Tal como quedaron, después de desayunar, se despidieron con unos besos y abrazos. Victor llegó a su casa, la puerta de la habitación de Sabrina estaba cerrada, señal de que estaba durmiendo como él esperaba. Se cambió y ordenó un poco por la casa. Preparó el desayuno y esperó que se levantara Sabrina.
La noche anterior, Sabrina había vuelto a salir con Carly y Daniel después de trabajar. Cuando se levantó tenía hambre, su padre la esperaba en el comedor, con el desayuno preparado encima de la mesa, lo miró con sus bonitos ojos claros y el pelo enmarañado. Que bonita es mi niña pensaba Victor, mirándola con una sonrisa.
—Buenos días cariño.— La saludaba ofreciéndole asiento.
—Buenos días ¿Qué te pasa que estás tan contento?— Preguntaba con voz de sueño Sabrina.
—Nada, nada.— Contestó su padre sirviéndole la leche en una taza.
—Y un poco de café por favor.— Le recuerda Sabrina, para que no le dejara la leche sola como cuando era pequeña.
—Claro, claro, café también para la señorita.— Reía Victor dejando caer un chorro de café llenándole la taza.
Sabrina le miraba a los ojos.
—Ya te has enterado ¿No?— Decía Sabrina segura de la respuesta.
—Ayer comí con Josh e Higinia, también estaba Carly…
—Que bocazas la tía, se podía estar calladita ¿Qué te dijo?— Preguntó Sabrina, preocupada de que le hubiera explicado la trifulca de la ruptura.
—Pues eso, que ya lo habéis dejado, o mejor dicho, que tú lo has dejado.
—Así es, se acabó, supongo que ya estarás contento.
—Mucho, no sabes cuanto ¿Es que no se me nota?
—Ya, ya…
—Además, hoy voy a comer con tus tíos.
—¡Buff¡ Más cotilleo.— Acabó diciendo Sabrina, se levantó y cogió un par de galletas para llevarse.
—Sabrina.— Buscó su atención Victor. Ella le miró.
—Sabes que acabamos de tener la conversación más larga en años.
Sabrina levantó las cejas pensando, mientras mordía una galleta.
—Que suerte has tenido eh.— Dio media vuelta y se dirigió a su habitación.
Victor reía, su hija era igual que él, cabezona como él, hasta que las cosas no salían como ellos querían seguían insistiendo.
Acabó de desayunar por segunda vez, recogió la mesa y fregó las tazas y platos. Sabrina se había vuelto a encerrar en su habitación, seguramente volvía a dormir. Victor tranquilamente se duchó y se vistió, tenía tiempo hasta la hora que había quedado con su hermano para almorzar. Sin nada más que hacer en su casa, salió a la calle, andó un poco y se encontró de cara con el letrero del ‘Bar Mariah’, volvió a pensar que ese nombre no tenía ninguna gracia, si él pasara por allí y viera ese nombre del bar, nunca le daría por entrar.
—Buenos días.— Le saludó la chica que ayudaba a Mariah.
—Buenos días de domingo.— Contestó Victor, sentándose en la barra como hacía habitualmente.
La chica le puso delante la cerveza sin preguntar. En ese momento apareció Mariah, saliendo del almacen, con una caja de cervezas que colocó encima de las neveras.
—Hombre ¿Qué tal?— Le saludó mientras metía botellines en la nevera.
—Pues ya ves, por aquí.
—Eso ya lo veo, es que no es muy normal verte los domingos.
—Voy a almorzar a la casa de mi hermano, es pronto y hago tiempo…
Inició con Mariah una conversación, sin pretensiones, para pasar el tiempo los dos.
Sabrina se enteró perfectamente cuando su padre cerró la puerta de la entrada al marcharse, estaba repasando algunos temas de la universidad sentada en la mesa de estudios. Se levantó y se estiró en la cama boca arriba, miraba el techo pensando si valía la pena buscarse un novio, ver a su amiga Carly como estaba con Daniel, le daba una envidia sana, siempre la veía contenta y alegre. Claro, que sabiendo que Daniel, hacía todo lo que ella le pedía no era para menos, además, es que no paraban de follar, a Carly se le notaba que estaba bien follada, vamos, se le notaba hasta en la cara. Pero, un novio ¿Qué novio? ¿El primero que se le pusiera por delante? No, eso no, ya lo hizo una vez con el zoquete y acabó fatal. Ella veía que muchos chicos se le acercaban, pero por un motivo u otro no le entraban por la vista.
Entonces pensó en Carlos, su compañero de clase, ese sí que le entraba por la vista, por la vista y por cualquier agujero que quisiera entrar, pensó ruborizándose. Con una sonrisilla se empezó a masajear las tetas por debajo del pijama. Lástima que con él no podré tener nunca ninguna relación, no me puedo fiar de chicos como él, pensaba Sabrina. Se agarró con las dos manos el pijama y las braguitas bajándoselo todo a los tobillos, cerró los ojos y las dos manos se le fueron al coño, con dos dedos de una se lo abría, con un dedo de la otra le daba vueltas al clítoris, resoplaba del gustillo que sentía ¿Cómo debía follar Carlos? Se preguntaba, se lo imaginaba desnudo, con una buena polla, tampoco demasiado grande, siempre le habían asustado aquellas pollas enormes que había visto en el porno, un buen tamaño pero sin pasarse, pensaba. En ese momento ya gemía levemente por el trabajo de sus dedos. En su sueño despierta, Carlos se acercaba a la cama, totalmente desnudo, ella lo esperaba con las piernas totalmente abiertas, enseñándole su intimidad dilatada y mojada, como la tenía en ese momento. Él la miraba con deseo, ella con la mirada descubría cada curva del cuerpo de Carlos, hasta que sus ojos se quedaron fijos mirándole la polla, erecta, muy tiesa, amenazadora de follarla con ganas. Carlos apolló una rodilla en medio de sus piernas, después la otra, bajó la cabeza y la besó, un beso apasionado, metiéndole la lengua en la boca, buscando la suya para acariciarla y chuparla, ella levantaba un poco la cabeza de la almoada sacando la lengua. Carlos levantó la cabeza mirándole a los ojos, Sabrina le agarró la polla, que dura la tenía, su mano no le daba para rodeársela, en realidad no tenía las manos muy grandes, se la pajeaba, que buen tamaño tiene, pensaba. Ella misma se la acercó a la entrada de su coño, totalmente mojado en esos momentos, de un golpe de cintura, rápido, duro y preciso la empaló hasta el fondo. Sabrina gritó de gusto, del placer de sentirse penetrada de un golpe, lo mismo que habían hecho dos de sus dedos, a la vez él le pellizcaba un pezón, lo que hacía su otra mano por debajo del pijama. Sabrina gritaba, gemía, movía el cuerpo de lado a lado, sus dedos no paraban de follarla duramente, sacándoselos hasta la punta y metiéndoselos, chocando contra su coño empapado, igual que imaginaba que se la estaba follando Carlos, sin contemplaciones, con movimientos bruscos de su culo, que subía y bajaba en medio de sus piernas extremadamente abiertas. Abrió los ojos de golpe, se le pusieron en blanco y se corrió, se corrió pensando que Carlos también lo hacía en ese momento, llenándole el coño de leche, una corrida larga y placentera que los dos tuvieron a la vez. Cuando Carlos se separó un chorrito de leche le salió del coño mojando la sabana.
Sabrina suspiró mirándo el techo, había que ver los buenos momentos que le hacía pasar su imaginación, se incorporó, se miró los dedos empapados, miró la sabana, descubriendo una pequeña manchita de sus propios flujos, no le extrañaba, se había mojado como pocas veces le pasaba masturbándose.
Se levantó, buscó en un cajón una toalla pequeña, se secó los dedos y el coño, tiró la toallita al suelo, ya la recogeré después, pensó, se subió el pantalón del pijama con las braguitas y se metió de nuevo en la cama, para dormir con una sonrisilla un rato más.
Victor, se acabó la cerveza, dejó el botellín encima de la barra y se despidió de su amiga Mariah y su empleada. Después se subió al coche y paró en una pastelería, antes de llegar a la casa de su hermano.
Vero, sobrina de Victor, le abrió la puerta.
—Hola tío Victor, hacía tiempo que no te veía.
—Por que siempre estás por ahí cuando vengo a esta casa cariño ¿Cómo estás? Aparte de guapísima, que eso ya lo veo.— Le decía su tío mientras entraban los dos en la casa.
—Estoy bien tío ¿Y tú?
—Bien… bien.
—¿Y mi prima Sabrina?
—También está bien, trabajando los fines de semana, ya sabes.
—A veces voy al bar en el que trabaja.
—¿Ah sí?
—Algunas veces, últimamente no he ido mucho la verdad.