01. Entrar por ventanas en la nueva moda
—Naty, ¿hay moros en la costa?
Me bajo un poco las gafas de sol para comprobar que la parte de atrás de este edificio está solitaria y sin ninguna persona de la autoridad. Llevamos vigilando hace diez minutos porque nos da miedo salir del coche y que alguien venga a detenernos como a dos delincuentes que se cuelan a eventos sin ser invitadas.
—Pero si no estamos en la costa, en esta mierda de ciudad no hay playa y es muy injusto.
—Cierto, entonces… ¿Hay moros en la calle?
—No, lo máximo que he visto ha sido a un chaval que llevaba un chaleco bastante feo.
—¿¡Dónde!? —miro hacia todos los lados asustada de que alguien nos haya visto.
—Cruzando el paso de peatones de allí —señala una calle que está a varios metros de distancia de nosotras.
—Joder, qué susto —respiro con alivio, notando mi corazón latir fuerte contra mi pecho—. ¿Por qué relacionas los chalecos con los moros?
—No sé, me baso en Aladdin.
—Los de Aladdin eran árabes, no moros.
—Pero son de la misma religión, ¿no?
—No sé, mientras no dejen alguna bomba dentro del desfile, me conformo.
Abrimos la puerta del coche y salimos para acercarnos a la pared llena de grafitis y cubos de basura. Cómo son los que manejan dinero, ponen toda bonita la entrada para los espectadores, pero la parte de atrás la dejan fea y llena de mierda.
—Genial —Diviso una única ventana que queda un poco más arriba que nosotras—. Ayúdame a subir.
—¿En serio vas a colarte por la ventana? —ella me mira como si estuviese loca.
—¿Quién te dice que igual dentro de veinte años no se usarán las ventanas como entrada a los sitios?
—No pasará eso.
—¿Por qué?
—¡Porque eso ya existe, se llama puerta!
—Shhh no grites, que nos van a oír —Me acerco a la parte donde está la ventana, estiro mi brazo para intentar agarrarme a ella, pero está demasiado alta—. No llego.
—No jodas —rueda los ojos de forma obvia y camina para ponerse a mi lado—. Pues claro que vas a hacerlo, tonta de mí, si siempre has sido así de loca.
—Yo prefiero llamarme luchadora.
—Y yo te digo que tienes algo en la cabeza que no te va bien.
—Sí, sí… —ni la escucho, estoy demasiado ocupada pensando en cómo llegar a la ventana—. Ya está, súbeme a caballito.
—Sí claro y también te puedo hacer la cena.
—No gracias, que todavía me están repitiendo las patatas picantes que me hiciste hace dos semanas.
Vivir con tu mejor amiga tiene muchísimas cosas buenas, como por ejemplo las risas, la diversión y la independencia con una persona que es igual de desordenada que tú. Lo malo… También hay mucho, sobre todo las noches que le toca cocinar a tu amiga y esta lo hace tan jodidamente mal que cualquier día vas a acabar en el hospital por una intoxicación.
—Mira que sabía que me lo ibas a seguir echando en cara, que me confundí de botes, joder.
—Claro, confundiste la sal con la pimienta, algo muy lógico.
—Pues sí, son botes muy parecidos.
—Para algo están las etiquetas.
—No me gusta leer.
—A veces es necesario para evitar que tu compañera de piso se pase la noche sin salir del baño.
—Mira, así te afinaste un poco.
—¿Me estás llamando gorda?
—Qué va, estás súper buena.
—Entonces súbeme a caballito, venga, que con tanta cháchara va a empezar el desfile sin que yo esté presente.
—Te vas a meter en un lío de cojones.
Mi amiga Natalia, también conocida como Naty o Nat para los amigos, se agacha para que yo consiga pasar mis piernas con encima de sus hombros y elevarme varios centímetros más arriba. Consigo ver que la ventana que está medio abierta es la del baño, así que me parece algo perfecto para poder colarme dentro sin llamar mucho la atención.
—Me vas a arrancar el pelo, que no soy una marioneta —Me doy cuenta de que la estoy tirando demasiado de los mechones para ayudar a mi cuerpo a que se impulse y pueda meterse por la ventana.
—Perdona, da un salto que llego.
—¿Encima de cogerte, tengo que saltar?
—Vamos Nat, un último esfuerzo, que ya llego.
—Espero que merezca la pena esto —Da un salto fuerte, consiguiendo que me quede encajada en la ventana. Tengo la mitad del cuerpo dentro del baño, el cual es precioso por cierto, y las piernas fuera de este—. ¡Métete!
—Eso intento —Busco algo donde agarrarme porque el suelo está muy lejos y no quiero darme una hostia, pero es muy tarde porque cuando consigo sujetarme en el secador de manos, esta se me resbala y caigo de cabeza contra el suelo—. ¡Ahh!
Recibo un golpe fuerte en el extremo de mi cabeza y me froto esa parte con mi mano, qué dolor, parece que me ha rebotado el cerebro por dentro. Suspiro poniéndome en pie y comprobando que la mochila que cargo a mis hombros está intacta.
—¿¡Estás bien!? —escucho el grito de mi amiga al otro lado de la ventana.
—¡Sí! —tengo que dejar de gritar porque cualquiera que pase por aquí nos va a escuchar y ahí sí que perderé toda oportunidad de conseguir mi propósito.
¿Qué cuál es mi propósito? Muy sencillo, colarme en el desfile de moda de la diseñadora más famosa e influente entre las jóvenes, Chrystal Pascal. La he admirado toda la vida y desde que empecé a estudiar la carrera de diseño he soñado con que algún día contemple todos mis diseños y se dé cuenta de que soy una gran artista, incluso que me pida colaborar en la creación de nuevas prendas de ropa. Sería un sueño hecho realidad…
Por supuesto no iba a perder la oportunidad de ir a su desfile y como no hubo manera de conseguir entradas ni llorando al número de atención al cliente de su empresa, cosa que hice, he decidido entrar por mis propios medios. Me arriesgaré y merecerá la pena si logro que, aunque sea, me mire.
—¡Suerte Nadia! ¡Te espero en el coche!
—¡Gracias, Naty!
Me observo en el espejo, mis pintas no son del todo adecuadas para conocer a una diseñadora, pero he de reconocer que el estilo le tengo en mi talento y no en mi físico. Además de que tener veintidós años y haber acabado hace dos semanas tu carrera, no me ayuda a tener una posición económica de lo más elevada para gastarme en ropa de marca.
—Vamos Nadia, tú puedes.
Me veo algo ridícula hablando a mi reflejo, así que opto por dejar de hacerlo. Respiro profundamente aproximándome a la puerta, sintiéndome cada vez más nerviosa. Me doy una bofetada para dejar de estar así, no es el momento, ahora tengo que estar más segura que nunca.
—Esto va a ser bueno, va a cambiar tu vida.
Vuelvo a repetirme en voz alta antes de girar la manecilla de la puerta. Es increíble como un sueño tan hermoso que ha tenido una persona desde que es pequeña puede estar a punto de convertirse en realidad… O eso era lo que pensaba yo en ese momento qué ilusa fui. A veces la realidad puede darte una buena bofetada sin verlo venir y convertir todos tus sueños en pesadillas.