Los meses fueron transcurriendo y mi madre ya tenía 8 meses, pero cada día era peor que el anterior. Su maltrato era cada vez más constante y, cada vez que algo le parecía mal, me golpeaba. El embarazo la tenía de muy mal humor, y Dean también estaba muy irritable porque, a medida que el vientre de mi madre iba creciendo, ya nadie quería acostarse con ella, y él no se cansaba de recordarle que era un estorbo, que si no le había sacado al bebé del vientre a golpes era porque ya tenía planes para él. Pero eso no le quitaba que también desquitara su mal humor conmigo por no tener con qué pagar sus deudas de juego.
El embarazo fue la única época en la que vi a mi madre sobria, o por lo menos no se metía ninguna droga. Había tratado de beber y fumar, pero Dean la descubrió y le volteó la cara de una cachetada, amenazando con que si algo le pasaba al niño que traía en el vientre no la iba a pasar bien. Yo, por mi parte, esa fue la única vez que agradecí a Dean, ya que con eso mi madre cuidaría su embarazo. El pequeño ser que crecía en su vientre no tenía la culpa de nada. Yo la cuidaba como podía, trataba de que comiera y tomara algunas vitaminas prenatales que había conseguido, pero ella se negaba, así que las mezclaba con la comida. Siempre decía que esta tercera vez tenía un “Pomekha” en su vientre, que si lo perdía sería un gran alivio para ella, y que si no fuera porque otra vez alguien la obligaba a mantener el embarazo a término, hace rato se hubiera deshecho de él. Lo único que la consolaba era que esta vez no sería de Mikhail, que ya no vería esa mirada como el hielo reflejada una vez más. Yo no entendía por qué decía que era la tercera vez; ¿acaso estuvo embarazada otra vez antes de mí, o quizá después de tenerme perdió a aquel bebé? Ya estaba claro que en ella no fluía el instinto maternal, pero era mejor no preguntar, porque yo ya sabía cómo terminaba todo cuando hacía preguntas.
Un día que regresé del trabajo de lavaplatos que tenía en un restaurante ,que le daba trabajo a cualquier tipo de personas sin documentos, era lo único que había conseguido con un horario flexible y un sueldo que no era una porquería, ya que me permitía estudiar sistemas. Era una de las pocas cosas en las que era buena. Cuando podía usar la computadora en el cyber café que había cerca, me desconectaba del mundo y podía programar, encriptar y desencriptar programas y sistemas complejos. Como decían en la escuela, era un “cerebrito”, y mi meta era convertirme en una gran programadora y, cuando cumpliera 18, irme de la casa de Dean y de mi madre para valerme por mí misma. También me llevaría al bebé, porque no lo dejaría pasar por el mismo suplicio que pasé yo durante tantos años. Para eso necesitaba terminar el instituto en línea que venía siguiendo; no faltaba mucho, en unos meses me graduaría, y coincidía justo con mi cumpleaños número 18 y con el nacimiento del bebé me podría ir de esa casa. El tiempo era perfecto.
Iba con esa idea en mi cabeza, además del cansancio a cuestas, porque había tenido un día agotador. Estaba por abrir la puerta cuando escuché a mi madre gritar. Abrí rápidamente y vi la casa hecha un desastre. Bueno, no es que ese lugar haya estado muy ordenado siempre, pero esta vez los pocos muebles que había estaban rotos. El pequeño televisor que usaban mi madre y Dean para ver programas se encontraba partido en el suelo, soltando chispas. A ella la encontré tirada en medio de un charco de sangre, y Dean, no muy lejos, estaba en el suelo con la cara muy pálida y los ojos abiertos; tenía un tiro entre ceja y ceja. Me quedé en shock al ver aquella escena. Un nuevo grito de mi madre me sacó de mi estupor y fui hacia ella. Tenía un pequeño pantalón desgastado puesto y, entre sus piernas, estaba toda manchada de sangre. Ella seguía gritando mientras se agarraba el vientre. Le pregunté qué había pasado; entre sus gritos y lamentos dijo:
Fue Scott… Dean le debía mucho dinero al Lobo, así que ya no quiso esperar más. Como no tenía para pagarle, le disparó.
¡Ahhh! —volvió a gritar mi madre. Ayúdame, este crío va a nacer ahora —dijo.
Su cara de dolor era horrible y cada vez tenía más sangre entre las piernas. Como pude, la ayudé a pararse y la llevé hasta su cama. Yo no tenía muchas fuerzas, ya que era muy delgada y pequeña por la mala alimentación que siempre había tenido. Cuando llegamos a la cama, le ayudé a quitarse aquel pantaloncillo y entonces salió una gran cantidad de agua entre sus piernas, y sus gritos fueron peores. Yo no sabía qué hacer… Mi madre, entre sus gritos, dijo:
Ponte entre mis piernas y recibe al crío.
Sin saber cómo reaccionar, solo obedecí y vi que ya aparecía una pequeña cabeza entre sus piernas. Luego vino otro grito más de parte de ella y, poco después, tuve a mi pequeño hermano entre mis manos.
Es un niño —dije con voz temblorosa, mirando a mi madre y luego al pequeño.
Este lloró muy fuerte cuando vino a este mundo. Mi madre, con el poco aliento que tenía, me dijo:
Toma una navaja que hay en ese cajón y corta el cordón, y luego anuda una liga de cabello en la parte que va hacia el niño.
Lo hice sin pensarlo mucho, y luego cogí una pequeña toalla y envolví su pequeño y frágil cuerpo.
Hola, pequeño —le dije.
Se lo traté de acercar a mi madre, pero ella estaba muy pálida y casi no tenía aliento. Sus ojos se iban cerrando… la vida se estaba yendo de ellos.
Y la vi morir.