Prólogo
Inglaterra, 1815.
El repiquetear de las ruedas del carruaje contra las toscas piedras de las calles era el único sonido que se escuchaba en las frías calles de Londres. Dentro del carruaje, el mayordomo de un gran duque se removía incómodo en su asiento, miró sobre su hombro y su estómago se agitó nerviosamente al contemplar al bebé recién nacido que yacía débil y enfermizo en una canasta de mimbre.
«Es un bebé maldito, deshazte de él, no importa lo que tengas que hacer» Las indicaciones del duque eran claras.Poco importaba que era su sangre, poco importaba que era su primogénito, el duque lo quería muerto.
Hacía tan solo unas horas, la duquesa había dado a luz a dos gemelos idénticos y todo parecía indicar que su excelencia al fin perpetuaría su linaje como tanto había deseado. Sin embargo, la partera que había atendido el nacimiento se espantó al comprobar que el primer bebé había nacido con seis dedos en uno de sus pies y con los ojos totalmente abiertos, sin rastros de sangre en el cordón umbilical. Inmediatamente aquella partera había huido espantada diciendo que la maldición en efecto, se había hecho realidad.
El duque había contemplado la escena con una serenidad solemne, pocas cosas lo asustaban, había servido en el ejército de su majestad y había visto montones de cadáveres apilados en el campo de batalla. Pese a las circunstancias cualquier hombre con sangre en las venas hubiese temblado de miedo, pero lo único que sintió el duque fue rabia, rabia al comprobar que la mugrienta gitana romaní no mentía y lo había maldecido.
Cuando encontró a la gitana en su propiedad un año antes cazando animales; la había echado como un perro. No tuvo piedad ni vergüenza y delante de sus invitados de caza, la sujeto por el cabello y la arrastró. Fue una pelea de cuerpo a cuerpo, pero la bruja se defendió, lo escupió y le arrancó un pedazo de cabello diciéndole unas palabras en romaní que no entendió, pero lo que si entendió, fue cuando aquella bruja se rio siniestramente y le conjuró con un acento muy marcado que su descendencia estaría maldita para siempre. La reacción de su excelencia ante aquella maldición fue predecible. Se rio, se rio tan alto que sus invitados no dudaron en unírsele también, nunca en su vida había escuchado algo tan disparatado y aunque el acento y el tono solemne de la bruja era sin lugar a dudas macabro, el duque no sintió ningún miedo, ni ningún temor por el presagio y disculpándose con sus invitados por el bochornoso incidente, tomó a la gitana de nuevo por el cabello y la terminó de echar de su propiedad. Pero ahora, contemplando los ojos totalmente abiertos, sin parpadear y azulosos de su primogénito, un ligero estremecimiento parecido al temor le había recorrido el cuerpo.
¿Qué clase de brujería era aquella?
¿Era real la maldición? ¿Aquel bebé traería la desgracia a su linaje?
No queriendo saber las respuestas a aquellas preguntas, el duque elaboró un intrincado plan. Tomar la decisión fue fácil; lady Sofía se había desmayado por el cansancio y él aprovecharía su estado para deshacerse de aquel bebé, no arriesgaba nada, el otro bebé había nacido sano y sin ninguna deformación en sus pies, había nacido perfecto, él sería su heredero y el otro pronto yacería bajo tierra. Nadie sabría nunca que la duquesa había tenido gemelos y mucho menos uno maldito. Con cuidado tomó al bebé en brazos y este le había mirado directamente, aquellos ojos redondos lo determinaron un segundo y el duque sintió un golpe seco en el estómago, el color de sus ojos eran aterradores; lo envolvió sin mirarlo y lo metió en una canastilla y se lo entrego al único hombre en el que confiaba.
...
El bebé se removió incómodo en la canastilla de mimbre, el mayordomo había recibido órdenes explícita de deshacerse de él, pero no podía, no podía cometer tal aberrante pecado, el peso de su conciencia no lo soportaría. Su familia había servido con orgullo por generaciones a la familia del duque pero no contemplaba la idea de arrebatarle la vida a un recién nacido, ni aunque su amo se lo pidiera. Una llovía torrencial se sobrevino arremetiendo contra el carruaje, éste se balanceo peligrosamente agitando todo dentro. Sin embargo, el pobre bebé no lloraba ni gimoteaba, no emitía ningún sonido en absoluto. Se notaba que no sobreviviría mucho tiempo, había nacido muy frágil y necesitaba una nodriza con urgencia. En el exterior, tronó con violencia y el sonido del viento amenazaba con volver la lluvia una tormenta, pronto se inundarían todas las calles y solo quedarían ratas flotando. Cuándo el cochero le advirtió al mayordomo que la llovía empeoraría y que necesitaban irse rápido, el mayordomo de su señoría entró en pánico, poso su mirada con urgencia a través del hilo de la lluvia y visualizó una iglesia de piedra situada al final de la calle, era como si el señor hubiese escuchado sus plegarias, inmediatamente le pidió al cochero que parara en la iglesia y tomo la canastilla del bebé. Con la rapidez de un zorro y con la lluvia golpeando sus omóplatos, se bajó del carruaje y dejo la canasta en las puertas de la iglesia tocando fuertemente, se apresuró a regresar al carruaje no sin antes mirar por última vez al heredero del ducado de Saint Clear sintiendo pena, verdadera pena por él, había nacido en una de las familias más poderosas y de mejor estirpe de Inglaterra y sin embargo, su vida se había visto manchado por la desgracia. Le rogó al señor que tuviera una muerte misericordiosa o por lo menos apacible para que así él pudiese alivianar su ya manchada consciencia. El mayordomo entro al carruaje y dio dos golpes al techo indicándole así al cochero que ya podían irse, no se atrevió a mirar hacia atrás ni una sola vez y cuando la Iglesia ya no se veía en el horizonte, susurró para sí mismo apesadumbrado.
«¿Qué he hecho?»