Pov Mikhail Volkov
El hombre sentado frente a mí no debía tener más de 20 años y en sus manos se encontraba un sobre amarillento y ajado que puso sobre la mesa.
A pesar de su juventud y el temor que se reflejaba en sus ojos, no le tembló la voz cuando se dirigió a mí:
Señor Volkov, estoy aquí para entregarle esto que me dejó mi padre antes de que muriera hace un par de días.
Sé que su contenido va a ser de todo su interés y yo se lo traigo como una señal de buena voluntad y para que vea que ni mi familia ni yo teníamos conocimiento de esto hasta hace un par de días, cuando él, se quitó la vida luego de que se enterara de que usted andaba buscando a alguien que había ayudado a huir a Katarina Ivanov. Todos los que conocemos a la Pradva sabemos que ha hecho mucho por quien los necesitan, pero si se les traiciona o ayudamos a quien los traicionan, la muerte es un premio en comparación de lo que nos espera.
Espero que esto sea suficiente para que usted pueda perdonarnos, juro que no sabíamos nada de esto, nosotros…, yo siempre le he sido leal a la Pradva. Entonces descubrió parte de su antebrazo, donde se veía el tatuaje del rostro de un lobo, ese tatuaje símbolo de mi familia.
¿Cómo te llamas, muchacho? —le pregunté. Él, con voz titubeante, dijo:
Lucca, señor.
Bueno, Lucca, ¿aparte de este sobre, tu padre te dejó algo más?
Él metió la mano dentro del bolsillo de su raído pantalón y sacó un pedazo de papel que estaba arrugado y me lo puso sobre el escritorio.
Bueno, ahora ya te puedes ir, Lucca, y recuerda mantener la boca cerrada. La Pradva no damos segundas oportunidades y si hoy te vas de aquí caminando sobre tus propios pies es porque has tenido los cojones de hacer lo que tu padre no hizo, pero mantente cerca, donde yo pueda encontrarte si es que tengo alguna duda sobre todo esto.
El muchacho se puso de pie inmediatamente, hizo una pequeña reverencia y luego se retiró sin mirar atrás.
Tomé la carta; en ella había solo unos párrafos de despedida y solo uno que fue de mi interés. En él decía que una noche, hace 18 años, se presentó en la puerta de su casa una mujer; su nombre, Katarina, quien le había dado mucho dinero, más del que habia visto en su vida, a cambio de que le hiciera una identificación y también un pasaporte falso, porque necesitaba huir de Rusia. Según le contó aquella mujer, los enemigos de su marido la estaban buscando para acabar con ella y el bebé que traía en su vientre, así que él decidió ayudarla. Fue así que le entregó no solo los documentos falsos, sino también un boleto para salir de Moscú.
Él jamás supo quién realmente era esa mujer hasta ese día, cuando se enteró de que la Pradva estaban buscando a alguien que había ayudado a una mujer con sus características y fue ahí donde, moviendo sus contactos, se enteró de que aquella mujer era nada más y nada menos que mi exmujer y supo que había firmado su sentencia de muerte.
La carta también decía que en el sobre que le estaba dejando estaban los datos de la nueva identidad de la mujer y una foto reciente de ella y su hija que llevaba en su vientre aquel día; esperaba que con esa información pudiera implorar el perdón para él y su familia.
Arrugué la carta en el puño y luego tomé el sobre; lo abrí y en él estaban los datos de mi exmujer y me reí de la puta vida. El nombre que había escogido aquella suka fue el mismo que la puta de su madre y hasta tenía el apellido muy similar: “Ylena Ivanovich”. Junto también había una foto de ella y de su hija; su nombre era Annia. Al verla, mi corazón se estrujó porque su apariencia era deplorable, pero lo que más me llamó la atención fue su mirada azul, pero en aquellos ojos no había nada más que tristeza y vacío; cuánto habría sufrido, me pregunté.
Llamé a Iván y le di todos los datos para que los encontraran en América, dónde se encontraban y él mismo partió en su búsqueda hace una semana.
Hoy por la mañana me dijo que ya las tenía localizadas y que en breve las traería de regreso, pero habían pasado muchas horas desde eso y aún no tenía ninguna noticia y esto me tenía de los putos nervios.
Estaba por llamar a mi secretaria para que pida que me preparen el jet para partir a América, cuando entraron mis dos hijos; ambos estaban al tanto de lo sucedido y al ver mi expresión dedujeron que no tenía información sobre lo que sucedía..
¿A dónde vas, pa… pa? —preguntó Andrey.
A la pista de vuelo —le dije—, no puedo seguir aquí sin saber nada.
Vamos contigo —dijo Alexei, y no como pregunta, sino como afirmación.
Estamos a punto de cruzar la puerta cuando mi móvil sonó y al ver la pantalla era Iván; contesté y él solo dijo:
Señor, tengo malas noticias.
Y les hice una señal con la cabeza a mis hijos para que me siguieran, mientras escuchaba a Iván por el teléfono.
Escuché a Alexei decirle a mi secretaria que se comunique para que alisten el jet.
Fueron las 12 horas más largas de mi vida y no pegué un ojo. Alexei, a pesar de su imperturbable expresión, lo conocía muy bien y sabía que estaba igual o peor que yo… y Andrey… él no paraba de dar vueltas en el jet, y eso no hacía más que ponerme más tenso.
Lo que no puedo entender es cómo ustedes pueden estar tan tranquilos después de la llamada de Iván —dijo Andrey.
El hecho de estar quietos no quiere decir que nos deje de importar menos lo sucedido, Drey —le dijo Alexei a su gemelo, con tono conciliador y usando aquel diminutivo que siempre lo calmaba cuando la tensión amenazaba con rebasarlo.
Así eran mis hijos… podrían ser gemelos idénticos, pero sus caracteres eran tan diferentes… eran como el día y la noche. Andrey, su carácter tan animoso y jovial, desbordaba energía a donde iba y para él siempre era fácil encajar y hacer amigos… por otro lado estaba Alexei, siempre serio, parco, no deja que nadie pueda ver su parte humana… siempre poniendo una barrera a los demás.
Pero ambos estaban dispuestos a dar su propia vida a cambio de la de su hermano… si era necesario.
ahora sé que ambos darían la vida por su sestriónka (hermana pequeña en ruso), porque Iván en la llamada no solo me dijo que mi pequeña se encontraba grave… sino que también que habían confirmado por un examen de ADN que ella era mi hija biológica… pero yo no necesité de ese examen para saberlo… porque desde que la vi supe que ella era mía… sangre de mi sangre… y este era otro de los motivos por el cual tanto mis hijos, como yo, estamos tan desesperados por llegar a América para poder darle nuestra sangre y salvar su vida… solo espero que mi pequeña pueda aguantar… ¡no!… estoy seguro de que ella aguantará hasta que podamos llegar… ella es una guerrera desde su nacimiento… una Volkov.