpo ya no era el mismo: había recuperado peso, y mi rostro ya no reflejaba aquella palidez cadavérica. ‎Sin embargo, hubo algo que no pude ocultar. ‎Las cicatrices. ‎Ese fue el único momento en el que deseé estar sola. No quería que Olena las viera. No quería ver su reacción. Yo… me sentía un monstruo. ‎Pero cuando sus ojos se posaron sobre mi espalda, no hubo horror en ellos. Solo… comprensión. —Printsessa —dijo con suavidad—, no tienes por qué avergonzarte. ‎Todos llevamos marcas. Algunas más visibles que otras… pero las tuyas cuentan una historia. ‎Una historia de valentía. ‎Sus palabras me envolvieron con una calidez inesperada. —Demuestran que eres una guerrera. Que, a pesar de haber vivido en la oscuridad, jamás permitiste que esta se apoderara de tu corazón. ‎Al contrario… te convirtió en alguien capaz de proteger, de darlo todo por otros. ‎Tus cicatrices no hablan de tu dolor… hablan de tu fuerza. ‎Cuando me abrazó, algo dentro de mí se quebró… y al mismo tiempo, se reconstruyó. ‎Por primera vez… sentí lo que era el cariño de una madre. ‎El sonido de la puerta me devolvió a la realidad. ‎Mis manos temblaban entrelazadas sobre mi regazo. Olena se dirigió a abrir, pero la detuve. —¿Y si no les agrado? ‎Ella tomó mi rostro entre sus manos y me miró con una certeza absoluta. —Les vas a encantar, Printsessa. ‎Y sonrió. ‎Luego abrió la puerta. ‎Ellos estaban allí. ‎Mis hermanos. ‎Uno de ellos empujaba una pequeña carriola donde Mikhail observaba todo con curiosidad. Los tres vestían de forma casi idéntica: pantalón beige, camisa celeste y mocasines oscuros. ‎Pero aun así… eran distintos. ‎El primero —él de la carriola— llevaba las mangas arremangadas y unos lentes de aviador sobre la cabeza. Su sonrisa era amplia, luminosa. ‎El otro… más rígido, más contenido. Su camisa perfectamente acomodada, los lentes colgando del bolsillo. Su expresión era seria, pero sus ojos… sus ojos brillaban con una intensidad imposible de ignorar. —Ho… hola… ‎El silencio que siguió fue breve, pero denso. Como si todos hubieran contenido el aliento al mismo tiempo. —Soy Annia… Annia Ivanovich... gusto en conocerlos. —Hola, Annia —respondió el de la sonrisa radiante—. Yo soy Andrey… y este —añadió, jalando del brazo al otro— es Alexei. Mi gemelo. Aunque claramente yo soy el más guapo… bueno, también el menor, pero eso no importa— —¡Zakroy rot! —lo interrumpió Alexei con brusquedad—. O va a pensar que somos unos idiotas… si es que no lo ha hecho ya al vernos vestidos igual. ‎ No se como me deje convencer de vestirnos igual. ‎Sus palabras eran duras, pero no había verdadera hostilidad en ellas. —Incluso vestiste igual al bodoque… ‎Mikhail respondió con aplausos, encantado. —Frat, dime que nos vemos mejor de lo habitual —insistió Andrey, haciendo un puchero—. La idea era impresionarla. ‎No pude evitarlo. ‎Reí. ‎El sonido escapó de mis labios antes de que pudiera detenerlo… y el mundo pareció detenerse con él. ‎El silencio que siguió me quemó las mejillas. —Lo… lo siento… no era mi intención… —Ángel… —murmuró Alexei. ‎Su voz ya no era dura. —Tu risa es lo más hermoso que he escuchado. ‎Levanté la mirada. ‎Y lo vi sonreír. ‎Andrey también lo hacía. Olena. Incluso Mikhail, ajeno a todo, parecía compartir esa alegría. ‎Y entonces… ‎Yo también sonreí. ‎Por primera vez. ‎Salimos al jardín poco después. ‎El aire fresco rozaba mi piel mientras Olena empujaba la silla. Mikhail descansaba en mi regazo, y mis hermanos caminaban a cada lado, como si siempre hubieran estado ahí, ‎Como si perteneciera a ese lugar. —¿Dónde se queda Mikhail? —pregunté. ‎Andrey respondió de inmediato, con su entusiasmo habitual. Me contó que vivía con ellos desde que salió del hospital, que él mismo lo cuidaba cuando podía. Pero ahora, debido a sus necesidades, habían contratado a una niñera. —¿Necesidades…? ¿Está enfermo? ‎El silencio cambió. —Tiene un problema cardíaco congénito —respondió Alexei con frialdad—. Y nació con bajo peso… por negligencia. ‎Miré a Mikhail. —Lo siento… —¿Por qué te disculpas? —su tono se tensó—. ¿Fuiste tú quien lo gestó? ¿Quien lo descuidó? ‎Negué de inmediato. —Entonces no tienes nada que lamentar. La culpable es… esa mujer. ‎El desprecio en su voz era cortante. —Nunca supo cuidar a ninguno de sus hijos. ‎El ambiente se volvió pesado. —¿Ella… también era su madre? ‎ ‎Dudé al preguntar, pero necesitaba entender. ‎Ellos intercambiaron una mirada. ‎Y aceptaron. ‎Nos detuvimos en una pequeña sala del jardín. Olena se llevó a Mikhail, dándonos espacio. ‎El silencio no era incómodo. ‎Era denso. ‎Pesado. ‎Como si el aire mismo supiera que lo que estaba por decirse… no debía ser pronunciado en voz alta. ‎Andrey dejó de sonreír. ‎No fue algo brusco. ‎Fue peor. ‎Fue lento. ‎Como si la luz se apagara dentro de él. ‎—Sí… —murmuró al fin—. Lo era. ‎“Madre”. ‎La palabra no salió. ‎Pero quedó flotando. ‎Deformada. ‎Rota. ‎Alexei no dijo nada. ‎Pero su mandíbula se tensó. ‎Tanto… que pensé que podría romperse. ‎—Nunca… —continuó Andrey, tragando saliva— nunca fue una madre. ‎El tono había cambiado. ‎Ya no era ligero. ‎Ya no era cálido. ‎Era vacío. ‎—Al principio… —su voz se volvió más baja— no lo entendíamos. ‎Éramos niños. ‎La esperábamos. ‎Siempre. ‎En los cumpleaños. ‎En las presentaciones. ‎En las noches. ‎Pero ella nunca llegaba. ‎—Papá decía que estaba ocupada… —añadió—. Que tenía cosas importantes que hacer. ‎“Importantes”. ‎La palabra le supo amarga. ‎—Fiestas. Viajes. Eventos —escupió Alexei, sin mirarnos. ‎El silencio volvió a caer. ‎Más pesado. ‎Más frío. ‎—Pero nosotros… —Andrey dejó escapar una risa sin humor— nosotros la queríamos igual. ‎Eso fue lo que más dolió. ‎Porque los niños… ‎No saben odiar a quien debería amarlos. ‎—Esa noche… —continuó. ‎No levantó la mirada. ‎—Papá salió a una cena. ‎Iván se quedó con nosotros. ‎Olena estaba organizando algunas cosas. ‎Todo era… normal. ‎Hasta que dejó de serlo. ‎—Papá olvidó un documento —dijo Alexei, seco—. Iván fue a llevárselo. ‎Y nos dejó solos. ‎Un error ‎Uno pequeño. ‎Uno que casi nos cuesta la vida. ‎—Ella llegó poco después —susurró Andrey. ‎Su expresión… cambió. ‎No era tristeza. ‎Era miedo. ‎—No debía estar ahí —añadió—. Se suponía que estaba de viaje. ‎Pero entró. ‎Como si nada ‎Directo al despacho de papá ‎Salió con un bolso. ‎Y nosotros… ‎La seguimos. ‎Porque éramos niños. ‎Porque era nuestra madre. ‎—¿A dónde vas, mamita? —la voz de Andrey se quebró al repetir sus propias palabras. ‎Cerré los ojos un instante. ‎Podía verlo. ‎Podía imaginarlo. ‎Dos niños. ‎Esperando. ‎Creyendo. ‎—Se detuvo —continuó—. Molesta. ‎Pero luego… ‎Sonrió. ‎Y no era una sonrisa bonita. ‎—¿Quieren venir conmigo? —repitió. ‎Andrey soltó una risa rota. ‎—Nunca nos había invitado a nada. ‎Nunca. ‎Y ese día… ‎Dijo que sí. ‎—Yo no quería ir —intervino Alexei, su voz baja, controlada—. Algo no estaba bien. ‎Pero él… —miró a su hermano— me miró como si fuera lo único que quería en el mundo. ‎Y no supe decirle que no. ‎El aire se volvió más frío. ‎—No nos dejó cambiarnos —dijo Andrey—. Solo tomamos chaquetas. ‎Hacía frío ‎Mucho. ‎Subimos al auto. ‎Y ella… ‎Condujo. ‎Durante bastante tiempo ‎Sin decir nada. ‎—Hasta que el camino desapareció —añadió Alexei. ‎—Y solo quedó el bosque. ‎Mi respiración se volvió más lenta. ‎Más pesada. ‎—Se detuvo —susurró Andrey—. Nos pidió que bajáramos. ‎—No lo hagas —murmuró Alexei, como si aún estuviera allí, como si aún pudiera detenerlo. ‎Pero ya era tarde. ‎Siempre fue tarde. ‎—Bajé —dijo Andrey—. ‎Y tú me seguiste. ‎—Siempre —respondió Alexei. ‎Una sola palabra. ‎Cargada de todo. ‎—Caminamos unos pasos —continuó Andrey—. Y entonces dijo que había olvidado algo. ‎Regresó al auto. ‎Lo encendió ‎—Corrimos —la voz de Andrey se rompió—. Golpeamos la ventana. ‎—Le exigí que abriera —añadió Alexei, con rabia contenida—. Que nos llevara con papá. ‎El silencio se tensó hasta doler. ‎—Y ella… —Andrey cerró los ojos— bajó la ventana. ‎Sonriendo. ‎—“No se preocupen” —repitió. ‎Su voz era apenas un hilo. ‎—“Pronto estarán con él”. ‎Una carcajada. ‎Fría. ‎Hueca. ‎Inhumana. ‎—Y entonces… —Alexei apretó los puños— aceleró. ‎El sonido del motor. ‎La nieve. ‎El vacío. ‎—Nos dejó —susurró Andrey. ‎El mundo se detuvo. ‎—En medio del bosque. ‎—En invierno. ‎—A dos niños de siete años. ‎Mi pecho dolía. ‎Como si algo lo estuviera apretando desde dentro. ‎—Esperamos… —dijo Andrey—. ‎No lo sé. ‎—Pensamos que volvería —añadió, con una sonrisa que no era sonrisa—. ‎Porque era nuestra madre. ‎Pero no volvió. ‎Nunca volvió ‎El silencio final fue absoluto ‎Irrompible. ‎Y entonces… ‎lo entendieron. ‎No era un castigo. ‎No era un error. ‎No era un accidente. ‎Fue una decisión. ‎Ella los llevó allí… ‎para que murieran. ‎Y lo más cruel… ‎no fue el frío. ‎ni la oscuridad. ‎ni el miedo. ‎Fue darse cuenta… ‎de que quien debía amarlos… ‎fue quien los condenó.
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