Diana siempre había creído que su talento y preparación la llevarían lejos. Su título universitario y las recomendaciones de sus profesores parecían prometerle un futuro brillante. Había trabajado duro para tener una oportunidad de hacer una diferencia, y aunque todos sus sueños se habían desmoronado tras el accidente, aún tenía la esperanza de encontrar un camino.
Al principio, pensó que conseguir un empleo en su pequeña ciudad sería sencillo. Había dedicado días enteros a enviar currículums, redactando cartas de presentación cuidadosas, esperando que alguna empresa reconociera su potencial. Cada vez que revisaba su correo electrónico o respondía el teléfono, esperaba recibir una oferta que cambiara su situación.
Pero las semanas pasaban, y nada llegaba.
A medida que los días se convertían en semanas, y el optimismo que había albergado se desvanecía, la realidad comenzó a golpear con más fuerza. Las respuestas que recibía eran vagas, o peores aún, no llegaba ninguna respuesta en absoluto. Muchas empresas locales preferían experiencia sobre títulos, y la economía en la pequeña ciudad no ofrecía muchas oportunidades para alguien recién graduado como Diana. El mundo que había soñado estaba mucho más allá de su alcance ahora.
Diana empezó a sentir el peso del fracaso. Las facturas seguían acumulándose, y su hermana Valentina necesitaba más cuidados de los que ella podía permitirse. Incluso con la enfermera que la visitaba regularmente, el costo de los medicamentos y la atención médica la abrumaba. Pronto se dio cuenta de que necesitaba un ingreso, cualquier ingreso, para evitar que la situación empeorara aún más.
Fue entonces cuando, casi por desesperación, aceptó un trabajo como repartidora de comida a domicilio. Era lo último que hubiera imaginado para sí misma. Montada en una bicicleta, recorriendo las calles de su ciudad bajo el sol abrasador o la lluvia, entregando comidas a extraños. No era glamuroso, ni era el tipo de trabajo que alguna vez soñó tener, pero al menos le permitía tener un salario, por muy pequeño que fuera.
La primera semana en el trabajo fue especialmente dura. Los largos trayectos, las pocas propinas, y el agotamiento físico comenzaron a pasarle factura. Pero lo peor no era el esfuerzo físico, sino el golpe emocional. Cada vez que dejaba una entrega, no podía evitar pensar en todo lo que había perdido, en cómo su vida había cambiado de manera tan drástica. A veces, mientras esperaba un nuevo pedido en alguna esquina de la ciudad, recordaba los días en los que estudiaba en la universidad, los sueños que tenía de cambiar el mundo, de trabajar en algo significativo, y se le formaba un nudo en la garganta.
Una noche, después de una jornada particularmente agotadora, Diana llegó a casa y encontró a Valentina dormida en el sofá, con la enfermera ajustando el equipo médico. La imagen de su hermana, tan vulnerable y dependiente, le recordó por qué seguía luchando. No podía rendirse, no cuando Valentina la necesitaba tanto.
Se dejó caer en una silla, mirando a la enfermera con gratitud, pero también con una sensación de derrota.
—Sé que esto no es lo que esperabas, Diana —dijo la enfermera suavemente, notando el agotamiento en su rostro—. Pero lo estás haciendo bien. Cualquier otra persona se habría quebrado hace mucho tiempo.
Diana esbozó una pequeña sonrisa, aunque por dentro sentía que estaba al borde del colapso.
—Solo estoy intentando mantenernos a flote —respondió en un susurro—. Pero a veces siento que no puedo más.
La enfermera se inclinó y le tocó suavemente el hombro.
—Eres más fuerte de lo que crees, Diana. Solo necesitas encontrar tu ritmo. No será fácil, pero lo lograrás.
Después de que la enfermera se fue, Diana se quedó sentada en la oscuridad por un largo rato, escuchando el suave zumbido de la máquina que ayudaba a Valentina a respirar. Aunque sentía que el mundo la aplastaba, sabía que no tenía otra opción que seguir adelante. Este trabajo no era lo que había imaginado para sí misma, pero era lo único que tenía por ahora. Cada pequeño ingreso que lograba, cada billete que sumaba, era un paso hacia mantener a su hermana a salvo y mantener el hogar que tanto necesitaban.
Así que, con los primeros rayos del sol al día siguiente, se subió a su bicicleta, ajustó la mochila con los pedidos y se preparó para otra jornada. Mientras pedaleaba por las calles de la ciudad, sintió que, aunque no estaba donde quería estar, seguía en movimiento. No sabía cuándo, pero algún día encontraría una manera de salir adelante.
Por ahora, lo único que podía hacer era pedalear más fuerte y seguir avanzando.