Llevé a mi pequeño hermano al cuarto que hacía de mi habitación. Lo arrullaba y lo miraba con tristeza y felicidad; lo primero porque apenas había nacido y tuvo que presenciar la muerte de su madre, al igual que yo, pero también sentía felicidad porque él no conocería a ese ser cruel al que yo aún seguía llamando madre, y eso era lo mejor: él jamás padecería bajo su maltrato. Lo dejé ahí, arropado en una toalla sobre ese colchón donde yo dormía, que tenía en el piso. Como si supiera lo que acababa de pasar, se quedó ahí quieto, sin hacer ruido, con los ojos azules, ese color de ojos que tanto odiaba mi madre; muy abiertos.
Luego fui nuevamente donde estaba el cuerpo de mi madre. Entré y ella seguía ahí, tendida sobre la cama, su piel más pálida que nunca, aún con sangre en varias partes de su cuerpo. No había lágrimas en mis ojos, solo un extraño sentimiento; no era dolor ni tristeza, pero era algo… supongo que debía sentir algo, al fin y al cabo, a pesar de sus maltratos, era mi madre.
Estaba a punto de dar un paso hacia ella cuando una callosa mano me tapó la boca y otra me tomó por la cintura, envolviéndola, y un aliento fétido me susurró al oído:
Aquí estás, ratoncita… justo a ti te quería encontrar.
Aquella voz me hizo estremecer todo el cuerpo. Yo conocía esa voz: era Scott, el hombre del que llamaban El Lobo, el que había matado a Dean y también indirectamente a mi madre. Yo conocía muy bien su voz porque lo veía venir todos los días, desde que tengo memoria, a esta casa. Era uno de los tantos hombres que venían a jugar y emborracharse con Dean. Ese tipo daba asco y miedo, porque siempre me miraba de una manera lasciva.
Scott comenzó a lamer mi oído y luego pasó su sucia boca por mi cuello, mientras su mano se abría paso por debajo de mi ropa, recorriendo la piel de mi vientre. Yo me retorcía para zafarme de él, pero me apretaba más contra su cuerpo, y podía sentir su creciente excitación en mi espalda. Quería gritar, pero la mano que tapaba mi boca impedía que saliera cualquier sonido, mientras él seguía manoseando mi vientre.
En un descuido logré morderlo, pero, lejos de soltarme, me tomó del cabello con fuerza y, con la otra mano, me propinó una bofetada que me tiró al suelo. Pude sentir el sabor de la sangre en mi boca; seguramente me había partido el labio. Me arrastré para huir, pero él me agarró del cabello de nuevo y me gritó:
Zorra, te quería llevar con el Lobo como disculpa por no haber podido llevarle a la puta de tu madre, pero ahora primero te demostraré cómo debes comportarte. Me divertiré contigo y luego te llevaré con él para que también se divierta como lo hizo con tu puta madre. Ahora me vas a demostrar si todas las de tu clase son iguales, porque tu madre era muy buena…
Me lanzó contra el suelo con tanta fuerza que perdí el aire. Luego me rompió el polo que tenía puesto, dejando a la vista mi sujetador desgastado que apenas cubría mis pechos. Yo traté de cubrirme como podía. Él se lanzó sobre mí, pasando sus manos por mi cuerpo. Sentía asco, ganas de vomitar, y luché con todas las fuerzas que tenía, pero él era más fuerte y más grande; aun así, no me daría por vencida. Me sujetó las manos sobre mi cabeza con una sola de las suyas y, con la otra, tiró de mis pantalones, quitándolos y dejándome solo en ropa interior. Grité con más fuerza. No podía estar pasándome esto, no podían quitarme de esta manera lo único valioso que tenía, lo único que aún me quedaba.
Metió su mano por debajo de mi ropa interior y palpó mi intimidad, mientras yo lloraba y gritaba con más fuerza. Luego, cuando sus dedos se abrieron paso, se toparon con la barrera que había en mi interior. Su sonrisa putrefacta se hizo mayor y dijo:
Vaya, vaya… la ratoncita es virgen. Esto es maravilloso. Te voy a enseñar lo que es un hombre de verdad…
Se relamió los labios, soltó mis manos para poder desabrocharse el pantalón, y fue entonces cuando vi, a un lado, una botella de cerveza tirada que seguramente Dean había dejado. No lo pensé dos veces: la tomé y se la estrellé contra la cabeza a ese malnacido. Me puse de pie como pude y salí corriendo. Escuché cómo soltaba improperios.
Corrí hacia mi pequeño cuarto para tomar a mi hermano y huir con él, pero apenas puse un pie dentro, sentí un tirón de mi cabello y cómo mi cabeza era estrellada contra la pared. Era Scott, me había alcanzado. Sentí un líquido caliente bajar por mi frente mientras caía sobre unas cajas que estaban a un costado del colchón donde había dejado a mi hermano. Aquel ruido hizo que él se pusiera a llorar. Sentía que todo estaba muy confuso, pero escuché cómo Scott decía:
Así que aquí está este crío que parió la puta de Yelena… el jefe estará muy contento. Llevarle a su hijo lo pondrá de muy buen humor.
Aquella noticia fue una sorpresa que seguro se notó en mi cara, porque vi, a través de la sangre que corría por mi rostro, que Scott sonrió complacido.
¿Qué, no sabías que este crío era del lobo? Tu madre era su puta y este niño es el heredero de su imperio.
Por eso me envió para llevarme a tu madre con él, para que su hijo naciera en su mansión. Pero tu puta madre era muy terca y seguía encaprichada con el imbécil de Dean. No quiso ir por las buenas, así que tuve que usar otros métodos. Pero quién iba a decir que Dean se metería… y bueno, todo se salió de control.
Tuve que huir, pero regresé porque, si volvía donde el lobo sin ella y si le pasaba algo a su hijo, el jefe me mataría. Y vaya la sorpresa que me encontré: no solo a la ratoncita, sino también que el hijo del jefe ya había nacido… esto no puede ser mejor.