La vida estaba llena de lecciones. Creo que algún profesor me dijo eso una vez. Siempre aprendías,
incluso hasta el momento en que morías.
—Por supuesto, Stanislav —sonreí, charlando por teléfono con el jefe de la familia Volkov.
Claramente había subestimado a Polina. Era un regalo envuelto de forma engañosa. Cada capa que
descubría solo hacía que la deseara más.
Su aliento había estado caliente sobre mis labios, y el último resto de mi paciencia imperfecta casi
se deshilachó por el esfuerzo que me costó no girarnos y estrellarla contra la mesa.
Sobre todo cuando dijo que sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Lo sabía.
Y había dejado claro que podía tenerlo si así lo deseaba. Me reí para mis adentros.
Porque podía. Yo ya estaba al límite de cuánta tentación era capaz de resistir. Si entrara ahora
mismo en mi despacho y exigiera que me la follara, Dios sabía que la tendría contra la pared antes
de que terminara la maldita frase.
—Te estás riendo, inesperadamente feliz para alguien rodeado de montañas de problemas.
Era casi incorrecto tener los pensamientos que tenía sobre su hija cuando apenas estábamos
formando algo parecido a una amistad.
Casi.
—Precisamente por eso. Las pequeñas victorias hay que disfrutarlas, ¿no? Acabas de resolver uno
de mis problemas.
Stanislav también rio.
—Estoy completamente de acuerdo. Eres un hombre muy persuasivo.
—Me han acusado de eso en más de una ocasión.
Polina había sido clara en que no podría volver a hacer la mierda que había hecho antes, así que
solo había una solución.
Stanislav Volkov.
Aquella mirada decidida había sido cautivadora, pero había muy poco que ella pudiera hacer contra
su padre.
Pulsé el interfono para llamar a mi secretaria.
—Consigue un ramo de rosas blancas para Polina Volkov en Level dentro de… —miré el
reloj— una hora. La invito a almorzar, como un intento de apaciguarla. Asegúrate de
mencionarlo en la tarjeta.
—Sí, señor.
Había muchas cosas que me gustaban de formar parte de una de las familias criminales de Nueva
York, muchas. Ahora, conocer a Polina Volkov era una de ellas.
Tengo treinta y tres años, estoy lejos de ser un niño, pero casi me sentía eufórico de anticipación.
Qué llevaría puesto, su aroma, todas las expresiones que haría.
Sus ojos de acero.
Ni siquiera pensé que pudiera no venir. No ella. Los desafíos no la intimidaban y, además, estaba
seguro de que estaría furiosa después de reunirse con Stanislav.
Probablemente vendría más a iniciar una pelea que a ser apaciguada.
Aun así, no podía llegar al restaurante lo bastante rápido.
La mesa que reservé para dos era muy privada. Este era el mejor lugar para una posible
confrontación.
Polina llegó apenas unos minutos después de que yo me sentara, con un vestido rosa clásico que
realzaba su figura. No había sonrisa provocadora ni brillo astuto en sus ojos. Solo aquella aura
ferozmente sensual.
Sí, estaba furiosa.
Como caballero, hice ademán de levantarme para apartarle la silla.
—Si te levantas, te cruzo la cara de un golpe.
Me detuve, luché contra una sonrisa y volví a sentarme, señalando su asiento.
—Entonces, adelante. Me alegra que hayas decidido venir.
Se sentó en silencio y pidió cuando el camarero se acercó. No se dijo ni una palabra, y decidí no
intentar iniciar conversación, al menos hasta después de comer.
—Veo que te reuniste con mi padre —dijo, clavando el cuchillo con violencia en su pollo.
Alargué la mano hacia mi copa de champán.
—Lo hice. Tu padre es un hombre muy agradable, ¿sabes? Creo que empieza a caerme bien.
Sus ojos se alzaron hacia los míos con actitud depredadora.
—Fuiste a mis espaldas.
—Incorrecto. Vi una laguna legal y la usé a mi favor. El terreno vuelve a ser mío, no utilicé ningún
medio turbio, y sé que esta vez recuperaste hasta el último centavo.
Con suavidad, dejó los cubiertos.
—Tu intento de apaciguarme es una completa estupidez.
—Solo porque insistes en hacerlo así. Tenía una serie de eventos perfectamente planeados para ti.
—¿Ah, sí? ¿Un almuerzo patético en este comedor privado y luego qué? ¿Sexo caliente, demoledor,
sobre esta inútil mesa de roble?
—Pensaba contra la pared —dije, recostándome en la silla—, pero si prefieres sobre la mesa, se
pueden hacer ajustes sin problema.
Algo que podría implicar lamer una botella de vino sobre su cuerpo. Me pregunté cómo se verían
esos ojos cuando suplicara por más.
Polina me fulminó con la mirada durante un momento, como si intentara leer mis pensamientos, y la
habitación se calentó pese al aire acondicionado. Podía ver cómo el calor se acumulaba en sus ojos.
—Odio cómo me has superado una y otra vez —admitió, y juré que debí de oír ángeles tocando
trompetas.
Su confesión hizo que me acomodara en la silla, por comodidad.
Me aclaré la garganta porque, joder, ahora la quería sobre la mesa, contra la pared, bajo el sol.
En mi cama.
Tuve que vaciar la copa y respirar.
Quizá una sala privada con esta mujer no era el mejor lugar para una reunión, no cuando pretendía
conservar la cabeza fría durante todo el encuentro.
—No voy a rechazar la invitación.
—¿Qué invitación?
—Pero tenemos asuntos más urgentes que discutir.
Volví a acomodarme, y ella notó el movimiento. La tensión en sus hombros se relajó y sus labios
carnosos se curvaron en una sonrisa provocadora.
—Claro —dijo, retomando los cubiertos y continuando con su almuerzo.
—¿Tu padre te habló de Makarov?
—¿La familia criminal de trata de personas que intenta hacer algo? Puede que lo mencionara de
pasada. Es un problema que tengo toda la intención de manejar.
—¿Manejar cómo? —No pude evitar que mis ojos se entornaran. La impulsividad corría por las
venas de Polina, no la sangre, y no quería que se metiera con los Makarov’s. Sobre todo cuando tenía la
corazonada de que intentaría hacerlo sola.
—Manejarlo de una forma que no te concierne en absoluto, Milani. No estoy en el negocio de
revelar mis planes a competidores.
—Polina, no somos enemigos.
—Tampoco somos aliados —dejó los cubiertos y se secó las comisuras de los labios con la
servilleta.
Inspiré hondo.
—Sea lo que sea que estés pensando, lo desaconsejo.
Me observó en silencio y se inclinó hacia delante sobre la mesa.
—Entonces supongo que es una feliz coincidencia que no necesite tu opinión, ¿no?
Su voz descendió, baja y sensual, empujando la sangre por mis venas.
Sus ojos depredadores estaban fijos en mí, así que no me acomodé aunque el pantalón me quedaba
peligrosamente ajustado.
—¿Qué? —preguntó con una sonrisa provocadora—. ¿No vas a acomodarte? Estoy segura de que
tus pantalones deben de estar bastante incómodos ahora mismo.
La comisura de mis labios se estremeció, y me incliné hacia delante sobre la mesa.
—¿Qué te hace suponer eso?
Se rio suavemente.
—Mírame, Donato —dijo, poniéndose de pie despacio, permitiéndome apreciar cómo el vestido
abrazaba sus curvas. Maldita mujer, tragué saliva—. Me sorprende que aún te quedara suficiente
sangre en el cerebro para intentar influir en mi decisión.
Exhalé, reí y me recosté en la silla, disfrutando simplemente de la erección que me estaba
provocando.
—No sabes lo que estás poniendo a prueba.
—Por favor. Ya que he almorzado, me marcharé, si no hay nada más que estemos haciendo aquí
—dijo lo último con una mirada que me hizo querer levantarme y…
Me reí.
—Créeme, Polina, hay muchas… muchísimas cosas que me gustaría hacer aquí —ya podía saborear
el vino que lamería de su piel—. Si me levanto, te tendría contra esa pared detrás de ti más rápido
de lo que imaginas.
Una de sus cejas perfectamente arqueadas se alzó, inquisitiva.
—Entonces, ¿por qué sigues sentado ahí?
Eso rompió mi último hilo de decencia. Fiel a mi palabra, la tenía contra la pared en un latido,
nuestras bocas chocaron, lenguas azotándose, el aliento caliente mezclándose.
Mis manos sujetaron su cintura mientras la presionaba con más fuerza contra la pared, y sus brazos
se enroscaron alrededor de mi cuello, los dedos hundiéndose en mi cabello.
Joder. Gemí cuando alzó una pierna hasta mi cadera y bajé la mano para sujetarla y mantenerla en
alto.
Luego empecé a mecerme contra ella mientras deslizaba besos por su garganta.
Polina soltó una risa ahogada.
—No vas despacio, ¿verdad? —me acusó, pero gimió cuando mi otra mano descendió para
agarrarle el trasero.
Mierda. Estaba tan excitado, empujando con fuerza contra ella, sus jadeos calientes
cosquilleándome la oreja.
Íbamos rápido, duro, y…
El teléfono de Polina empezó a sonar.
Gruñí contra su cuello, y ella también gimió. Lentamente, mientras el teléfono seguía sonando, nos
separamos. Tuvo que apoyar una mano en mi pecho un segundo para poder mantenerse en pie, y no
pude evitar la sonrisa torcida que se dibujó en mis labios.
—¿Sí? —respondió, mientras yo me pasaba las manos por el cabello. Al menos no era el único
frustrado.
Entonces sus ojos se abrieron de par en par, y me quedé inmóvil.
—¿Qué? ¡Llegaré en unos minutos! —agarró su bolso y estaba a punto de salir corriendo, pero yo le
tomé la mano, la confusión evidente en mi rostro.
—¿Qué pasó?
Polina se zafó y salió a toda prisa.
—Pregúntales a los malditos Makarov’s.