Corrieron sin mirar a donde, la mano de Alexander se le enterraba en el brazo y el frio le entumecía el cuerpo. De repente y sin aviso, el joven se de tubo y ella chocó con su espalda, tan dura como una pared.
—¿Qué…? — él la cayó poniéndole la mano en la boca, era tan grande que le cubría casi toda la cara, y luego señaló al frente. Unos treinta metros a delante, un lobo de unos dos metros de altura olfateaba al ambiente. Alexander la empujó y se recostaron en un enorme árbol.
—No es de nuestra manada—le dijo él, pero Moira estaba distraída mirando para otra parte. Desde allí se lograba ver la hoguera y a su padre tirado en el suelo, en medio de convulsiones violentas. Un hombre alto, de contextura delgada y viejo, caminó hacia él con aire de superioridad y se detuvo a su lado.
—¿Pensaste en serio que te esconderías por siempre? —Moira, con sus sentidos al máximo, logró escucharle la voz, era grácil como la de un cantante —Si me dices donde está tu hija haré que termine el dolor —una corriente eléctrica cruzó el cuerpo de Moira y si no hubiera estado recostada en el árbol se hubiera caído.
—No la vas a encontrar nunca —le dijo su padre con la poca fuerza que le quedaba. El hombre le apuntó con un arma extraña y le disparo otro dardo en el pecho. Moira trató de correr hacia él, pero Alexander la tenía agarrada por la cintura —Atenlo y llévenselo —añadió antes de desparecer.
—Tenemos que irnos — le dijo el muchacho y ella obedeció —no podemos transformarnos —dijo —nuestro olor es más fuerte así y nos encontraran muy fácil —habían comenzado a correr.
—Así no llegaremos al otro lado del bosque ni al amanecer —se quejó Moira mientras se limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano —suéltame —forzó para liberarse del agarre de Alexander, pero no lo logró.
—Hay que llegar hasta el rio, de ahí lo seguimos hasta la entrada del pueblo —seguía arrastrándola del brazo hasta que alguien gritó a sus espaldas.
—¡Aquí hay más! —Moira volteó la cabeza y vio como un hombre, acompañado de un lobo que casi le doblaba la estatura, corrían hacia ellos. No esperó que Alexander le dijera algo, solo corrió sin mirar atrás y más pronto de lo que imaginaba estaba rebasándolo.
Las ramas le golpeaban los brazos y las piernas, pero la cara era la que más le costaba proteger. Los pies se le hundían en la nieve y le entorpecían la huida. Todo su instinto le gritaba que se transformara, incluso en un par de ocasiones sintió esa presión en la punta de los dedos antes de que ocurriera el cambio, pero los gritos de Alexander la traían de nuevo.
—¡No te transformes! —le gritó tantas veces que memorizó el tono de alarma en su voz, y cuando ella lo miraba podía notar que él también luchaba contra el instinto, tal vez se lo gritaba a él mimo.
Más adelante, cuando lograron ver un pequeño claro en frente, aumentaron la velocidad pensando que podía ser el camino que conducía al rio, pero cuando lo alcanzaron tuvieron que frenar en seco. Se hallaron frente un acantilado de piedras filosas, y unos treinta metros más abajo el rio Rojo cruzaba imponente ante el frío.
—¡Y ahora? —le gritó al muchacho y él parecía desorientado y confundido. Miró hacia abajo y luego a ella. Moira comenzó a negar insistida mente con la cabeza —No voy a saltar —su voz, mesclada con grandes jadeos de cansancio formaba un vaho de niebla blanquecina.
—Yo creo que…—comenzó a decir el muchacho, y Moira no logró advertirle a tiempo. Un dardo, lleno de líquido morado se clavó en su cuello y él no pudo hacer más que lanzar un grito de dolor y caer por el precipicio.
—¡No! —gritó ella y miró hacia abajo a tiempo de ver como Alexander desaparecía dentro del agua espumosa. La luna brillaba con tanta fuerza que Moira logró ver con claridad como el lobo que acompañaba al hombre se lanzaba sobre ella, y sin ningún miramiento se tiró por el acantilado. Las fauces del animal se cerraron justo sobre su cabeza y Moira comenzó a caer consumida por la gravedad. El vacío en el estómago la venció, sintió como todo su cuerpo se llenaba de una sensación cálida, como cada extremidad se alargaba y hasta como se re acomodaban todos sus órganos. Cuando cayó al agua estaba más alerta que nunca, y aunque estaba tremendamente fría su pelaje lograba protegerla. Sacó la cabeza y miró para todas partes, el rio turbulento no le permitía nadar y no lograba ver a Alexander por ningún lado. Extendió su conciencia y logró percibir la suya, estaba cargada de un dolor ciego que no lo dejaba pensar con claridad.
Comenzó a nadar hacia abajo ayudándose por la corriente, con fuerza cada patada la hacía recorrer varios metros hasta que logró distinguir la figura pequeña del hombre que intentaba nadar con dificultad. Se acercó a él y cuando la vio no pareció reconocerla, y por un segundo trató de huir, pero luego lanzó otro grito de dolor fuerte que lo hizo hundir. Moira sumergió la cabeza y lo agarró del cuello de la camisa, sacándolo a la superficie. Él comenzó a trepar por su cuerpo, agarrándole el pelaje y casi arrancándolo, pero lo dejó hacer, y cuando estuvo posicionado sobre ella como un jinete en un caballo trató de entrar de nuevo en su conciencia, pero una pared firme de dolor le impedía el Axeso.
—Duele —le dijo él cerca de la oreja, tan bajo que casi no pudo escucharlo bajo el ruido del río. Moira comenzó a nadar, y aunque era una loba de dos metros de alto y mas de tres de largo Alexander debería de pesar más de ochenta kilogramos y tenía qué hacer acopio de todas sus fuerzas, y de su poca experiencia en el agua, para no hundirse y avanzar.
Después de una media hora tratando de llegar a la orilla, salió del agua, cansada y sin energías, se echó en la playa de arena morena procurando que el hombre no se le callera del lomo y descansó por unos minutos. Trató de entrar de nuevo en su consciencia, pero no encontró nada, como si estuviera muerto. Al menos el dolor ya había terminado, pero él estaba inconsciente. Moira pensó que era raro, incluso en los lobos, transformados o no, mientras dormían se podía sentir su conciencia. Se puso de pie, aún dormido Alexander seguía agarrado de su pelaje, y ella volteó a lamerle la cabeza.
Después de un rato de vagar por el bosque, encontró una cueva que formaban dos enormes rocas que se metió en ella, ladeó el cuerpo hasta que el muchacho cayó sobre en el suelo que tenía un poco de césped, tenía el ceño fruncido y estaba tan pálido que parecía un fantasma, el cabello húmedo le cubría los ojos y Moira empujó los mechones con la punta de la nariz. Era muy guapo, de mandíbula fuerte y ojos grandes, labios carnosos y barba poblada, tenía un olor a húmedo y a madera, y también a algo fresco, como el pino. Se recostó junto a él para darle calor, enroscándose alrededor de su cuerpo, con la cola le cubrió los brazos que estaban cruzados sobre el torso en un intento por darse calor, y se quedó ahí, pensando en su padre, en su manada, y cuando se durmió tuvo sueños inquietantes de miedo y frio.
Cuando despertó, lo primero que sintió fue la cálida presencia del sol dándole en el cuerpo, y lo segundo fue el dolor que le golpeó en cada pequeño espacio de su ser. Abrió los ojos y se encontró sola, sobre el césped. Durante la noche se había trasformado de nuevo en humana, seguramente en medio de alguna pesadilla, y como única prenda tenía puesta una camisa de hombre que le bajaba apenas por debajo de la cadera. La imagen golpeó su mente, la camisa era de Alexander, así que debió verla desnuda, y peor aún, él mismo se la había puesto. Pe estregó los ojos y bufó. Luego se dejaría llevar por la vergüenza. Salió de la pequeña cueva y lo primero que vio fue la espalda desnuda del joven que estaba sentado en una piedra dejando que el sol le calentara el cuerpo. Moira caminó hasta él, cubriéndose del frio con las manos y jalando la camisa haca abajo, y solo la recibió con una triste sonrisa cuando la vio, tenía la cara pálida y ojeras, sus ojos azules parecían más oscuros.
—¿Cómo estás? —le preguntó y él miró de nuevo al frente.
—Algo —la voz casi se le quebró —algo me hizo ese dardo —cuando la miró, tenía los ojos brillosos —no me puedo trasformar… es como si mi lobo hubiera desaparecido —Moira sintió como se le formaba un nudo en el estómago, e instintivamente proyectó su conciencia haca él, y sintió nada más que un pequeño atisbo de vida, como si algo muriera lentamente, él pareció no darse cuenta de la intromisión, como si no la sintiera. Tal vez así era. Caminó hasta él y se arrodilló en frente, poniendo las manos sobre sus hombros, que eran redondeados y tibios. No sabía qué decir para consolarlo, no tenía ni idea de lo que podía estar sintiendo.
—Voy a estar bien —dijo él sonriendo de medio lado —creo que el efecto desaparece, antes ni siquiera podía entrar en calor, ahora me siento más fuerte entre más pasa el tiempo —Moira sintió.
— A noche ni siquiera podía percibir tu conciencia, a hora hay algo —dijo y él asintió.
—Gracias, por cierto —le dijo y sus mejillas se pusieron rojas. A Moira le comenzaba a parecer bonito eso —Salvaste mi vida —ella se encogió de hombros y señaló la camisa.
—Y a ti gracias por la camisa —Alexander se puso tan rojo como un pimiento y levantó las manos en el aire.
—Prometo que vi lo menos posible.
El medio día había llegado y ellos seguían sin saber dónde estaban, Moira andaba despacio por el suelo húmedo y frio, y Alexander se abrazaba a si mismo con el torso desnudo. Moira había aprovechado un par de ocasiones para verlo, tenía unos pectorales bien formados, cubiertos por una fina capa de bellos que bajaban en una línea delgada y pasaba por el definido abdomen.
—Me dijiste que hacías ejercicio —le dijo y él la miró, levantó los brazo he hizo un par de poses de físico culturista mientras lucia todos los músculos del cuerpo. A Moira eso le gustó, poco a poco estaba recuperando el buen humor, y su conciencia se hacía más grande, y obvio que también aprovechó para darle una ojeada —tal vez puedas darme unas clases, si salimos vivos de todo esto.
—Lo haremos —dijo él muy seguro —si seguimos por aquí llegaremos a la entrada del pueblo, conozco a alguien que podrá ayudarnos solo hay que… — se quedó mirando algo por encima del hombro de Moira, y cuando ella volteó le temblaron las piernas. Unos veinte metros más allá, un lobo de aspecto enorme y con el pelaje grisáceo corría hacia ellos a toda velocidad, su conciencia se proyectó como un golpe fuerte de un martillo y ella sintió como la mano de Alexander se aferraba a su brazo y la arrastraba.
—¡Corre! —le gritó —¡Corre! — y ella corrió, sin importar que los pies le ardieran bajo la tierra y las piedras.