Ella no lo miró. Ares reprimió el impulso de zarandearla por los hombros para que volviera a mirarlo, pero no lo hizo, ni siquiera había dicho una palabra de despedida. No le sorprendió, no después de lo que le dijo. Observó el carruaje irse y apretó el puño de su mano en un intento por no echarse a correr detrás de él y arrancarle de sus labios, la promesa de que no volvería a poner un pie en este barrio, de que no volvería a ponerse en peligro de nuevo. Ares revivió el momento exacto en el que sus labios habían conectado, y volvió a sentir el mismo estremecimiento que lo había recorrido de pies a cabeza. No se explicaba qué se le había metido en la sangre para haber besado a lady Dalia de la manera en que lo hizo, cómo es que su autocontrol había flaqueado de tal manera que no le impor

