Las ramas le herían los pies al correr, sentía la presión de Alexander por convertirse en lobo mientras la jalaba, pero los residuos del dardo aun lo tenían débil, y ya estaba cansada de correr. Se soltó del muchacho que avanzó unos metros más allá antes de detenerse a mirarla.
—¡Qué haces? —le gritó y ella no le contestó, se volvió hacia el lobo que estaba a unos veinte metros y se quitó la camisa quedado completamente desnuda, no la quería arruinar. Cuando su piel quedó al descubierto el frio se le coló en los huesos, cada bello del cuerpo se erizó y gritó al sentir la gratificante sensación de la transformación trepar por todo su cuerpo. Escuchó como Alexander le gritaba algo, pero no logró entenderlo, y justo cuando sus patas se hundieron en la nieve, la embestida del otro la lanzó al suelo. Se puso de pie tan rápido como le permitieron las fuerzas y ambos comenzaron a caminar en círculos. Probablemente era una loba, calculó Moira, era un poco más pequeña y los ojos azul claro, casi blancos.
Moira fue la primera en romper el círculo y atacó, la otra loba se alzó contra ella y Moira la empujó con las patas delanteras haciéndola caer de espaldas. Le mordió con fuerza una pata, sintió como le se llenó el hocico de sangre y la arrastró hasta hacerla azotar contra en tronco de un árbol. Se subió sobre ella, que tenía las orejas hacia atrás e intentó morderle una oreja, pero Moira fue más rápida y le hundió la cabeza en la nieve con una pata. Buscó la consciencia de la loba, pero se encontró con una pared sólida y firme, presionó más fuerte su mente contra la suya, y sintió como se abría una pequeña g****a.
—¡Por qué nos persiguen? —le gritó, pero la otra loba no pereció entenderle, la g****a se cerró de nuevo y Moira fue incapaz de comunicarse con ella, ¿Cómo es que tenía tanta concentración para formar aquella pared mental? En su descuido la loba trató de morderle el cuello, y en medio de su afán de esquivarla perdió el equilibrio y la empujó hacia atrás. Un hombre apareció detrás de un árbol, apuntando a Moira con un arma, y le disparó. El dardo se clavó el su cuello, y aparte del dolor del impacto, no sintió nada más. Alexander salió detrás de un árbol y lo golpeó en la mandíbula.
Moira se centró de nuevo en la pelea, pero la loba ya no estaba, la buscó alrededor y la vio alejarse cojeando y perderse tras un árbol. La conciencia de Alexander parecía haberse recuperado.
—Aún no me puedo transformar —le dijo mientras buscaba en los bolsillos del hombre que estaba inconsciente en el suelo.
—Entonces sube, porque ya saben dónde estamos —le dijo ella y antes de que le apartara la mente sintió como se avergonzó, seguro le parecía humillante, ella hubiera sentido lo mismo. Alexander trepó por su lomo y los pies le quedaron en el aire.
Moira comenzó a correr, y sintió como el muchacho le apretaba con fuerza el pelaje, ella sabía qué se sentía, lo había hecho cientos de veces en el lomo de su padre cuando era niña; el pelaje suave es resbaloso y la velocidad que podían alcanzar, de más de ochenta kilómetros por hora no ayudaba. Haber dormido le había ayudado a recuperar unas cuantas fuerzas, pero el cansancio acumulado más es el estrés la llevaron al limite un par de horas después.
Hacia más de una hora Alexander había reconocido el lugar, y ahora recorrían un sendero que el muchacho conocía, pero Moira estaba agotada.
Se detuvieron en un pequeño claro y Moira recuperó su forma humana, quedando desnuda sobre la nieve fría. Alexander se quitó la camisa y la colocó sobre los hombros de ella, que le agradeció con un asentimiento de cabeza. Después de ponérsela caminó hasta donde estaba él, que miraba distraído el sendero en busca de quien sabe qué.
—¿Aún no te puedes transformar? —le preguntó y él negó.
—Cada vez tengo más control, pero no aún, creo que tendremos que seguir a pie —Moira negó.
—No llegaremos así a ningún lado, o al menos tu si no puedes transformarte —pateó la nieve con fuerza y parte cayó en el torso desnudo de Alexander que lanzó un gritó exagerado de frio —¿Por qué nos pasa esto? —dijo ella, y luego pisoteó el suelo —¿Qué quieren? ¡Por qué se llevaron a mi padre?
—Tu cara está roja —le dijo él como única respuesta y la chica se sentó en la nieve. Él la siguió puso una mano sobre su hombro —tal vez —dijo —yo no tenga tus respuestas, pero Benjamín Prado recolector, si —Moira levantó la cabeza que tenía entre las piernas y vio que Alexander le tendía algo, lo tomó con manos temblorosas y vio que era un carnet. En él estaba la foto del hombre que los había atacado, que era mestizo de ojos claros, más el nombre. Moira lo volteó y detrás solo estaba un código QR.
—No hay mas —dijo y Alexander se lo arrebató.
—Mi celular se arruinó con el agua para escanear esto —dijo observándolo — pero sé quién nos puede ayudar.
—¿Qué crees que sean? —el muchacho se encogió de hombros.
—Al parecer una empresa —sacó del bolsillo un dardo que estaba hasta la mitad del liquido purpura y se lo enseñó —mi amiga nos ayudará a saber qué es esto y por qué suprime nuestros poderes —Moira lo tomó lo observó.
—¿Fue el que me dio? —preguntó y él asintió —¿por qué crees que no me afecto como a ti o a papá?
—Estabas transformada, tal vez solo funcione si somos humanos —ella sintió, tenía sentido. Se quedaron un rato en silencio. Alexander se abrazaba así mismo, tenía la piel tan blanca que parecía una porcelana, y cuando la miró sus ojos estaban de un azul más oscuro —¿por qué parece que no tuvieras frio? —preguntó en un tono de burla.
—Claro que tengo, pero… es soportable —se abrigó con la camisa lo más que pudo y le sonrió.
—Si nos juntamos conservaremos más el calor —dijo él sonriéndole y ella se puso de pie de inmediato.
—Si caminamos generaremos calor, así que… —le señaló el sendero y él soltó un suspiro.
—Y si me llevas —le dijo y Moira se cruzó de brazos.
—Creí sentir que no te gustaba —le replicó él se encogió de hombros.
—Es mejor que caminar.
—Estoy cansada, no podría correr más de media hora.
—Pues bien —Alexander se puso de pie y comenzó a caminar —Por que solo falta media hora.
……………………. ……………. …………………….
Unos cuarenta minutos después lograron salir a la carretera, y Moira sintió un placer descomunal al poner los pies sobre el pavimento tibio por el sol. Alexander se arrojó y recostó todo el pecho contra el suelo lanzado un quejido de placer sobre actuado. La carretera estaba vacía, y se perdía en dos curvas pronunciadas a cada lado mientras atravesaba el bosque justo por la mitad.
—¿Y ahora qué? —le peguntó ella y Alex se tomó su tiempo en contestar.
—Por allá —señaló a la derecha —está San Narciso, nuestro pueblo —su voz sonaba apachurrada ya que su mejilla seguía pegada al suelo —y por allá —señaló ala izquierda —está la pequeña cuidad de Pradera.
—¿Entonces? —Alexander se puso de pie y puso las manos sobre las caderas.
—No podemos volver a San Narciso, escucharse a tu padre tenemos que escondernos, y también escuché el viejo loco que dijo que te encontraría —la mera mención del hombre le produjo un calambre a Moira en el estómago —por allá —señaló a Pradera —está mi amiga, nos ayudará.
Ya llevaban un par de horas caminando cuando una enorme camioneta los alcanzó, le tendieron la mano en busca de ayuda, pero los pasó de largo.
— ¡Ojalá te pongan una multa por pendejo! —le gritó Alexander y Moira negó con la cabeza, era el tercero que los pasaba —¿ves? —le dijo a ella —si me hicieras caso seguro nos ayudarían.
—Que no les voy a enseñar mis senos —le contestó por tercera vez y él hizo un puchero.
—Es solo un pequeño sacrificio a cambio de no caminar cien kilómetros —trató de convencerla y ella le enseñó el dedo de en medio, sabía que él bromeaba, pero lo había considerado un par de veces —allá viene otro —le señaló ella. Un pequeño Volkswagen del 63 se acercaba y comenzaba a disminuir la velocidad.
—¡Vamos, enséñalos! —le dijo el chico y ella estiró la mano hacia el pequeño vehículo que se detuvo. Corrieron hacia él y el conductor bajó la ventanilla mientras los miraba sorprendido. Moira notó como le dio un muy poco disimulado vistazo al torso de Alexander.
—¿Están bien? —les preguntó con un todo de alarma.
—Estábamos acampando —le dijo Alexander —y un oso nos atacó —el hombre, de unos cuarenta años, medio gordo y calvo, se rascó el mentón.
—No hay osos en este bosque —dijo y Alexander miró a Moira en busca de ayuda.
—No sabemos exactamente lo que fue, era alto y peludo —el hombre sonrió.
—¿Más que él? —señaló a Alex y este se acarició el pecho con incomodidad.
—¿Podría llevarnos a Pradera? —preguntó ella y Alexander, que ya no sonreía, soltó una risa nerviosa:
—Si no quiere no pasa nada —el hombre rio.
—Claro que sí, hace mucho no hago amigos tan atractivo como ustedes, eso rejuvenece, ¿sabían? —Moira agradeció con la cabeza y subió a la parte de atrás —Tu puedes subir aquí, grandote —le dijo a Alexander abriendo la puerta del copiloto y él siguió a Moira a la parte de atrás.
—Prefiero ir a aquí, con mi novia —dijo cuando se había acomodado en los asientos forrados en cuero viejo —Para conservar el calor —el hombre asintió y puso el pequeño vehículo en marcha.
—Enseñale tus pechos peludos —le dijo Moira al oído en forma de burla — Es solo un pequeño sacrificio a cambio de no caminar cien kilómetros —él le sonrió con desgana —No pensé que tuvieras masculinidad frágil, además, esto es el pan de cada día para las mujeres —él le habló al oído.
—No es por que sea gay, me han coqueteado hombres antes y hasta me gusta, se siente como un alago, pero es que me siento…—meneó la cabeza en el aire —desnudo.
—Bienvenido al mundo de las mujeres y los pervertidos.
—¿Qué hace una pareja tan guapa acampando tan lejos de Pradera? —les preguntó y ellos se miraron.
—Es nuestro aniversario, queríamos algo diferente —le dijo Alexander y él se rio a carcajadas.
—Que los ataque un no-soso mientras hacen el amor es algo diferente —Moira vio como las mejillas de Alexander se ponían muy rojas y rio junto con el hombre mientras él miraba por la ventana —me llamo Claudio —les dijo —¿Cómo se llaman preciosuras?
—Moira, y él es Alexander —la conciencia de chico pidió entrada y ella lo dejó.
—No sabemos si podemos confiar en él —Le dijo y ella soltó aire con pesadez.
—Lo siento —se excusó —Pero no creo que sea una amenaza —Alexander no pareció satisfecho y se cruzó de brazos.
—Tenemos que ser más cuidadosos.
—¿De dónde eres, Claudio? —le preguntó Moira y el hombre, que no apartaba la vista de la carretera sonrió con desgana.
—Nací en una ciudad muy grande lejos de aquí —dijo y pudieron notar nostalgia en su voz —he viajado toda mi vida por todas partes, así que no soy de ningún lado, llevo un par de años en Pradera y creo que me quedaré allí —Moira se quedó cayada, preguntándose qué se sentiría viajar por todo el mundo, ella nunca había Salido de San Narciso ni sus alrededores, su padre nunca viajaba, y desde que se había convertido en el Alpha mucho menos. Miró sus manos, estabas sucias, tenía tierra en las uñas y heridas en las piernas, ¿Cómo es que había llegado hasta esa situación? ¿Cómo es que estaba huyendo mientras su padre estaba secuestrado y su manada dispersa? Cerró los ojos y recostó la cabeza en el hombro de Alexander, el chico le cubrió los hombros con el brazo y ella se dejó llevar por el rítmico sonido de algo flojo en el motor.