La madrugada en Vértice era una puta mierda para cualquiera que no tuviese la cabeza asentada sobre una bolsa de cemento. Pero para Damián, la noche era peor que eso: una condena a no cerrar los ojos, una tortura que le carcomía el pecho como si ahí tuviera un incendio sin piedad. Se sentó en el borde de la cama, la luz azulada del celular iluminándole el rostro maltrecho y marcado por los días sin descanso. El mensaje de Sofía seguía ahí, clavado en la pantalla, como una advertencia de que el desastre apenas comenzaba. Pero esta vez, no eran solo las amenazas externas las que jodían su tranquilidad. No, esta vez la mierda venía de adentro. —¿Qué carajos estoy haciendo? —se preguntó en voz baja, la voz rota por el cansancio y la desesperación. Su mirada se perdió en el techo, donde la

