Clara tragó saliva. Sabía que ese reconocimiento era un aviso claro: Roberto no solo recibía apoyo, estaba construyendo un ejército invisible, una fuerza que movía piezas en la oscuridad, y ella era un blanco marcado. Lo que quedaba claro era que la lealtad, hasta ahora, era una puta tela de araña, y no sabía si ella sería la mosca o la araña. Cuando salió de esa sala, el sudor frío la recorrió. No por miedo, sino porque sabía que el puto juego había cambiado. La ciudad no la había tragado todavía, pero la estaba rapando, desangrando a cada paso. Llegó a su departamento y, maldita sea, no pudo evitar encender otro cigarrillo. Mientras las brasas se consumían lentamente, sus pensamientos eran claros: —“La lealtad no es ni puta ni santa. Es un contrato con mierda debajo. Pero si voy a jug

