Tienes suerte...

1076 Words
—Te lo quería decir arriba pero no me has oído, espera, voy a buscar el coche, lo cargamos, nos ponemos en marcha y hablamos lo que quieras, es por no perder más tiempo que se está haciendo tarde. Sabrina respiraba profundamente cerrando los ojos, concentrando paciencia para no empezar a gritar. Carlos llegó con el coche, rápidamente metió las bolsas en el maletero, en un gesto galante, le abrió la puerta a Sabrina para que entrara, ella, antes de hacerlo, le miró a los ojos, saliéndole de los suyos un par de rayos. Carlos cerró la puerta de Sabrina y dio la vuelta al coche, entrando en el lado del conductor, lo puso en marcha y antes de que Sabrina pudiera abrir la boca. —Lo siento, ya sé que no te gustan estas cosas, pero escúchame. Cuando éramos adolescentes, a mi hermana y a mí, mi padre nos abrió una cuenta en el banco, nos ingresa cada mes una cantidad de dinero, como si fuera un sueldo. Mi hermana gasta mucho más que yo, en ropa, en peluquería, uñas, esteticién, cursos de qué sé yo, en fin, en muchas cosas. Yo no gasto tanto, no lo necesito, pero mi padre para que no parezca que le da más a uno que al otro, nos ingresa la misma cantidad de dinero a los dos. Después de estos años tengo en la cuenta mucho dinero, al menos mucho para lo que yo gasto, el dinero del máster lo pondrá él, porque lo que nos ingresa es para gastos ‘mensuales’ como lo llama él, pero es que yo no puedo gastar tanto en un mes. Así… —Así, que has pensado, voy a pagarle el hotel a esta chica que no tiene donde caerse muerta. Carlos la miró un momento, para no apartar demasiado la vista de la carretera, se puso serio. —Mira Sabrina, esto es muy sencillo, sé que tú te vas a pagar el máster con tu sacrificio, trabajando. He pensado en ayudarte, porque eres mi pareja, porqué quiero, a mí no me importa pagar el hotel, no significa nada, y a ti te ayudará. Y no hace falta que te pongas tan borde conmigo, ni que me digas que pienso que no tienes donde caerte muerta, eso ha sido muy desagradable. Ya sé que tienes carácter, pero haz el favor de guardarte en el bolsillo el orgullo, a mí no me vuelvas a hablar así. —Vaya rapapolvo, así no me ha hablado ni mi padre.— Se arrepentía Sabrina. —Soy sincero contigo, siempre lo he sido, no me gusta nada estas salidas de tono que tienes, es lo único que me desagrada de ti. Si me tienes que decir algo, lo puedes hacer con educación y hablaremos o discutiremos lo que sea. Sabrina se acercó y le besó en la mejilla. —Lo siento Carlos, no volverá a pasar, mira que sé que soy desagradable en esos momentos, contaré hasta tres antes de hablar. Pero lo del orgullo, no sé como lo voy a hacer, no me cabe todo en el bolsillo. Carlos estalló en una carcajada, ella también apoyando su cabeza en el hombro de su novio, él cariñosamente le acarició la carita. Otro que se pasó la semana sin parar de follar fue Victor, de hacer folli folli, como le decía su hija. Una semana entera conviviendo con su ‘amiga’, el sábado por la noche, sabiendo que sería su última noche, cenaban algo especial con un buen vino. —Esta noche es la última.— Confirmaba ella, como si él no lo supiera. Se hizo un silencio, bastante más largo e incomodo de lo que a ellos les hubiera gustado. —Ya lo sabíamos…— Empezaba a disculparse Victor. Ella se limpió la boca con la servilleta. —Claro que lo sabíamos, claro que sí, pero… Giró la cabeza, mirando por el balcón, pestañeaba, claramente para no romper a llorar. Victor movió su silla para acercarse, la abrazó. —Lo siento, yo, no sé qué decirte… —Tú nunca sabes que decirme, por no decirme, no me dices ni cosas bonitas, a veces tengo la sensación de que aquí vienes a follar y ya está… —Por favor no te pases, sabes de sobras que te quiero.— Se defendía Victor. —Es que además de saberlo, me lo tienes que decir y demostrar de vez en cuando hombre, me gusta que me lo digas y te pongas romántico, no solo que me agarres y venga, a follar que se acaba el mundo… —¿Qué te pasa? ¿Por qué me dices todo eso?— Preguntaba Victor, viendo que a ella le pasaba algo más. Lo miró fijamente, entonces si le empezaron a caer algunas lágrimas. —Porque a partir de mañana, la cama volverá a estar vacía, te echaré de menos Victor, mucho, no te imaginas lo que llego a llorar cuando pasamos unos días juntos y nos tenemos que separar. No es justo Victor, quiero vivir contigo, ser tu pareja. Y no me vengas con que está Sabrina, ya es una mujer, hace su vida… Volvió a hacerse otro silencio incomodo. —Creo que voy a tomar una decisión, no me veo con fuerzas de seguir como estamos…— Decía ella triste. —Espera, espera, nos veremos cada día si quieres, vendré a verte, o salimos por ahí, como tú quieras, pero por favor no me dejes, aunque no sea capaz de demostrártelo te aseguro que eres muy importante para mí, mucho.— Victor intentaba convencerla como fuera. —Lo de dormir cada día juntos no puede ser ¿Verdad?— Preguntaba ella mirándole a los ojos. —Lo haremos, confía en mí, lo haremos, dame un poco más de tiempo, por favor te lo pido, te prometo que lo arreglaré. Si quieres podemos pasar todos los fines de semana juntos… y en agosto irnos de vacaciones. Se miraban a los ojos, otro silencio, hasta que ella hizo una mueca y se abrazó a Victor. —Tienes suerte de que te quiera tanto, otra te hubiera dado una patada en el culo hace tiempo. —¿Me puedo quedar esta noche?— Preguntaba inocente Victor. —¿No te has enterado? Lo que quiero es que te quedes todas, repito por si no lo has escuchado bien, todas, todas, las noches coño. Victor le besaba los labios, para que no dijera nada más básicamente.
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