El sol apenas había comenzado a asomar sobre la ciudad cuando Damián entró a la sala de juntas. El aire denso y la luz fría de las pantallas lo recibieron sin piedad, como si el maldito universo quisiera recordarle que aquí no se perdonaba ni un solo puto error. Frente a él, un grupo variopinto de ejecutivos y estudiantes de negocios, con cara de apostar a que su fracaso era inevitable, esperaban ansiosos la caída del que había sido uno de los titanes del poder en la ciudad. —Bueno, cabrones —dijo Damián con voz ronca que delataba noches sin dormir y litros de café en la garganta—. Aquí tienen el puto caso que los tiene cagados: mi familia, mi empresa, todas las mierdas juntas en un fregadero al que nadie quiere agarrar. Un tipo al frente, con la mirada desafiante, levantó la mano:

