Capitulo 1

860 Words
Mi vida ha sido una miseria, un verdadero infierno. He tocado el fondo del abismo en incontables ocasiones, rogando que todo termine. He olvidado cuántas veces le he dicho a mi corazón que debe rendirse. Mi nombre es Ania Ivanovich, tengo 17 años. Mis ojos son azules como el mar y tengo una melena rubia. Mi piel es blanca como la porcelana, y soy muy delgada, producto de la mala alimentación que ha sido el pan de cada uno de mis días. Comer, muchas veces, era un milagro. Nací en América, pero por mis venas corre sangre rusa, o al menos eso es lo que siempre me ha dicho mi madre. Desde muy pequeña, mi vida no fue fácil. La mujer que me Parió, Ylena Ivanovich, se encargó de recordarme todos los días que yo solo era un estorbo para ella y también para mi padre. Decía que él nunca me quiso y que nos abandonó en cuanto supo de mi existencia. Cada día me recordaba que incluso el rango de escoria era demasiado alto para mí, y para que nunca lo olvidara, lo marcaba en mi piel. Cada cicatriz en mi espalda es un recordatorio de que para ella siempre fui “pomekha” (estorbo). Nunca entendí por qué me odiaba tanto, qué había hecho para recibir, desde que tengo uso de razón, solo maltrato y desamor. Al principio creía que, si era una niña obediente y bien portada, mi madre me querría un poco. Pero nunca fue así. Con cada golpe del cinturón en mi espalda, entendí que, por más que me esforzara, jamás sería suficiente. Para ella, yo solo era “pomekha”. Desde entonces, solo me quedó sobrevivir a aquel infierno. Y cuando creí que la vida no podía ser peor, mi madre consiguió un nuevo “amor” y trajo a Dean. Era un hombre horrible que la maltrataba por cualquier motivo. La golpeaba hasta dejarla inconsciente en muchas ocasiones, y cuando yo intentaba defenderla, también me golpeaba a mí. Mi madre, en lugar de protegerme, decía que yo lo tenía merecido por hacer enojar a su querido Dean. Los años pasaron y el infierno empeoraba cada día. Ya no solo sufría por el maltrato de mi madre, sino también por el de Dean. A los 12 años tuve que buscar trabajo para llevar dinero a casa, cubrir los “gastos” y poder comer algo. Pero también debía pagar los vicios de ambos: eran drogadictos, y Dean además era adicto al juego. Si no llevaba suficiente dinero para cubrir sus drogas, el castigo era brutal, hasta el punto de dejarme inconsciente por las golpizas que me daban entre los dos. Mi infancia transcurrió entre el trabajo y la escuela, a la que mi madre me inscribió por obligación, ya que los servicios sociales la vigilaban. No podía arriesgarse a perder mi custodia y, con ella, el dinero de la manutención y lo que yo ganaba. Las cosas empeoraron aún más cuando tenía 17 años. Mi madre quedó embarazada. Quería creer que el bebé era de Dean, pero ni ella misma sabía quién era el padre. Dean, para conseguir drogas y pagar sus deudas de juego, la obligaba a acostarse con cualquiera de sus amigos, a quienes traía cada noche. A pesar de su aspecto descuidado y la falta de alimentación, mi madre era una mujer muy guapa: rubia, de ojos verdes y piel blanca como la porcelana. Decía que, en sus mejores años, fue una bailarina de ballet muy reconocida en Rusia, y que mi padre había caído rendido a sus pies a primera vista. De mi padre solo sabía su nombre: Mikhail. Y que mis ojos eran como los suyos. Lo supe de la peor manera: un día, mientras mi madre me golpeaba con el cinturón porque no había hecho la comida, puesto que estaba enferma tenía fiebre, me gritó con toda su ira. Me dijo que no la mirara, que cada vez que veía mis ojos le recordaban a él, a Mikhail, el causante de su caída. Alguna vez intenté preguntar más sobre él, pero ella se encargó de enseñarme, a golpes, que no debía hacerlo. Solo una vez escuché algo sobre su pasado. Mientras uno de los amigos de Dean la tenía contra la pared, le ofreció dinero y una vida mejor si lo dejaba. Le dijo que la haría la reina de su imperio. Pero ella se burló, diciendo que jamás le daría la vida que le dio Mikhail, que ella había tenido un estatus tan Alto, que jamás nadie podría igualar, que todo lo que pedía le era concedido. Entonces aquel hombre que a través de un espejo pude ver que tenia unos ojos azules glaciares y Voz se torno más fría, le preguntó: Si lo tenías todo, ¿por qué dejaste todo para venir vivir así? Mi madre respondió, soltando una risa sin ganas, Porque tuve a Pomekha. Fue en ese momento cuando lo entendí todo. El motivo por el que mi madre me odiaba era mi propia existencia. Me odiaba por existir. Yo le quité la vida que tenía. El motivo de su caída fui yo.
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