—Está muy decaída, muy flojita, pero no podemos compadecernos, tenemos que animarla, darle fuerzas y que se espabile joder.
—¡Higinia! No te he oído nunca palabrotas como esa.
—Porque no me has oído hablar con ella, creo que he dicho más tacos esta noche que en toda mi vida, me ha puesto muy nerviosa verla así. Voy a hacer la cena, a ver si me tranquilizó un poco.
Higinia se metió en la cocina, su marido volvió a beber de la cerveza pensando. Al rato apareció Carly, recién duchada, en chándal, con los ojos hinchados y rojos, no podía disimular haber llorado tanto. Su padre se levantó, se acercó a ella y la abrazó, un abrazo fuerte, de oso, de los que tranquilizan.
—Ven, siéntate conmigo.— Le decía mientras le pasaba un brazo por la espalda acompañándola al sofá, Higinia desde la cocina ponía atención para enterarse de lo que hablaran. Una vez sentados.
—¿Estás mejor cariño?
—Sí.
—¿Quieres decirme algo?
—Ya se lo he dicho todo a la mama, no me hagas repetirlo por favor.
—Vale ¿Te has equivocado?
A Carly se le volvieron a poner los ojos vidriosos.
—Mucho papá, no puedes imaginarte cuanto.— Su madre desde la cocina hizo una mueca, no quería que Carly volviera a llorar.
—Todos nos equivocamos mi vida, todos, sino no seriamos humanos, lo importante es saber rectificar, intentar hacer bien lo que en otro momento se hizo mal. No sé si me explico.
Higinia hacía otra mueca, moviendo la cabeza, esta vez de aprobación.
—Te explicas perfectamente papá.
—Yo me he equivocado muchas veces con tu madre, y he tenido que rectificar, ya sabes qué carácter tiene.
—¡Oye niño! A que salgo y te pego un pucherazo.— Levantaba la voz Higinia desde la cocina.
—Lo ves.— Confirmaba Josh a su hija, mientras levantaba la cerveza para beber.
Carly reía. Había conseguido que se riera, eso hizo sonreír a Josh, guiñándole un ojo a su hija. Higinia en la cocina también reía, contenta de haber hecho reaccionar a Carly.
Sabrina cenaba con su padre, habían comentado varias cosas sobre el último proyecto en el que estaba trabajando.
—¿Cómo está Daniel?— Preguntó Victor.
—Hace un par de días que no lo veo, supongo que mal, Carly le ha hecho mucho daño.
—¿Y a ti? ¿También te lo ha hecho?
—También, a mí también, hace mucho que no sé nada de ella, y por lo que veo no tiene ninguna intención de decirme nada. Está como desaparecida ¿Josh te ha dicho algo?
—No, ellos creen que ha sido una pelea de enamorados con Daniel.
—Pues vamos bien, estoy muy preocupada por ella papá.
—Si realmente es amiga tuya, en algún momento se pondrá en contacto contigo.
Sabrina miró a su padre, con una expresión como diciendo, claro que es amiga mía, más que una amiga, pero no creo que me diga nada. Retiraron todo lo de la mesa y organizaron un poco la cocina antes de sentarse. Victor cambiaba canales en la televisión buscando algo para ver, a Sabrina le sonó un aviso de llegada de mensaje al móvil, lo miró con desgana. De pronto, abrió los ojos y la boca, su padre la miró extrañado por su reacción, le enseñó el teléfono, había un mensaje, era de Carly. Sabrina se levantó rápidamente dirigiéndose a su habitación, Victor sonreía, sabía que en algún momento Carly reaccionaría, sin saber lo que pasaba.
Sabrina, sentada en su cama abría el mensaje.
—Hola.— Un escueto y tímido ‘Hola’, es todo lo que le había escrito Carly.
—Hola Carly ¿Cómo estás? ¿Quieres que te llame y hablamos en directo?
—No, mejor hablamos por aquí.— Carly sabía, que si oía la voz de Sabrina explotaría en un llanto.
—Vale, como tú quieras ¿Qué haces?
—Lo siento mucho Sabrina, me he comportado contigo como una cabrona, y tú todavía me contestas.
—Claro que te contesto, eres mi amiga, mi mejor amiga, yo solo quería saber de ti, como te iban las cosas, lo que hemos hecho siempre.
Carly escribía cayéndole las lágrimas encima del teléfono, no se sentía merecedora de que Sabrina la tratara tan bien, tal vez hubiera entendido mejor que la enviara a la mierda, lo que ella pensaba que pasaría.
—Las cosas no van Sabrina, ahora mismo no va nada en mi vida, por mi culpa lo sé, no he podido ser más inútil, he perdido las personas que más quería por culpa de un retrasado mental.
—A mí no me has perdido Carly, nunca me perderás, tenemos que vernos, mañana quedamos en la facultad, después tomamos algo y me explicas cosas.
—No, no quiero salir de casa.
—Pues iré a tú casa mañana, a primera hora.
—Tú tienes clases, no tienes porque perdértelas por mi culpa.
—¿Todavía no te has dado cuenta? Tú, eres más importante que las clases o la carrera.
—Vale, hasta mañana.— También escueta despedida, pensó Sabrina.
Carly dejó el teléfono encima de la mesita, se dejó caer en la cama llorando como una desesperada, el sentimiento de culpa se la comía. A Sabrina también le cayó una lagrimilla, intuía que Carly ya se había pegado la hostia que ella pronosticaba.