Capitulo 5

1158 Words
Pov Mikhail Volkov ‎Llevo todo el puto día esperando noticias, chertova zhenshchina!!! Golpeé mi escritorio por la rabia que siento. ¡¿Cómo pudiste?! Quiero destrozarlo todo, pero cuando te tenga en mis manos juro que suplicarás la muerte. Mi mano derecha, Ivan Petrov, quien viajó a América para encabezar su búsqueda en cuanto nos enteramos de que estaba ahí, debió ponerse en contacto conmigo hace mucho para informarme qué aconteció, pero no lo ha hecho, y algo dentro de mí me dice que algo no anda bien; debí haber ido yo personalmente. ¡¡Der'mo!! Me levanto y voy hacia la mesa donde tengo el vodka y me sirvo dos dedos de la bebida; lo necesito para templar mi rabia o agrandarla. Apuro la bebida de un solo trago y me vuelvo a servir, pero esta vez no me llevo el vaso a la boca, solo lo sostengo, y se viene a mi memoria aquella foto que me dieron hace una semana. Ahí estaba ella; no era ni la sombra de lo que una vez fue, y me regocijé cuando vi lo desmejorada que estaba, pero aquel sentimiento se esfumó cuando vi a la muchacha que tenía a su lado. Me dijeron que era su hija, aunque eso no significaría nada si no hubiera visto el rostro de aquella niña; aunque vestía harapos y estaba muy delgada y desaliñada, no podía ocultar el gran parecido que tenía con mis hijos. Al verla era como ver la versión más joven y femenina de Alexei o su hermano Andrey, que al final era lo mismo, ya que ellos eran gemelos idénticos. No podía ser que esa Suka me haya ocultado la existencia de una hija y que haya huido con ella hace 18 años, cuando por poco y me mata aprovechando que yo estaba ciego por ella. La rabia que recorre mis venas amenaza con estallar y lanzo el vaso, el cual estalla con un sonido sordo en el piso. ¡Chort voz'mi! ¿Cómo pude ser tan imbécil y no haberme dado cuenta? ¿Cuántos años tendría esa niña? No parecía tener 17, era tan pequeña y se veía tan frágil. Quizá mi mente me estaba jugando una puta broma, pero algo en mi interior me decía que no era una broma y que esa niña era mi sangre. Katarina, la busqué por todos lados; peiné toda Rusia, no dejé ni una piedra sin levantar. Hasta interrogué personalmente a cada uno que la conocía, pero nadie daba razón de ella; era como si se la hubiera tragado la tierra. Hasta hace una semana, que terminamos de desentrañar su pasado, un pasado que jamás había averiguado cuando la conocí, lo cual fue mi error, el más grande de todos, ya que un hombre con mi poder y mi posición jamás podía cometer ese tipo de errores de principiante, pero lo hice. ¿Y por qué? Pues me enamoré de ella al verla; fue como ver un ángel, y no me importó nada más que tenerla, y mis demonios interiores la querían. Hace una semana, Alexei, el mayor de mis hijos, me entregó una carpeta. Lo miré extrañado y él, con esa mirada fría e indiferente de aquellos ojos azules como los míos y esa seriedad que siempre lo ha caracterizado, solo me dijo: —Léelo, PA pa. Creo que aquí al fin encontrarás lo que tanto has buscado todo este tiempo. Luego salió de mi despacho. Sabía a lo que se refería; tanto él como Andrey sabían que estaba buscando a su madre, o mejor dicho, la mujer que los parió, aquella que también por poco los mata luego de dejarlos en medio de la nada, en pleno invierno ruso, a sus propios hijos; la culpable de que Alexei se haya vuelto un hombre frío y carente de emociones, porque después de aquel día mis dos hijos dejaron de ser los mismos, aunque Andrey, a diferencia de su hermano, era más espontáneo. La carpeta tenía un nombre: Ylena Ivanov, una mujer de más de 70 años que vivía en los barrios bajos de Rusia. Ella había tenido una hija y su nombre era Katarina, y ahí seguí descubriendo otra mentira más, pues cuando la conocí me dijo que era huérfana y que sus padres habían muerto cuando era solo una niña. La muy zorra se había encargado de borrar su pasado muy bien, y yo le creí como un imbécil, y jamás se me ocurrió averiguar sobre ellos luego de su huida, y me maldije por eso mil veces. ‎La información de Ylena era de suponerse: ella era una puta que se vendía al mejor postor por unos cuantos rublos, así que supuse que con el incentivo correcto, unos cuantos billetes, no dudó en hablar. Ella contó quién realmente era Katarina o Kat, porque ni apellido tenía, y así le decían en aquel inmundo barrio donde encontraron a su madre, ya que ni siquiera ella misma sabía quién era el padre de la hija que había tenido. De acuerdo a lo que dijo Ylena, Kat siempre fue ambiciosa y se creía mucho más que las demás jovencitas que vivían en el barrio, pues su físico desarrollado para las muchachas de su edad, además de aquellos ojos verdes y su rostro angelical, le fueron de gran ventaja, así que supo aprovechar su belleza, juventud y dotes para la danza para vivir la vida que siempre quiso. Así que apenas cumplió los 14 años se fue de aquel barrio en compañía de un hombre mucho mayor que ella, que tenía una compañía de ballet que le ofreció dinero y ser la prima ballerina. Después de eso no supo más de ella, salvo por las fotos y algunas publicaciones que veía en televisión y los diarios de la Alta sociedad, pero hace 18 años una noche la vio merodeando una calle de aquel barrio donde abundaban los falsificadores; la vio bastante desmejorada, pálida, algo diferente de las fotos que publicaban, y se notaba que se ocultaba bajo un abrigo que cubría casi todo su cuerpo y tenía puesta una capucha que trataba de cubrir su rostro, pero aun así una mujer como ella era muy llamativa en aquel barrio. ‎Ylena no supo decir a cuál casa había entrado Katarina porque no lo vio, ya que se encontraba atendiendo a un cliente y se había ido con este, así que luego de leer aquel informe que trajo Alexei, le ordené a Iván que buscara a todos los falsificadores que habitaban ese callejón para que dieran con aquel al que había acudido mi exmujer y lo trajeran hacia mí, pero eso no fue necesario porque a los dos días que di la orden, mi secretaria me anunció que había un hombre que me estaba buscando. Al principio le dije que no iba a atender a nadie y cuando estaba por colgarle, ella soltó que traía noticias acerca de una tal Katarina.
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