Se siente un poco surrealista que ahora tengamos un plan. Quiero decir, no es un plan que
vaya a ponerse en marcha pronto, pero eventualmente sí, y algún día podremos volver a
Nueva York.
Sin embargo… no sé. Mi instinto me dice que viajar por carretera con Renzo va a ser
mucho mejor que vernos asfixiados por el ajetreo de la ciudad. No tiene que estar tan
ocupado cuando estamos en la carretera, y podemos hacer muchas paradas juntos.
Estoy terminando de empacar mis últimas cosas cuando él aparece en la puerta. —¿Ya casi
estás lista?
—Sí, solo tengo que meter unas cosas en mi bolsa de una noche y nos podemos ir
—respondo—. Renzo —lo llamo cuando empieza a darse la vuelta. Él se gira hacia mí, así
que pregunto—: ¿De verdad crees que esto podría funcionar?
Renzo sonríe y se acerca a mí, abrazándome. Respiro su aroma almizclado y suspiro.
—Vamos a tener que ser pacientes, pero eventualmente va a pasar. Pronto no tendremos que
ir de ciudad en ciudad escondiéndonos del mundo. Podremos vivir vidas normales. —Me
besa la cabeza y yo le sonrío radiante—. Ahora termina. Ya nos quedamos demasiado
tiempo aquí. Quiero salir a la carretera antes de que se ponga el sol.
Termino de empacar y llevo mi maleta hasta nuestro nuevo SUV. Renzo insistió en que
viajáramos con un poco más de comodidad y me dejó elegir el próximo coche. Me encanta.
Él carga el equipaje en el maletero y yo subo al asiento del copiloto. Me abrocho el
cinturón y me recuesto. Pienso en lo agradable que fue cuando empezamos a viajar por
carretera y ahora estoy emocionada por este viaje. Tenemos varias paradas planeadas y
Renzo prometió que incluso podemos visitar algunas atracciones turísticas. Los negocios de
Nueva York los atenderán otros miembros de la familia y Renzo solo llamará de vez en
cuando para ver cómo van las cosas.
La carretera abierta es hermosa y conecto mi teléfono al equipo de sonido del coche para
poner música rock. Hasta Renzo mueve la cabeza al ritmo de algunas canciones mientras
yo canto a todo pulmón con entusiasmo.
Cuando cambio a música más tranquila y relajada, apoyo mi mano en su muslo superior y
acaricio suavemente esa pequeña zona de piel. No sé por qué, pero en este momento solo
quiero que me consuma por completo. Subo un poco la caricia y su mano baja, moviendo la
mía hasta su rodilla. —Estoy manejando —me reprende.
Me sonrojo. —Un poco de diversión nunca le hizo daño a nadie.
Pero no vuelvo a subir la mano. En cambio, busco en mi teléfono canciones sobre sexo y
las pongo a todo volumen, cantándoselas a él con la esperanza de que capte la indirecta.
Sonríe, pero no me mira ni dice nada. Me dejo caer en el asiento y soplo el flequillo que me
cae sobre la cara.
Cuando llegamos a una gasolinera, compro un hot dog y me lo como lo más despacio
posible, metiéndome en la boca todo lo que puedo justo delante de él. Estoy probando todo
para excitar a mi hombre, pero su entrepierna ni siquiera se inmuta al verme chupando la
salchicha. Él pone gasolina, paga y seguimos camino.
Al llegar al hotel, él hace el check-in y, una vez en la habitación, reorganizo el frutero. Un
plátano y dos manzanas. Mientras lo dejo ahí para que lo encuentre, voy a ponerme la ropa
interior más sexy que tengo en la maleta. Aunque no es tan provocativa, debería servir.
Me envuelvo en una bata y escucho su risa resonar por la habitación.
Salgo y lo veo riéndose del frutero. —¿Tú hiciste esto o el personal del hotel tiene un
sentido del humor extraño?
Sonrío. —Fui yo. Pensé que tal vez podríamos divertirnos un poco.
Él me mira y sonríe. —Llevas un buen rato intentándolo. Necesitamos dormir.
Empiezo a protestar, pero él pone un dedo en mis labios. —No, no, necesitamos dormir.
Salimos al amanecer mañana, sobre todo si quieres ver ese museo.
Hago un puchero. —Está bien, pero Renzo…
Levanta una ceja mientras digo: —No tenemos que dormir en camas separadas, ¿sabes?
Se ríe suavemente. —Vamos despacio, ¿recuerdas?
Frunzo la nariz. —Sí, pero… estoy lista para un trote ahora mismo.
—Mira lo que vamos a hacer —dice con una sonrisa—. Nos preparamos para dormir,
ponemos una película y nos acurrucamos.
Suspiro. —Está bien, si insistes.
Me besa la frente. No sé cuál es su juego, pero me preocupa un poco. Tal vez su juego sea
negarme todo lo que pueda. Cuando va a ducharse, me cuelo en el baño y arreglo su toalla y
su ropa formando una figura de pene y testículos. Luego salgo sigilosamente.
Estoy en camisón en la cama cuando sale, silbando una melodía suave. No dice nada sobre
la toalla, se viste y se mete en la cama a mi lado. Bajo la mano, pero no reacciona, así que
me detengo.
—Hay un buen suspenso romántico —dice mientras cambia de canal. Deja el control
remoto y se acomoda. Apoyo la cabeza en su pecho y nos quedamos dormidos mientras
vemos la película.
Paramos en otra gasolinera y llevo un vestidito corto de verano muy lindo. Asegurándome
de que no haya nadie más cerca, me agacho frente a él lo más seductoramente que puedo,
pero él me esquiva y sigue caminando. Algo avergonzada, me enderezo y lo miro con mala
cara. Me está haciendo perseguirlo.
Yo también sé jugar a este juego. Mucho mejor de lo que él cree. Cuando volvemos al
coche, dejo que una tira del vestido se caiga del hombro y la dejo ahí, esperando que lo
note.
Como no dice nada, dejo caer la otra tira y me abanico. —Qué calor hace.
—Deja que suba el aire acondicionado por ti —comenta, estirando la mano hacia el botón.
No digo nada, solo lo miro un momento. Tiene que estar burlándose de mí.
Llegamos a otro hotel y camino por la habitación en ropa interior intentando parecer casual,
pero él no dice nada otra vez. Me está volviendo loca. ¿Por qué no consigo excitar a mi
esposo?
Volvemos a dormir juntos y trato de tocarlo mientras duerme, pero se da la vuelta y aparta
mi mano. Ni siquiera dormido consigo algo.
De nuevo en la carretera, llevo un crop top y unos shorts cortísimos que dejan mucha pierna
al descubierto. —Hay una cascada en un camino lateral más adelante.
—No vamos a nadar —dice—. Tenemos que llegar al próximo hotel. Ya paramos dos veces
más de lo que dije y vamos con retraso.
Hago un puchero. —Pero podría refrescarme bajo la cascada.
—Vas a tener que aguantarte —responde.
Cuando llegamos a otra gasolinera, me paro cerca de él. —No aguanto más. Tengo
demasiado calor.
Abro mi botella de agua y la sostengo sobre mi cabeza, dejando que el agua me caiga por el
pecho y todo el cuerpo. Está fría y me estremezco un poco, pero Renzo solo se ríe. —Hay
gente mirando.
Veo al cajero dentro observándome con ojos hambrientos y me pongo roja como un tomate.
Busco en mi bolso, agarro una toalla, me seco y vuelvo al coche, completamente
avergonzada.