Londres, 1820. —¡No vas a salir de ahí mierdecilla hasta que hayas limpiado toda la maldita chimenea! Arian se encogió ante el tono hosco que había utilizado aquel hombre, sabía que si no limpiaba bien no le daría dos chelines que le había prometido. Recargó su pequeña espalda sobre la fría pared de la chimenea y se apoyó contras las rodillas y los codos para frotar duro con el cepillo limpiador el hollín pegado contra las paredes de la chimenea, el movimiento hizo que sus pequeñas rodillas ardieran pero el dolor de estómago por el hambre dolía más. Tenía cuatro días sin comer desde que había escapado de la iglesia, pero se negaba a robar pues era pecado, pero el hambre no daba tregua y aquel señor le había dicho que solo tenía que entrar en esta chimenea y limpiar. Sin embargo, Arian no

