4.

2647 Words
La risa de Alexander la despertó de un sobresalto, pero no abrió los ojos. —¿Entonces qué le dijiste? —le preguntó él al hombre que bufaba al volante. —¿A ese idiota? Le apreté las bolas y salí corriendo —ambos rieron —nunca se imaginó que me daría cuenta que tenía esposa, patético. —¿Por qué te pasan cosas tan raras? —le preguntó y hubo un silencio. —He tenido mala suerte, Alex, solo es eso —Moira sintió el pecho del joven subir y bajar en un gran suspiro. —Tampoco he tenido mucha suerte —dijo —mis padres me abandonaron cuando tenía cuatro o cinco años, supuestamente, una mujer de mi pueblo me terminó de criar, y la vida nunca me ha dado nada por lo que no hubiera tenido que luchar con cada lágrima y cada gota de sudor —Moira se quedó lo más inmóvil posible. Su vida tampoco había sido tan fácil, su madre había muerto cuando ella había nacido. —La ventaja que te da la vida cuando te golpea tan fuerte es que la recompensa al final es más grande —le dijo Claudio y Alexander sonrió . —¿Crees eso? —le preguntó, había un tono melancólico en su voz. —Con cada fibra de mi ser —la conciencia de Alexander se coló en la suya. —Sé que estas despiertan, chismosa. —No soy chismosa —Protestó Moira y se levantó. Cuando se alejó del cuerpo cálido del chico sintió frio. —La bella durmiente —le dijo Claudio y ella sonrió —Ya casi llegamos. ¿Exactamente dónde quieren que los deje? —la muchacha miró a Alexander que veía por la ventana. Pradera se veía en medio del bosque como un pueblo grande, con muchas casas y pocos edificios con tonos coloridos. Alex le dio la dirección y cuando entraron por el puente que daba inicio a la ciudad Moira se quedó con la boca abierta, era grande y llena de colores por todas partes, la arquitectura era moderna, de balcones llenos de flores y muchos árboles en medio de las calles y en las esquinas, había lugares con techos para los vendedores ambulantes que tenían las vitrinas llenas de miles de chucherías. —Es linda, ¿no? —le preguntó Claudio a Moira y ella asintió, pero el codazo que le dio Alexander le sacó un poco el aliento  —Siempre me pasa cada que vuelvo, es como si la viera por primera vez, aunque me hubiera ido ayer —Claudio, frente al volante, sonrió mirándolos por el espejito que tenía en la parte de arriba. Moira se sintió tonta, nunca había tenido que mentir tan descaradamente y se sentía mal por ello. Cuando llegaron al destino indicado, Alexander bajó por la puerta junto a la acera y ella lo siguió, se acercó a la ventana del conductor y le tendió un billete. —Niño tonto —le dijo y Alexander se quedó en blanco. Claudio tomó el billete y escribió algo con una pluma que tenía en un pequeño cajón y luego se lo devolvió. —Ese es mi número por si me llegan a necesitar algún día, nunca tengo nada que hacer — Antes de subir el vidrio los señaló, uno por uno —Para la próxima piensen bien la mentira, o mejor no hablen —se rio de su propia broma y Alexander sonrió. —Gracias, Claudio. —Un placer, grandote —se alejó mientras ponía una canción en la radio que estaba en otro idioma y cuando Alexander se volvió hacia Moira ella lo miraba con una ceja levantada. —¿Qué? —dijo y ella negó. —¿Qué pasó con el: “No podemos confiar en él”? —él se encogió de hombros. —Es un hombre amable, y cuando pasa su momento pervertido es hasta chistoso —señaló a la espada de la chica una casa de puerta roja con una mano pintada con trazos muy oscuros, la mano tenía el dedo de en medio levantado. —Gran bienvenida —dijo Moira y Alexander tragó saliva. —Se pondrá mejor —avanzaron por la amplia acera. Eran más de las dos de la tarde y las personas pululaban por ahí como mariposas acarreadas por el viento, y cuando Alex golpeó tres veces la puerta Moira vio cómo se tensó de inmediato. —No me digas que es tu ex —le dijo Moira y él sonrió con desgana. —Peor —dijo casi en un susurro —es la mejor amiga de mi ex —Moira se rascó la cabeza. —¿Hay algún puente por aquí donde pueda tirarme? —antes de que él contestara la puerta se abrió de golpe, y una chica morena y alta los recibió con cara de odio. —Olí tu peste desde antes de que te arrastrarás fuera de ese asqueroso auto —le dijo a Alexander . La mujer, de unos veinte cinco, tenía la piel más hermosa que Moira había visto, no tenía ni un solo poro visible y el cabello, trenzado arriba y rapado por los lados, tenía varios colores. —Luciana —le dijo él en un tono alegre muy sobreactuado —cuanto tiempo, que hermosa estas, ¿Has estado tomando el sol? —ante lo último la mujer sonrió de medio lado y la pared fría y grosera se derrumbó. —¿Qué quieres, idiota? —el insulto sonó más a aun pronombre amigable que a un insulto —infartar viejitas andando así — lo señaló de arriba abajo y él miró a Moira, que saludó a la mujer con la mano en el aire —No me digas, ¿los encontró su esposo y están buscando refugio? —Moira estaba cansada y tenía hambre. —Nos persiguen para matarnos —le dijo y la perfecta sonrisa de dientes blancos que tenía la morena desapareció. Miró a Alexander en busca de respuestas y él se besó el puño cerrado. —Te prometo que esta vez no hice nada —la mujer blanqueó lo ojos y se apartó. —Mejor entren, está haciendo frio. Unas pequeñas escaleras conducían al segundo piso, y eran tan estrechas que Alexander casi tenía que subir de lado. Cuando terminaron de subir Moira se quedó con la boca abierta, era un departamento amplio, con colores cálidos y todo estaba tan perfectamente ordenado que se sintió como una mosca en la leche. Terminó de entrar y la mujer la empujó por el hombro. —Vamos, siéntate —le dijo, había un enorme sillón de color gris claro frente a una ventana que hacía las veces de pared y que daba a la calle dejando entrar mucha luz —Creo que somos de la misma talla, dejame te traigo algo —se dirigió a Alexander que se sentaba plácidamente junto a Moira —tu ropa está en el bote de la basura —salió de la sala contoneando el vestido floreado que traía puesto y Moira miró al muchacho que tenía los ojos cerrados y los brazos cruzados sobre la cabeza. —¿Qué le hiciste a su amiga? —le preguntó y él le apuntó con el dedo sin abrir los ojos. —Que me hizo ella a mi —ella negó mientras se dejaba llenar por lo cálido del lugar, y le estaba comenzando a entrar sueño cuando la chica morena entró con un par de pantalones y blusas. Le tendió un par de medias, unos calzones rojos de encaje y un sostén. —Por suerte estos los compré hace unos días y no los he usado —le dijo y Moira los tomó con manos temblorosas. —Te los pagaré —la morena meneó la mano en el aire restándole importancia y le indicó donde quedaba el baño. Cuando Moira entró, vio que allí había todo lo necesario, jabón íntimo y hasta protectores. —Toma todo lo que necesites —le había dicho antes de dejarla sola. Cuando el agua caliente se deslizó por su cuerpo no pudo evitar que saliera un quejido de placer, había estado tanto tiempo en el frio que casi no recordaba lo que era tener calor en el cuerpo. Pasó más de cuarenta minutos limpiando cada rastro de tierra que tuviera pegados en la piel y cuando se miró en el espejo casi le da un infarto; su cabello tan rubio que casi parecía blanco estaba enredado y con un par de ramas completando el look, tardó otros veinte minutos en dejarlo lo mejor que pudo. No logró hacer nada con las ojeras que oscurecían más el verde de sus ojos y se vistió con una sensación pesada en el cuerpo. Cuando se calzó los zapatos, que le quedaban solo un poco grandes, comprobó en sus imagen completa que no se veía tan mal, con unos pantalones de tela gruesa ajustados y una camisa blanca de colgantes. Cuando llegó a la sala de nuevo, un olor a carne asada le produjo tanto dolor en el estómago que tuvo que sostenerse de la pared para no caer. Lo siguió hasta que dio con la cocina, un lugar amplio con un tragaluz que dejaba entrar la luz del sol. Alexander estaba sentado en una banca alta justo debajo de la luz del sol, como una lagartija buscando calor. Cuando la vio se la quedó mirando por un momento y luego le apartó la mirada con las mejillas rojas. —Ya veo por qué cambiaste a mi amiga —le dijo la morena que estaba tras la barra americana sirviendo dos enormes platos de comida. Alexander bufó. —Tu amiga está loca, quería que dejara San Narciso para vivir con ella, y apenas llevábamos saliendo dos semanas, ni siquiera estuvimos juntos, ya sabes, qué tal que no me gustara, hay que probar primero entes de comprometernos —Luciana le hizo una mueca de asco y le señaló el plato. Cuando se puso de pie Moira vio que también se había bañado, traía el cabello n***o aplastado por la humedad, unos pastalones negros y una camisa amplia color rosa pastel. Cuando llegó hasta la barra americana tomó el plato y le lanzó un mordisco enorme a la carne caliente dejando escapar un quejido de placer. —Toma, nena —le dijo Luciana a Moira señalándole el plato. Moira se sentó en la banca y tomó el tenedor —Les serví mucho, sé que los lobos tienen un apatito voraz —se rio de su propia broma y Moira dejó caer el tenedor sobre la barra mientras le lanzaba una mirada a Alexander que estaba entretenido degustando la mazorca de maíz —Tranquila —le dijo Luciana —sé su secreto, este muchacho es muy poco precavido —lo señaló y él habló con la boca llena. —Nos conocemos hace cinco años, sé que puedo confiar en ti. —Me mostraste que eras un hombre lobo entes de que te viera en forma humana—le replicó ella y Moira tomó el tenedor, la comida se veía tremendamente deliciosa y no le apeteció preguntar por la historia. —Pues —Alexander la señaló con el cuchillo —tú me dijiste que eras vampira el mismo día —el tenedor de Moira cayó de nuevo sobre la barra y esta vez se quedó con la boca abierta. —¿Eres una vampira? —le preguntó y la morena se cruzó de brazos. —Corrección, una vampiro y si —Moira se la quedó mirando con una sonrisa en los labios. —Sabía que existían, pero nunca pensé que se verían tan…normales —tomó el tenedor y se llevó un trozo de carne a la boca, tenía tanta hambre que podía comerse una vaca entera —¿Qué edad tienes? ¿Mas de cien años? —le preguntó ella entusiasmada y Luciana miró a Alexander en busca de respuestas, pero él solo se encogió de hombros. —Casi que apenas la conocí a ayer —se justificó. —Tengo veinticinco —le dijo ella a Moira —Mejor deja de leer crepúsculo y come. Cuando los platos ya estaban vacíos y los estómagos llenos, se dirigieron a la sala donde se sentaron cómodamente en los sillones. —Ahora sí, ¿Qué pasó? —les preguntó Luciana y ellos se miraron. Alexander tomó la palabra. —Estábamos en el bosque haciendo una cacería, es un concurso, ¿recuerdas que lo gané el año pasado? —la morena sintió —después de que acabara estábamos todos reunidos cuando comenzaron a atacarnos, con esto —se sacó del bolsillo trasero del pantalón en dardo que le tendió a Luciana —nuestro Alpha nos ordenó escondernos, y no tenía a donde más llegar que no fuera a aquí —la mujer asintió con la cabeza mientras observaba el dardo. —¿Los mata? —preguntó devolviéndoselo a él y Moira negó. —Produce un dolor terrible —dijo —y también inhibe nuestro poderes. —Aun no puedo transformarme —dijo Alexander y Luciana abrió los ojos —creemos que no es permanente, por que al principio tampoco podía usar mi telepatía, pero gradualmente volvió. —¿Por qué creen que los atacaron? —Alexander miró a Moira y luego se aclaró la garganta. —Un hombre, antes de llevarse al padre de Moira que es el Alpha —Luciana elevó las cejas —le dijo que encontraría a Moira, la buscaba a ella, y no lo mató, se lo llevó, estoy seguro que lo usará para llegar a ella. —¿Alguna idea de por qué te buscan? Le preguntó la mujer y ella negó. Alexander sacó el carnet del bolsillo y se lo tendió a la morena que lo recibió con una mueca en la boca. —Le quité esto a uno de los hombres. —Perfecto —se puso de pie y salió corriendo por una puerta de madera oscura. Moira miró a través de la ventana el cielo que comenzaba a tornarse rojizo por el atardecer, y se dejó llenar de una sensación de miedo y vacío, se sintió perdida y nerviosa, ¿cómo saldrían de todo aquello? ¿cómo recuperaría a su padre? —No es tu culpa —le dijo Alexander poniendo una mano en su hombro. —No me leas la mente —le respondió ella y él se acercó más, hasta que sus cuerpos quedaron muy juntos. —No lo hice, tu cara lo dice todo, y creeme, sea cual sea la razón por la que te buscan no debes sentirte culpable por ello. —¿Cómo no quieres que lo haga? —le dijo —se llevaron a mi padre, y varios de la manada, y los demás quien sabe dónde están —Alex se quedó en silencio y Moira recordó que la mujer que lo había criado también estaba desparecida y vio la preocupación en sus ojos —Lo siento —le dijo y le apretó la mano que él aún tenía en su hombro —sé que ella está bien, es una loba fuerte y muy rápida —él asintió y Luciana apareció por la puerta cargando un computador portátil. —¿Interrumpo? —dijo y ambos negaron —creo saber qué es lo que les está pasando —tomó el carnet y escaneó el código QR en él y la mirada se le ensombreció mientras veía la pantalla del aparato. —¿Qué? —le preguntó Alexander intrigado y ella como única respuesta volteó la pantalla hacia ellos. Moira vio la página de una empresa, que tenía como logo un pequeño diseño de la escala del ADN con el nombre de Laboratorios Jábico. —¿Qué es? —preguntó ella y Luciana palideció antes de contestar: —Es el infierno en esta tierra.
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