—¡Coño Carly! ¿Puedes parar un momento de comer? No se te entiende nada, estás comiendo a dos carrillos tía.— Le advertía Sabrina.
—Los ha traído para que nos los comamos ¿No? ¿O solo era para hacer bonito encima de la mesa?— Se quejaba Carly.
—Tranquilas chicas, Carly tiene razón, si los he traído es para comer. Y tenemos que acabar con todo, el vino también.
—Lo acabaremos, lo acabaremos.— Decía Carly, mientras levantaba la copa para que Carlos le sirviera más vino.
Sabrina movía la cabeza negando riéndose, mirando a Carly como disfrutaba comiendo.
—Chicas, os quería comentar algo, esta piscina está muy bien, pero, podríamos ir a la de mí casa, es gratis y allí tenemos cualquier cosa que necesitemos. Os pasaría a buscar, en el coche tanto da venir aquí que ir allí— Les ofrecía Carlos.
—¡Ah no! Perdona Carlos, pero es que yo no tengo buenos recuerdos de tu casa. Si queréis ir vosotros, por mí no hay problema.— Se le entendió perfectamente a Carly con la boca llena.
—Yo estoy con Carly, estamos mejor aquí. Qué vergüenza ir a tú casa.
—¿Vergüenza? ¿De qué tienes que tener vergüenza?— Preguntaba extrañado Carlos.
—Pues de eso cariño, de estar en tu casa, solo de pensarlo me da no se qué.
—¿Te crees que íbamos a estar solos? Mercedes está allí cada día con alguna de sus amigas…
—¡Buff! Con Celestina, ‘Celes’ para los amigos, no gracias, que pereza me daría a mí.— Opinaba Carly.
—Yo estoy con Carly, aquí me encuentro más cómoda.— Le decía Sabrina a Carlos.
—Vale, vale, solo era una opción, no pasa nada.— Las tranquilizaba Carlos.
Después de arrasar con todos los canapés y la botella de vino, Carlos las acompañó a sus casas, para que las chicas tuvieran tiempo de dormir la siesta y prepararse para la cena.
A las seis de la tarde llegaba Victor a su casa, la puerta de la habitación de Sabrina estaba abierta, ella dentro se miraba al espejo probándose ropa.
—Estás guapísima hija.— Le dijo desde el pasillo.
—Hola papá.
—¿Puedo?— Le pedía permiso Victor, señalándole la silla de la mesa de estudio.
—Sí, sí claro, entra.
Victor se sentó en la silla mirando a su hija.
—Ese moreno te sienta de maravilla.
—Eso ya me lo dijiste el otro día.
—Ya lo sé, mira, ya sé que siempre te hago bromas o te tomo el pelo, pero, en serio que estoy muy orgulloso de ti, el año que viene ya serás arquitecta, ya sabes que ha sido la ilusión de mi vida, te lo agradezco mucho.
—A mí no tienes que agradecerme nada papá, en todo caso te tengo que estar yo agradecida a ti, por cuidarme y darme todas las oportunidades para hacer lo que yo he decidido hacer.
—Te has convertido en una gran mujer Sabrina. Dime una cosa, sin entrar en detalles ¿Eres feliz?
—Mucho, en estos momentos tengo todo lo que necesito, un gran padre, buenos amigos y…— Se cortó Sabrina.
—Y una pareja que te quiere, de la que estás muy enamorada ¿Querías decir eso?
—Sí papá, era eso.
—Pues me alegro mucho, disfruta cariño.
Victor se iba a levantar de la silla, Sabrina le miraba pensando, hacía mucho tiempo que su padre no se abría emocionalmente con ella, que no le hablaba con aquella seriedad y sinceridad.
—Papá ¿Está todo bien?
—A parte de que mi niña ya se ha convertido en una mujer y es libre para hacer lo que quiera, sí, todo está perfecto.
—Otra cosita.— Llamaba la atención de su padre Sabrina.
—La semana que viene vas a estar solo en la casa, espero que te portes bien.— A Sabrina se le escapaba la risa.
—Que ovarios tienes nena.— Bromeaba Victor saliendo de la habitación.
—Te doy permiso para dormir fuera un par de noches.
Victor volvió sobre sus pasos sacando la cabeza por la puerta.
—Voy a hacer lo que me salga de los mismísimos, que lo sepas.— Se fue riendo por el pasillo.
—Ya sé que te vas a poner ‘morao’ a folli folli.— Levantaba la voz Sabrina para que la escuchara.
—Igual que tú cariño ¿O es que vais allí a recoger florecillas del campo? No te jode esta niña.— Le contestaba Victor. Los dos reían.
Esa noche quedaron los cuatro, cenaron en la pizzería preferida de Sabrina, Carly y Daniel, Carlos encantado de estar con ellos. Algunos escogieron pasta y otros pizzas, para beber sangría de vino.
—El otro día Carlos llevó a Sabrina a cenar a un restaurante muy chulo.— Le explicaba Carly a Daniel.— Me tienes que contar los detalles Sabrina.— Pedía dirigiéndose a ella.
—¡Buf! Solo faltaba una persona a tú lado que te diera de comer, como a los niños pequeños, haciendo el avión con el tenedor.— Los cuatro reían de la ocurrencia de Sabrina.
—¿Es caro?— Preguntaba Daniel.
—Mucho, una exageración.— Contestaba Sabrina.
—Un día te llevaré Carly, me tienes que decir que restaurante es Carlos.— Afirmaba Daniel.
—Como quieras Daniel, pero sinceramente, no creo que valga la pena gastarse lo que vale. Te puedo recomendar otros que están muy bien, que os lo pasaréis de puta madre y no os gastaréis más de trescientos pavos en una cena.— Contestaba Carlos.
—¿Pero qué dices? ¿Más de trescientos euros una cena? ¿Dónde coño fuisteis?
—El restaurante es una pasada, en la azotea tienen un sitio precioso para tomar copas, te viene la risa tonta del precio de las copas, que exageración.— Aclaraba Sabrina.
—¡Joder cariño! Así va a ser difícil que te lleve a ese sitio.— Se preocupaba Daniel.
Carlos veía las caras de los demás, se sintió mal, por poder cenar en sitios como ese y la gente que apreciaba no pudiera hacerlo.
—Yo os invitaré, iremos los cuatro.— Dijo Carlos mirándolos a todos.
—No, no, ni hablar, si no podemos ir, no vamos y no pasa nada, llevamos toda la vida sin ir a esos sitios, no es ninguna necesidad vital.— Argumentaba seria Carly.
—Tienes razón cariño.— La reforzaba Daniel.
Sabrina movía la cabeza confirmándolo, dándole la razón a su amiga.
—Tenemos que aceptar que vivimos en mundos diferentes Carlos.— Afirmaba Sabrina.
—¿Por eso te ha costado tanto acercarte a mí?— Le preguntaba molesto Carlos.
Sabrina movía los ojos disimulando.
—Está claro que sí.— Se confirmaba a él mismo Carlos.— Escucharme una cosa, estoy con vosotros, me habéis aceptado como a uno más, sin pensar si soy de aquí o soy de allí. Pues os lo digo ya, si me apetece y quiero invitaros a donde sea, espero que no seáis mal educados y me dejéis solo.
—Así se habla Carlos.— Levantó la voz Carly.
Daniel sonreía sin decir nada, Sabrina después de que Carlos se enterara que le costó ir con él porque lo veía demasiado pijo, se calló la boca. Acabaron de cenar, Daniel se levantó disculpándose para ir al baño, aprovechó y los invitó a la cena. Cuando Sabrina quiso pedir la cuenta, la informaron de que ya estaba todo pagado.
—Daniel te has pasado.— Le dijo Sabrina.
—Estamos aquí para celebrar que estamos juntos Carly y yo, la cena corre de mi cuenta.
—¡Ja! Así que tú puedes invitarnos y yo no, que cojones tenéis.— Se quejaba Carlos.
—¡Ay niño! No te pongas pesado, si quieres invitarnos nos invitas y listo coño.— Le decía Sabrina.
Carlos soltó una carcajada, agarró a Sabrina por la cabeza y le dio un beso en medio de los morros.
—Como me gusta cuando sacas el carácter.— Le susurraba al oído, mientras ella sonreía enamorada.
Después fueron a tomar unas copas a un par de locales. Carly y Daniel acabaron la noche follando en el coche, Sabrina y Carlos se despidieron con unos cuantos morreos, ella le pidió el sábado para preparar todo lo del viaje, y que se vieran directamente el domingo por la mañana para salir juntos en el coche.
Esa noche, Victor le estaba comiendo el coño a su amiga, ella gemía, gritaba, se agarraba a las sabanas con fuerza para aguantar el gustazo. Él se perdía lamiendo, chupando y succionando el clítoris. Hasta que ella se corrió.
—¿Qué te pasa esta noche que estás tan fogoso?— Le preguntaba a Victor.
—Sabrina se va el domingo toda la semana fuera de vacaciones ¿Qué te parece si?
—¿Te vienes conmigo a este apartamento toda la semana? ¿Es lo que quieres?
—Me encantaría.— Respondía Victor besándole la barriga.
—¿Para follarme cada día? Que te conozco.
—Para follarte cuando me dé la gana, eso me pone loco, tengo que admitirlo.
—Vale, si es para eso, sí.— Contestaba ella riendo.
—Te dejaré el coño escocido de tanto follar.
—No seas bruto hombre.
—Sí, sí, bruto, tú prepárate.