Las desgracias nunca vienen solas

980 Words
Las semanas que siguieron al accidente fueron una mezcla caótica de dolor, agotamiento y lucha. Valentina había sido dada de alta del hospital, aunque no sin una serie de complicaciones. Su respiración seguía siendo frágil, y una enfermera visitaba la casa diariamente para asegurarse de que el tratamiento fuera el adecuado. Diana se había convertido en la cuidadora de su hermana, dejándolo todo atrás: sus sueños, sus ambiciones, y cualquier idea de un futuro propio. Todo lo que importaba ahora era Valentina. Sin embargo, las dificultades no se detenían ahí. Una tarde, tras haber dejado a Valentina en la cama descansando, Diana se dirigió al despacho de su abogado, el encargado de gestionar la herencia y las finanzas que sus padres habían dejado. Aún no entendía del todo lo que iba a enfrentar, pero algo dentro de ella ya intuía que las noticias no serían buenas. Al entrar en la oficina, el abogado, un hombre serio de mediana edad llamado Ricardo Torres, la recibió con una expresión sombría, como si ya anticipara el golpe que estaba a punto de darle. —Gracias por venir, Diana —comenzó, haciendo un gesto para que se sentara—. He estado revisando todos los documentos de tus padres, y me temo que la situación es más grave de lo que inicialmente pensábamos. Diana se inclinó hacia adelante, sintiendo que el peso del mundo volvía a caer sobre sus hombros. Ya estaba agotada, pero ahora el simple acto de sentarse frente a aquel hombre parecía una tarea monumental. —¿Qué sucede? —preguntó, aunque ya sentía una opresión en el pecho—. ¿Qué tan grave es? Ricardo tomó un suspiro profundo antes de hablar. —Tus padres pidieron un préstamo considerable hace unos años para poder cubrir tus estudios universitarios. Querían que tuvieras la mejor educación posible y, por lo que veo, lo lograron. Sin embargo, lo que no sabías es que pusieron la casa como garantía de ese préstamo. Diana sintió que el suelo bajo sus pies volvía a tambalearse. —¿La casa? —repitió con incredulidad—. ¿Me está diciendo que podría perder la casa? —Me temo que sí, Diana —respondió Ricardo—. El préstamo aún no está completamente saldado, y ahora, sin los ingresos de tus padres, se ha vuelto imposible pagarlo. Las facturas médicas de Valentina se están acumulando, y aunque la herencia de tus padres cubre algunas de las deudas, no es suficiente para salvar la casa y cubrir todos los gastos médicos a la vez. El golpe fue brutal. No solo había perdido a sus padres, a su pareja y su futuro profesional, sino que ahora también podría perder el único lugar que le quedaba, el hogar en el que Valentina y ella habían crecido. Diana sentía que todo lo que había dado por seguro estaba derrumbándose a su alrededor. —¿Qué puedo hacer? —preguntó en voz baja, casi derrotada. Ricardo la miró con simpatía, pero no tenía muchas respuestas. —He hablado con el banco, y podría haber opciones de refinanciamiento, pero, dadas las circunstancias, es una solución a corto plazo. Lo más importante es conseguir ingresos rápidamente, algo que, con Valentina en casa y las facturas acumulándose, será difícil. Necesitas ayuda. Diana asintió, pero en su interior sabía que no había nadie a quien recurrir. Desde el accidente, la mayoría de sus amigos habían desaparecido. Las llamadas de apoyo se habían vuelto menos frecuentes hasta que, un día, simplemente dejaron de llegar. Las palabras de aliento en r************* no se traducían en manos dispuestas a ayudar. Y lo que más le dolía: Álex, la persona en la que más había confiado, la había traicionado en el momento en que más lo necesitaba. La única persona que seguía a su lado era su tía Angélica, una mujer mayor y bondadosa que la visitaba cada semana para asegurarse de que Diana y Valentina estuvieran bien. Sin embargo, Angélica era mayor y vivía de su modesta pensión, por lo que no podía ofrecer más que su compañía y algunos consejos prácticos. Esa noche, después de regresar a casa con la noticia del abogado pesando sobre ella como una losa, Diana se sentó junto a la ventana, observando la ciudad. Sentía que el futuro que una vez había planeado con tanto detalle se esfumaba ante sus ojos. Había soñado con una carrera brillante, con viajes y éxito. Pero ahora, cada día era una lucha por sobrevivir. Valentina dormía tranquilamente en la habitación contigua, y el sonido constante del respirador artificial que la ayudaba a respirar llenaba el silencio de la casa. Diana observaba el aparato, consciente de que cada máquina, cada medicamento, era una factura más que no sabía cómo pagar. De repente, sintió que el teléfono vibraba en su bolsillo. Era un mensaje de su tía Angélica. "Estoy aquí para lo que necesites, sobrina. Sé que las cosas son difíciles, pero no estás sola." Diana leyó esas palabras una y otra vez, permitiendo que, aunque solo fuera por un instante, un pequeño rayo de esperanza iluminara su oscuridad. No tenía soluciones inmediatas. El peso de las deudas, el cuidado de Valentina, y la traición de Álex seguían aplastándola. Pero sabía que, al menos, no estaba completamente sola. Miró la casa que una vez fue un lugar lleno de risas y amor. Ahora, estaba rodeada de sombras y recuerdos dolorosos. Pero aunque todo parecía perdido, una pequeña parte de ella, una chispa de su carácter luchador, se negaba a rendirse. Diana respiró hondo y se dijo a sí misma: "Encontraré una manera." Tal vez no sabía cómo, tal vez no sabía a quién acudir, pero su vida no había terminado. Valentina la necesitaba, y por ella, por su hermana, seguiría adelante. Haría lo que fuera necesario para proteger lo único que aún quedaba: su hogar y su familia.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD