La habitación olía a un olor dulzoso y a láudano, Dalia reconoció el olor porque cuando su hermano tenía trece años se había roto el brazo y el médico le había recetado láudano para el dolor. Tomo la mano del marqués entre sus dedos y la apretó cuando vio un bulto inerte en la cama, la habitación estaba algo oscura pero aun así Dalia pudo distinguir el rostro pálido de un hombre recostado sobre la cama. Cuando ambos se acercaron, el hombre en cuestión abrió los ojos, Dalia pudo ver que a pesar de la palidez de su tez, era realmente atractivo, con un mentón afilado y unos preciosos ojos marrones que daba la seguridad de que debía ser todo un conquistador, tenía el cabello tan corto que Dalia no pudo evitar admirar la forma de su cabeza, era perfecta. — ¿Trajiste un sacerdote para que me dé

