Andrey Volkov
—¡Suka! —gritó Alexei cuando salió de la habitación donde se encontraba mi sestriónka. Comenzó a golpear con los puños una y otra vez la pared del pasillo de aquel hospital privado al cual Iván la había llevado, luego de que la rescataran de ese hijo de puta que intentó violarla.
—Alexei, cálmate —le dije, pero él estaba fuera de sí. Él, que jamás mostraba sus emociones, esta era la primera vez que lo veía de este modo; maldecía una y otra vez.
—¡Suka! ¿No le bastó con dejarnos a nuestra suerte cuando apenas éramos unos críos de 7 años para que muriéramos en aquel bosque? ¿También tuvo que hacerle eso a ella?
Él seguía gritando, fuera de si, su reacción no era para nada menos; yo mismo quería quemar el mundo, poder revivir a aquel malnacido y torturarlo lentamente hasta que deseara jamás haber tocado un solo cabello de mi pequeño ángel. Quería revivir a Ylena para hacerle lo mismo que le hizo a ella.
Recordar cada palabra que nos dijo la médica que la atendió era como clavarme un puñal en el pecho. Con cada frase nos dejaba en shock a todos. Annia, mi pequeña… cuánto tuviste que soportar…
Tenía seis costillas rotas, también un traumatismo craneal y una hemorragia interna, producto de la paliza que le dio aquel perro. Cuando pensé que no podía ser peor, nos dijo algo que nos dejó catatónicos:
La señorita Volkov presenta múltiples cicatrices de fracturas en todo su cuerpo. Podría decir que no hay ningún hueso que no haya sufrido daño. Además, tiene anemia severa y desnutrición. Su peso actual corresponde al de una niña de 12 años y no al de una joven de 17, lo cual agrava aún más su estado. Señor Volkov, lamento informarle que su hija ha sido víctima de un maltrato físico indescriptible y, me atrevería a decir, sin duda alguna, psicológico también a lo largo de su vida. Es un verdadero milagro que siga viva.
Luego de eso, la médica salió. Sus palabras aún resonaban en mi cabeza y no podía procesar aquella información. No quería hacerlo.
—PA Pa —se acercó a la cama donde estaba mi pequeña. Quiso tomarle de la mano, pero Olena, su segunda al mando, se interpuso. Él la miró con la rabia y el dolor fluctuando en sus iris. Ella, antes de que él pidiera una explicación, dijo:
—Lo siento, señor. Le juré a la señorita que no permitiría que ningún otro hombre le ponga un dedo encima sin su consentimiento, y lamento decirle esto, pero eso lo incluye a usted también. Sé que mi osadía puede costarme caro y, si tengo que recibir un castigo por esta falta, estoy más que dispuesta a recibirlo, pero no faltaré al juramento que le hice.
Iván se acercó y reprendió a Olena:
—¿Cómo te atreves a bloquearle el paso al señor Volkov? Y no solo eso, ¿te atreves a insinuar que sería capaz de lastimar a su propia hija? Hazte a un lado.
Intentó tomarla del hombro, pero ella, lejos de moverse, sacó el arma que siempre llevaba consigo y le apuntó a Iván. Inmediatamente, este también sacó su arma y ambos se apuntaron.
Olena se dirigió a nadie en particular, pero a todos a la vez:
—No dejaré que nadie se acerque a ella. Si tengo que cumplir mi juramento poniendo mi vida de por medio, así lo haré.
Luego miró a mi padre, sin dejar de apuntar a Iván, y lo llamó por su nombre:
—Mikhail… yo vi sus ojos, ¿y sabes qué vi en ellos? —hizo una pausa y dio un pequeño suspiro—. Nada. No había nada en ellos, estaban vacíos. Esa pequeña niña había perdido todo el brillo que debía tener alguien de su edad. El dolor que veía en ellos no era solo el físico que seguramente estaba sintiendo en ese momento; más desgarrador era el que reflejaba su alma rota. Cuando le hice el juramento, vi alivio, vi esperanza… aunque fuera solo una chispa. Y eso fue suficiente para saber que, aunque debió padecer un infierno al lado de esa perra, aún había salvación para ella. Su alma, aunque rota, aún albergaba amor. Aún había una pequeña luz en medio de toda la oscuridad que la cubrió durante todos esos años. Así que cumpliré el juramento que le hice, así me cueste la vida.
Iván iba a decir algo, pero mi padre levantó la mano para silenciarlo. Solo tocó su hombro y salió de la habitación sin decir una palabra, dejando a Olena con mi pequeña.
Una enfermera me sacó de mis pensamientos, devolviéndome al presente, al pasillo del hospital, donde Alexei ya estaba calmado y enfundado en su máscara de indiferencia nuevamente. Se acercaba a mí.
—Disculpe, señor —me dijo la enfermera—. ¿Es usted familiar de la paciente de esta habitación?
—Sí —respondí.
—Bueno, la doctora me mandó a preguntar si querían ver al bebé que llegó con la señorita.
—¿Qué bebé? —respondimos Alexei y yo al mismo tiempo.
La enfermera se puso nerviosa, comenzó a titubear y luego miró hacia Iván.
—¿De qué bebé está hablando? —le pregunté a Iván.
Este solo se rascó la nuca y dijo:
—Bueno, verán. Cuando encontramos a la señorita, ella tenía consigo a un recién nacido. Pese a las lesiones que tenía, lo protegía y ni siquiera cuando estaba tan lastimada dejó que se lo quitaran. Solo se lo entregó a Olena cuando ella le juró que protegería a ambos.
—¿Acaso ese bebé es hijo de mi sestriónka? —preguntó Alexei, mirando a Iván.
Pero fue la voz de Olena, que se encontraba parada en la puerta de la habitación de mi pequeña, quien respondió:
—No, Alexei. El bebé es medio hermano de la señorita y suyo. Las pruebas que le hicieron cuando lo trajimos aquí determinaron que era hijo de… esa mujer. Al parecer, parir a ese niño la mató.
—Entonces no es asunto nuestro lo que pase con ese niño.
Esta vez fue la voz de mi padre la que resonó a través del pasillo. No sabía en qué momento había regresado, pero al parecer había escuchado todo.
—Así es —secundó Alexei—. Lo que pase con él no tiene por qué importarnos.
Olena quiso intervenir, pero mi padre la calló:
—Suficiente, Romanov. Hace un momento permití tu atrevimiento porque respeto la lealtad que profesaste hacia mi hija, pero, por mucho que hayas jurado proteger a ese niño, no te permitiré que interfieras. Ese niño no es nada mío y lo que le pase no me interesa.
—Señor, yo…
—Yo me encargaré de ese niño, PA pa—intervine.
Él me miró con el enojo brillando en sus ojos, pero aun así continué:
—Ese niño es nuestro medio hermano.
Esta vez también miré a Alexei.
—Y, aunque duela aceptarlo, su madre es también la nuestra y la de nuestra sestriónka.
—¡Yo no tengo madre! Esa suka no es nada mío, y tú también debes saberlo —dijo Alexei con la voz más glacial que nunca.
—No me malinterpretes, brat. Yo tampoco la considero una madre, pero no podemos negar lo innegable. Ella nos trajo a este mundo y parte de la sangre que corre por nuestras venas también es de ella, al igual que en las venas de Annia y de ese bebé. Dejar a su suerte a un ser inocente e indefenso nos hace igual a esa mujer. Además, cuando despierte nuestra sestriónka, ¿qué le diremos del paradero de ese bebé? ¿Acaso no escuchaste que, aun al borde de la muerte, lo protegió?
Mi padre, que seguía furioso por el asunto, sabía que tenía razón, y eso lo ponía aún más de mal humor.
—Está bien, que se quede… pero solo por mi pequeña.
Luego se dio la vuelta y, cuando se disponía a irse, la voz de Olena resonó:
—¡Mikhail!
Mi padre volteó al llamado y Olena agregó:
—Ese es el nombre del bebé. Annia se lo puso.
Dejando a mi padre con la mirada azul, ahora más confuso que antes.