Annia
El despacho de mi padre era igual de impresionante que todo lo que había en esa casa; desprendía lujo y elegancia. No podía dejar de mirar todo a mi alrededor.
—Siéntate, por favor, Annia —me dijo, señalando un pequeño sillón que estaba frente a otro.
Yo estaba nerviosa y no sabía cómo empezar aquella conversación. Tenía tantas preguntas en mi interior.
Cuando él se hubo sentado, después de que yo lo hice, comencé por la pregunta más sencilla que tenía:
—¿Fuiste tú el que mandaba las lilas rusas cuando estaba en la casa de reposo?
Él me miró con un atisbo de sorpresa en sus ojos para luego decir:
—¿Cómo lo supiste? Les pedí a tus hermanos y a Olena que no te dijeran nada...
—Ellos no me dijeron nada. Es más, no sabía que ellos lo sabían. Al llegar vi los jardines, así que intuí que fuiste tú. Muchas gracias, son muy hermosas —dije sinceramente.
Él me sonrió.
—Eran las flores favoritas de tu abuela, mi madre. Las cuidaba ella misma. Decía que era una flor que crecía en la adversidad; ni siquiera el clima más inclemente podía impedir su florecimiento. Yo aprendí a amarlas, me parecían impresionantes. Cuando ella murió, yo me encargué de cuidar su jardín. No lo pude hacer yo mismo por mis obligaciones, pero le pedí a Anthon, el jardinero, que se encargara de ellas.
—Sabes, tú eres como las lilas, igual de bella. Una hermosa flor que creció en la adversidad y floreciste más bella que nunca, a pesar de todo lo que padeciste —dijo.
Sus ojos azules me miraban con una ternura infinita. Vi que quiso tomar mi mano, pero se detuvo y regresó su mano a su regazo.
—¿Por qué la obligaste a tener hijos cuando ella no los quiso jamás?
Él suspiró y luego se levantó. Caminó hacia la ventana y se quedó mirando por ella.
—Te contaré todo desde el principio para que puedas entender muchas cosas —dijo mi padre.
Yo me quedé en silencio y él comenzó con su relato.
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Mikhael Volkov
Conocí a Katarina, tu madre, hace 25 años. Yo era joven y acababa de cumplir 22, y estaba al frente de todos los negocios de mi familia como el único heredero. La primera vez que la vi fue en el teatro de Moscú. Yo había asistido aquel día por una gala benéfica. Uno de mis socios me la presentó. En aquel entonces era una bailarina de ballet novata de 18 años que había entrado a la compañía recientemente. Al verla me quedé impactado por su rostro angelical. Me enamoré a primera vista.
Al principio no mostraba mucho interés en mí, o por lo menos esa fue la impresión que me dio, y eso me cautivó más. Yo, Mikhail Volkov, el heredero de la familia más importante de Rusia, estaba acostumbrado a que todas las mujeres me siguieran, pero ella fue la excepción.
Así que me propuse conquistarla, pero al cabo de poco tiempo de cortejarla logré que me aceptara y comenzamos una relación.
En aquel entonces, Olena e Iván me advirtieron sobre ella. Dijeron que averiguara sobre su pasado, que había algo que no les terminaba de agradar, que había algo raro. Pero yo, lejos de hacerles caso a las dos personas que conocía de toda la vida, continué con aquella relación, estaba cegado por ella.
Seis meses después, ella me dio la noticia más maravillosa de mi vida: estaba embarazada. Fui el hombre más feliz del mundo, así que no lo pensé dos veces y le pedí que se casara conmigo, y ella aceptó.
Estaba seguro de que era la mujer de mi vida, así que me dije que porque debería esperar más.
Después de casarnos, ella comenzó a cambiar su actitud, su manera de comportarse con los demás, pero yo lo asocié al embarazo.
Sus gastos se elevaron. Comenzó a viajar, pero para mí eso no fue un problema. Si ella deseaba una cosa, yo estaba dispuesto a dárselo. La amaba.
Yo salía de viaje muy a menudo por los negocios que tenía, pero en uno de ellos adelanté mi regreso a casa antes de la fecha prevista. Quería sorprender a Katarina. Cuando entré a nuestra habitación, ella se encontraba en la ducha. Me disponía a tomar una yo también, pero cuando me acerqué a nuestra cama vi que sobre ella había unos papeles. Al tomarlos, no podía creer lo que leí: era un consentimiento para realizarse un aborto. Todos tenían el nombre de Katarina, su firma, y estaba programado para ese día. Me quedé perplejo.
Me sacó de mi estupor cuando alguien me arrancó esos papeles de las manos. Era ella, quien ya había salido del baño.
Le exigí una explicación.
Ella me sonrió y, sin tapujo alguno, me dijo que había recibido una gran oferta para ser la primera bailarina de una de las compañías de ballet, pero para serlo necesitaba cumplir con ciertos estándares, y el embarazo era un problema.
La tomé por los brazos. La ira comenzó a apoderarse de mí y le grité:
—No matarás a nuestros hijos.
Ella se soltó de mi agarre y me espetó que eso no era decisión mía, que era su cuerpo y ella decidiría qué hacer con él.
—No permitiré que lo hagas —le dije.
Levanté la voz y llamé a Olena e Iván.
—A partir de hoy, y hasta que nazcan mis hijos, la señora tiene prohibido salir de esta casa, salvo que sea para ir al médico a sus controles del embarazo, y en esa ocasión lo hará conmigo o con ustedes. A partir de hoy ustedes se convertirán en su sombra. Cualquier movimiento o actitud sospechosa me la informan inmediatamente.
Ellos asintieron.
Luego me dirigí a ella:
—Te voy a decir esto una sola vez, y óyelo bien: si les llega a pasar algo a nuestros hijos, vas a conocer mi lado más oscuro, y no te recomendaría que lo hagas.
Vi el miedo en sus ojos y no esperé a que me contestara. Salí de aquella habitación.
Los siguientes meses fueron transcurriendo y recibía informes diarios sobre ella, y en cada uno iba viendo que no era el ángel que creía. Trataba mal a todo aquel que tenía a su paso. Se negaba a ir al médico o a tomar las vitaminas que este le recomendaba.
Hasta que el día llegó, cuando nacieron Alexei y Andrey. Los amé con todo mi corazón cuando los vi. Los amé desde que supe de su existencia y juré en aquel entonces que nadie los dañaría.
Katarina, por su parte, ni siquiera quiso verlos. Dijo que ya tenía a mis hijos, que ahora quería que retirase la orden de su encierro y que se iría de viaje en cuanto salga de ese hospital.
No podía creer que en ese momento eso fuera lo único que le importara, pero aun así accedí.
Los siguientes años fueron de mal en peor. Ella no quiso tener ningún tipo de vínculo con los niños; los evitaba y siempre andaba de viaje. Nuestro matrimonio se volvió un infierno, pero a pesar de eso no me divorcié, pensando en mis hijos, sobre todo en Andrey. Él tenía un apego emocional hacia Katarina, a pesar de que casi nunca estaba con ellos.
Y, bueno… ¿a quién quiero engañar? Yo aún la amaba y no perdía la esperanza de que algún día regresaría el ángel del cual me había enamorado.