Capitulo 8

1056 Words
Annia El olor a antiséptico fue lo primero que llegó a mi nariz. Quería abrir mis ojos, pero sentía los párpados muy pesados. De fondo escuchaba una dulce canción; bueno, más que eso, era un suave tarareo. Era una canción de cuna, un arrullo… era muy bonito, se podía sentir el cariño que transmitía a través de aquel suave canto, y luego un pequeño gorjeo seguido de una risita que parecía el trino de una avecilla, que llenaba de regocijo. Quería mover mi cuerpo, pero este se sentía de plomo, así que intenté nuevamente abrir los ojos y, después de mucho esfuerzo, lo logré, pero tuve que cerrarlos inmediatamente por la luz que de pronto recibí en ellos. Supongo que aquel impacto hizo que mi cuerpo se moviera, porque la voz dejó de cantar y, en lugar de eso, dio una exclamación en ruso, seguido de un: —Se ha movido… ¿printsessa, puedes escucharme?—. Yo conocía esa voz. Abrí ahora muy despacio nuevamente los ojos, tratando de acostumbrarlos a la luz. Cuando finalmente lo logré, no reconocí el lugar donde estaba. Era una habitación muy amplia, toda de blanco; había algunos estantes y mesitas de metal plateado alrededor. Sobre ellas descansaban infinidad de medicamentos y otros utensilios. ¿Qué era esto? ¿Dónde estaba? Era un hospital, seguro, pero ¿por qué estoy aquí?, ¿cómo llegué a este lugar? Y entonces un gorjeo me sacó de mis pensamientos. Busqué de dónde provenía aquel sonidito y entonces lo vi: un pequeño niño regordete de piel blanca, sus cachetes rosados y sus ojitos azules me miraban curioso, mientras aplaudía con sus pequeñas manos. Al parecer algo le complacía, porque no dejaba de sonreír. A su lado, sosteniéndolo en brazos, estaba una mujer rubia de unos treinta y tantos años, de piel blanca. Sus ojos me miraban muy sorprendida y en ellos también se veía alivio y ¿felicidad? Ella estaba aliviada y contenta de verme, pero ¿por qué?, ¿me conocía? Todo era tan confuso. —Printsessa, al fin despertaste—. Esta vez el alivio en la voz de esa mujer podía sentirse. Entonces recordé esa voz… yo conocía esa voz. Era ella, la mujer que me rescató aquel día, a la que le entregué a mi pequeño hermano. ¿Mi pequeño? ¿Dónde estaba mi hermano? —¿Mikhail? ¿Dónde está Mikh…?— No podía hablar bien, la voz me salía rasposa, tenía la garganta seca y comencé a toser. Ella me alcanzó rápidamente un vaso con agua y sentí el frescor del agua calmar mi garganta. —Mikhail, ¿dónde está mi pequeño?— ahora sí mi voz se entendía, aunque seguía sonando algo rara. Cuando dije el nombre de mi hermano, el pequeño niño en los brazos de la mujer comenzó a aplaudir y reír. Ella lo sentó a los pies de la cama donde yo me encontraba y dijo: —Pues aquí lo tienes—. No podía comprender a qué se refería con eso. Quizá no me había entendido, así que nuevamente le volví a preguntar con mucho cuidado; no quería hacerla enojar. —Disculpa, yo… yo quería saber dónde está mi pequeño hermano, el que te entregué el día… bueno, cuando me ayudaste. Por favor, ¿me puedes decir dónde está Mikhail? El pequeño niño sentado a los pies de la cama volvió a reír y aplaudir con sus manitas. La mujer me sonrió y me dijo: —Este pequeño bribón que ves aquí—dijo, sobando la cabellera castaño claro del niño— es Mikhail, tu hermano. El niño volvió a sonreír, agitando esta vez sus manitas, pero yo no podía dar crédito a lo que acababa de decirme. —Eso… eso no puede ser… Mi hermano es solo un recién nacido y este niño debe tener unos seis meses—dije. Luego me encogí al darme cuenta de que había alzado la voz más de lo debido, esperando que aquella mujer no se enfadara por mi atrevimiento. Alcé la vista luego de unos segundos, esperando ver el enojo en su cara, pero no había nada de eso, solo una pequeña sonrisa. —Tranquila, no tienes por qué tener miedo, printsessa, no te haré daño. Es lógico que no creas que este pequeño sea tu Mikhail, pero créeme, es él. Solo que hay cosas que necesito explicarte, pero antes debe revisarte un médico. Acabas de despertar y necesitamos saber que todo esté bien. —Yo… yo no quiero que ningún hombre me toque—dije con voz titubeante por miedo. El solo pensar que un hombre pusiera sus manos sobre mí me aterraba. —Tranquila, printsessa, tu médico es una mujer. Juré que ningún hombre te pondría un dedo encima sin tu consentimiento, y así ha sido. Me sorprendió que recordara aquella promesa y un sentimiento tibio comenzó a sentirse en mi pecho. —Por cierto, mi nombre es Olena Romanov, pero puedes decirme solo Olena. Y ahora voy por la médica—alzó al pequeño de mi cama y dio un pequeño respingo al olerlo—. Y a pedir que le cambien el pañal a este bribón, que buena falta le hace. Quédate tranquila, vuelvo en un segundo. Tal como lo dijo Olena, no tardó más que unos minutos en volver y, cuando lo hizo, detrás de ella venía una mujer envuelta en una bata blanca. Era bonita, a pesar de que ya debería estar alcanzando los 50. Ella debía ser la médica. Me revisó y, luego de un buen rato que me pareció eterno, se dirigió a Olena y le dijo: —La señorita se encuentra bien. No veo secuelas por el momento, por lo menos no físicas. Con ayuda, dentro de poco podrá caminar sola. Luego se volteó a verme y me sonrió. —Bienvenida a la vida nuevamente, Annia. Yo solo asentí con la cabeza y luego ella se marchó. —Bueno, printsessa, ahora que al parecer todo está bien, ¿te sientes preparada para conocer la verdad?—me preguntó Olena. Pero yo no sabía a qué se refería. ¿Qué verdad? Cuando estaba a punto de responderle, la puerta de la habitación se abrió abruptamente y entraron tres figuras masculinas que irradiaban autoridad y elegancia por todos lados… y tres pares de ojos azules me miraron intensamente.
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