—¿Y no le has pedido que te la presente?— Insistía Carlos.
—Hemos llegado a un acuerdo.—Contestaba Sabrina sonriendo.
—¡Ay Sabrina! A veces me despistas ¿Qué acuerdo ni que acuerdo? Te la presenta y listo ¿No?
—Me la presentará el día que yo te presente a ti.
—Vale, en cuanto volvamos, ningún problema.— Aseguraba animado Carlos.
—¿Pero qué dices hombre? De eso nada.— Levantaba la voz nerviosa Sabrina.— Te lo presentaré cuando… cuando…
—¿Cuándo Sabrina?— Se adelantaba Carlos.
—¡Ay no sé! Algún día ¿Crees que nos hará buen tiempo esta semana?— Cambiaba de conversación Sabrina.
Carlos sonreía, estaba claro que Sabrina no estaba muy dispuesta a presentarle a su padre, al menos de momento.
Pararon por el camino a comer algo, tal como le habían dicho, en aquellos pueblecitos se comía de muerte.
En el último tramo de curvas cerradas, Carlos se lo pasó bien conduciendo. Sabrina quejándose de lo lejos que estaba el hotel, estaba hasta el coño de tanto coche. Le cambió la cara al ver el hotel, en medio de un prado, un edificio bonito de alta montaña, delante, un campo de hierba donde pastaban vacas. Los dos se sonreían mientras se acercaban.
Al entrar en la habitación, dejaron las bolsas y la inspeccionaron. Primero apartaron de un tirón las cortinas del ventanal, había un balcón con una mesita y dos sillas que parecían bastante cómodas, vistas al prado verde, donde las vacas pastaban plácidamente.
—Pues sí que es bonito esto sí.— Comentaba Sabrina.
—Sí, muy bonito, y la cama grande, y de matrimonio ¿No pediste dos camas Sabrina?— Se cachondeaba Carlos.
—Que gracioso estás.— Contestaba ella torciendo los ojos para un lado.
Carlos abría el cuarto de baño.
—¡Ey! — Levantaba la voz Carlos de la sorpresa, Sabrina entró curiosa por saber qué pasaba. Los dos miraban en silencio la bañera, una bañera muy grande, con las toallas y los albornoces bien colocados en el borde, en el agua flotaban pétalos de rosas.
—Buen sitio para relajarnos después.— Comentaba Sabrina.
—¿Para relajarnos después de qué?— Preguntaba inocente Carlos.
—Ven, ven mi niño.— Le decía Sabrina mientras estiraba de él sujetándolo por un brazo.
Lo llevó hasta los pies de la cama, uno frente al otro, ella se quitó la blusa, a Carlos se le abrió el cielo y lo vio todo claro, él se quitó el polo, de la marca del reptil claro, ella se quitó las zapatillas, él la siguió. Carlos desde que Sabrina se quitó la blusa tenía los ojos fijos en sus tetas, en la forma de sus tetas tapadas por el sujetador, lo tenía loco. Ella se empezó a desabrochar el pantalón, él también, cuando se lo quitó, Carlos alucinó mientras él se quitaba el suyo, la vista se le iba al tanga, a juego con el sujetador, marcándole la rajita del chichi, la vista se le iba del tanga al sujetador y del sujetador al tanga, ella sonreía. Carlos se quitó sus pantalones, Sabrina, de un sutil vistazo vio la forma de la polla por encima de los calzoncillos, mientras sonreía suspiró levemente, gracias a Dios no tiene un micro pene, pensó ella, intentando no reírse al acordarse de sus pensamientos de la noche anterior.
Sabrina, se puso las manos por la espalda, sin demora se quitó el sujetador, cuando aparecieron aquellas tetas, Carlos se olvidó de todo, no pudo disimular lo que le gustaban, sus ojos fijos en ellas, esa boca medio abierta, con ganas de comérselas, Sabrina lo miraba y seguía sonriendo. Él se quitó los calzoncillos, ahí sí que captó el interés de Sabrina, el cuerpo ya se lo había visto en la piscina, y le gustaba, pero, lo de la polla, sin saber muy bien porque la tenía intrigada. Se tranquilizó rápidamente, ella calculó que para tenerla en reposo, el tamaño no estaba mal, tendría que investigar más. Sabrina acabó por quitarse el tanga, aquella rajita que se intuía por debajo de la ropa, apareció, Carlos le miró el coño sin reparos, descaradamente, parecía como si la punta de un labio interno quisiera salir, rompiendo de manera muy sensual, la armonía que sería tener el chocho totalmente cerrado, la sonrisa y alegría que se le notaba a Carlos en la cara le daba pistas a Sabrina de cuanto le gustaba su cuerpo, sobre todo el coño, que no paraba de mirárselo. Pero no era verdad, Carlos la miraba entera, esa carita mordiéndose el labio, que sexi era, esos hombros erguidos, esas tetas, por Dios, para que seguir hablando de ellas, de un tamaño que sin ser enormes tenían el tamaño justo, con sus pezones hermosos, que le apuntaban a él, esas caderas enormemente sensuales de formas perfectas, y esas piernas, unas piernas únicas según él.
Sabrina dio un paso hacia adelante, le besó los labios suavemente, como en sus primeros besos, jugando acariciándose los labios uno los del otro, él volvió a dar el paso, le metió la lengua en la boca, ella lo aceptó, las lenguas se retorcieron, se buscaron, se chuparon. Hasta que Sabrina se separó un poco, le miró a los ojos con la sonrisa que no había abandonado en ningún momento, se volvió a acercar, le miró la polla y se la agarró, pajeándolo lentamente.
Se extrañó Sabrina que no la tuviera tiesa del todo, en la piscina, cuando se morreaban, él tenía que esperarse un rato antes de salir para que se le pasara la erección. Estaba equivocada, a Carlos no le ponía palote el morreo, lo que le provocaba la erección, era pensar que le quitaba la braga del bikini y allí mismo, bajo el agua, le metía un pollazo que la empotraba contra la pared, esa era la verdadera razón.
Sabrina seguía masturbándolo, subiendo y bajando la mano por su polla, de vez en cuando se la apretaba. Carlos apoyó una mano en un muslo de Sabrina, tranquilamente, suavemente, la fue subiendo, ella, que de tonta no tenía un pelo, separó un poco los pies para facilitarle llegar a su objetivo. Y llegó, un dedo le recorrió el chichi de abajo hasta arriba a Sabrina, en la segunda pasada, profundizó, notando sus labios vaginales, notando su humedad, Sabrina se estaba poniendo cachonda, se daba cuenta Carlos por como se le estaba mojando el coño. Eso, también hacía que su polla creciera y que Sabrina lo notara.
Ella se sentó en el borde de la cama, sin decir nada, acariciando la cintura de Carlos, lo atrajo y lo colocó delante de ella, la polla le quedó justo a la altura que ella quería, se la volvió a agarrar, la pajeó un poco mirándole a los ojos y se la metió en la boca. Carlos cerró momentáneamente los ojos al verlo, ella con una mano le sujetaba la polla mientras se la chupaba, con la otra le apretaba el culo, él jadeaba, notaba los labios de Sabrina alrededor de su ciruelo, las pequeñas succiones lo estaban volviendo loco, la polla seguía creciendo. Lo notaba Sabrina dentro de su boca, se la sacó para mirarla, esta vez sí que estaba totalmente erecta, la miró mejor ¡Coño! Esto ha crecido bastante, fue lo primero que le vino a la cabeza, no era una polla descomunal, pero sí algo más grande de lo que ella había soñado. Pues sí que tiene una buena polla, pensó Sabrina.