Capitulo 18

1472 Words
Mikhail Volkov Unos meses después del cumpleaños número 7 de Alexei y Andrey, la encontré en mi habitación, ya que desde hacía mucho no compartíamos la misma. Cuando le pregunté qué hacía ahí, se sorprendió al verme, pero me contestó que me estaba esperando. Se me acercó y me besó intempestivamente; le correspondí, aún la quería, sentía algo por ella. Las cosas fueron tornándose más apasionadas y, después de mucho tiempo, volvimos a intimar. Después de terminar, ella se vistió rápidamente. Le pregunté a dónde iba y me respondió que se iba de viaje. Le pedí que lo postergara, que se quedara para pasar el día con nuestros hijos, y ella simplemente dijo que no. Fue entonces que le reclamé el porqué de su indiferencia hacia ellos. Me dijo que ella jamás quiso ser madre, que yo la había obligado, que ya suficiente había hecho con parir a aquellos críos y que ahora no esperara que los quisiera, porque jamás lo haría; que si lo que quería para ellos era una madre, que buscara una sustituta. No podía creer lo que estaba escuchando. Quise decirle muchas cosas, pero escuché un pequeño sollozo en la puerta de mi habitación y vi la silueta de Alexei. Él había escuchado todo. Mi pequeño había oído el desprecio que sentía su madre hacia ellos. Lo vi desaparecer en las sombras y fue entonces que tomé la decisión. —Esto se acabó —le dije—. Nos divorciaremos. A tu regreso estarán listos los documentos para que los firmes. Me quedaré con los niños y tú recibirás una pensión justa. Su mirada se volvió turbia, llena de ira; había desesperación en ella. —Jamás te daré el divorcio. Solo te librarás de mí cuando mueras. Yo no he aguantado todo y he vivido lo que he vivido todo este tiempo para quedarme sin nada. Tú lo no vas a arruinar. Luego salió de mi habitación. En ese momento no entendí esas palabras. Pasaron varias semanas después de que se fue. Una noche de invierno tenía una cena de negocios, así que dejé a los niños con Iván, mientras Olena me acompañaba. Había olvidado unos documentos; Olena se ofreció a regresar por ellos, pero decidí que lo mejor era continuar y llamé a Iván para que me los llevara al lugar donde iba a cenar con aquel socio. Igual solo dejaría a los niños unos momentos y la casa tenía más vigilancia. Cuando llegué al lugar, me llevaron a una habitación reservada. Me dijeron que aquel socio la había reservado para tener más privacidad. Estuve esperando un momento y, de pronto, la puerta se abrió y vi aparecer a Katarina. La vi sonreír; llevaba un abrigo, tenía ojeras y se veía algo demacrada. Al parecer, el viaje no le había sentado bien. Traía consigo una botella y dos copas. Se me acercó y trató de besarme, pero yo la rechacé. Ella volvió a sonreír y sirvió las dos copas. —Por favor, cariño, no me digas que sigues molesto por lo de aquel día —me dijo. Yo solo la miré. Me acercó la copa; no quise tomar, pero insistió. —Vamos, querido, brindemos. Esta será la última vez que me verás, te lo prometo. Solo será una copa y tendrás la libertad que tanto quieres. Ya no la quería ver, así que me tomé la copa de un solo golpe. Ella volvió a sonreír, esta vez con una risa macabra. —Bueno, querido, ahora sí, esta es la última vez que nos veremos. Quise tomarla del brazo para pedirle una explicación, pero de pronto un fuerte dolor en el pecho me doblegó. —¿Qué me has hecho, maldita? ¿Qué me diste? —Nada, querido. Como te dije, esta será la última vez que nos veremos. Y ahora iré por los niños. Pronto estarán juntos… y pronto tendré lo que siempre debió ser mío. Se fue riendo. Caí al piso agarrándome el pecho. Solo en ese momento se me cayó la venda de los ojos. Esa siempre fue su verdadera cara. Jamás había cambiado; siempre fue así. Solo fingía ser un ángel cuando en realidad era un demonio. Y ahora ese demonio iba tras mis hijos. Me puse de pie, me apoyé en la mesa, luego salí de aquella habitación y caminé sosteniéndome de las paredes hasta llegar al vestíbulo. Ahí estaban Iván y Olena. Caí y ellos vinieron rápidamente a mí. Mientras Olena llamaba a una ambulancia, con las fuerzas que me quedaban agarré a Iván y le dije que fuera por mis hijos, que ella les iba a hacer daño. Luego perdí la conciencia, rogando que Iván pudiera llegar a tiempo antes de que ese monstruo lastimara a mis hijos. Desperté tres semanas después en el hospital. A mi lado estaba Olena. Lo primero que hice fue preguntar por mis hijos. Ella no respondía, así que supuse lo peor. Quise levantarme de la cama, pero ella me lo impidió. Iván, quien se encontraba fuera, al escuchar el escándalo entró rápidamente y ayudó a Olena a sujetarme. —¿Dónde están mis hijos? —les pregunté a ambos. —¡Cálmate, Mikhaeñil! Si no te calmas, te dará otro paro cardíaco, maldita sea —dijo Olena. Ella solo me llamaba por mi nombre cuando algo era muy serio; era su forma de advertencia. —Señor, Olena tiene razón. Debe calmarse —dijo Iván. —¿Cómo quieren que me calme si no me dicen dónde están mis hijos? —les respondí. —Mikhail, si no te calmas no podremos decirte nada, y le pediré a una enfermera que te sede —me amenazó Olena. Me calmé. Ellos me soltaron e Iván comenzó a hablar. —Andrey se encuentra bien, está en la mansión Volkov. Pero Alexei… él aún está en este hospital. Debió ver mi expresión, porque rápidamente agregó: —Está fuera de peligro. En unos días le darán el alta y también regresará a la mansión. —¿Qué fue lo que pasó? —pregunté. Entonces me contó que, cuando llegó a la mansión, esa maldita de Katarina se había llevado a los niños. El personal de seguridad no dijo nada porque era la madre y jamás pensaron que les haría daño. Iván se puso en marcha rápidamente y, a través de los contactos que teníamos y las cámaras de seguridad, supo que los había sacado de la ciudad. El camino solo dirigía a un lugar: el bosque de las montañas. Cuando llegó junto con el equipo de búsqueda, encontró huellas de auto casi borradas por la tormenta de nieve. Buscó toda la noche hasta que dio con ellos. Andrey, por suerte, estaba bien; quien se encontraba realmente grave era Alexei. Había sufrido un cuadro de hipotermia por salvar a su hermano, y por ese motivo estaba internado. Había convulsionado y querían descartar algún daño interno o neurológico. Maldije mil veces haber sido tan estúpido por no haber visto antes la verdadera cara de esa mujer. Luego, Olena me dijo lo que había pasado cuando perdí la conciencia: había sufrido un paro cardíaco. Gracias a que ella llamó a nuestro personal médico, lograron salvarme. Al realizarme los exámenes, detectaron que había ingerido una dosis alta de adelfa, lo cual había detenido mi corazón. Esa maldita me había puesto esa flor en la copa de champán en el restaurante. También dijo que todo parecía planeado y que lo del restaurante fue una trampa, porque el supuesto socio nunca llegó, y cuando investigaron sobre él, todo llevaba a un callejón sin salida. De Katarina no lograron saber nada. La buscaron, pero no dieron con ella. Aquello no me agradó en absoluto. Esa mujer era un peligro, y todo me parecía demasiado sospechoso. La busqué durante años, pero jamás di con ella. Hasta hace poco, cuando encontré a su madre y, gracias a ella, pude dar con su paradero. Ahora ya no usaba ese nombre; se hacía llamar Ylena Ivanovich y estaba en América. Pero lo más sorprendente fue que no solo se había ocultado todos estos años, sino que también me había ocultado que, cuando huyó de Rusia, llevaba en su vientre un hijo mío. Te llevaba a ti, mi niña hermosa. Jamás supe de tu existencia, porque créeme que, de haberlo sospechado, habría puesto de cabeza no solo Rusia, sino el mundo entero. Me paré y me puse de rodillas frente a mi pequeña. —Perdóname, tesoro mío, por no estar a tu lado todos estos años, por no haberte podido defender de ese monstruo que tuviste por madre, por no haber puesto el mundo de cabeza. Ojalá puedas perdonar a tu padre por ser un completo imbécil. Ojalá algún día puedas perdonarme… pero si no lo haces, tampoco te culparía. Es más, me lo tendría bien merecido, porque ni yo mismo puedo perdonarme.
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