Capitulo 7

1084 Words
Para el día siguiente, ya me había resignado. Mi barco se había perdido de verdad, pero mi temperamento se había calmado lo suficiente como para que no quisiera dispararle a todo el mundo. Eso no significaba que no fuera a despellejar a ese cabrón cuando lo atrapara. Solo quería decir que el resto podía respirar un poco más tranquilo. El teléfono de mi escritorio sonó justo cuando los firmes golpes característicos de Renzo retumbaron contra la puerta. Tenía que ser mi secretaria, porque Renzo tenía el don de moverse como un fantasma, aun siendo el más grande de todos nosotros. Era un talento, algo que a veces envidiaba. Gio llegó cinco minutos después, frotándose una mancha de pintalabios en la comisura de la boca. —¿Vamos a hacer algo con Makarov? —preguntó, yendo directo al refrigerador. —¿Makarov? —Renzo me miró—. Tráeme una lata también, Gio. ¿Qué pasa con los Makarov´s? —Nuestro querido Yefrem hundió el Cava —respondí, levantándome de detrás del escritorio para sentarme con ellos en uno de los sofás. Renzo me observó como si estuviera bromeando hasta que me acomodé en el sofá de terciopelo frente a él. —¿Estás bromeando? Gio volvió, cargando tres latas de cerveza en un brazo y tres vasos en el otro. —Sí, Renzo, porque Donato sabe contar buenos chistes —dijo, dejando las latas y los vasos y desplomándose a mi lado, con los pies sobre la mesa baja—. Todo el mundo sabe que yo soy el gracioso de la familia. Renzo apartó la pierna de Gio de la mesa con una mano y le lanzó una mirada fulminante. —Eso son más de treinta millones de dólares de nuestros activos. Negué con la cabeza. —Cuarenta millones, para ser exactos. —¿Perdidos por qué? ¿Represalias? —le lanzó una mirada directa a Gio. Cuando alguien empezaba algo con nosotros sin motivo, normalmente era por culpa de Gio. Era la carta salvaje que había creado muchas de nuestras famosas disputas. Nos miró a ambos con una sonrisa culpable y se encogió de hombros. —No me mires a mí. No me he topado con ninguno de ellos… todavía —añadió tras pensarlo un segundo—. Ya sabrán cuándo lo haga. —Entonces, ¿qué? ¿Quién empieza una mierda de esta magnitud? —preguntó Renzo con esa calma firme en la voz. —Al parecer, los Makarov´s —dije, tomando una cerveza y abriéndola. Estaba a medio camino de mi boca cuando Gio carraspeó y miró de forma muy significativa los vasos que había traído. —¿Hay alguna razón por la que todavía no les hayamos mostrado por qué es una mala idea? Poniendo los ojos en blanco, dejé la cerveza y le hice un gesto. Podía servírsela él mismo si tanto la quería. —La hay —continué—. Aún no he decidido qué hacer. Gio abrió las cervezas y las sirvió en los vasos. Tarareaba para sí mismo en el breve silencio. —No veo qué hay que decidir, Donato. Nosotros tenemos armas, ellos tienen sangre; podemos desangrarlos —se recostó y alzó su vaso—. Salud, fratelli miei. —Algo debe de estar muy mal —dijo Renzo, inclinándose hacia delante para tomar su vaso—, porque en realidad estoy de acuerdo. No es una mala idea. —No puedes hablar en serio. Renzo era el menos impulsivo de la familia, incluida nuestra madre. Cuando nosotros queríamos sangre y solo veíamos rojo, él era en quien se podía confiar para ser más… racional. Se encogió de hombros. —Lo digo en serio. Nos han costado cuarenta millones y puntos extra con algunos nuevos funcionarios de la ciudad. Un tiroteo está más que justificado. No era del todo irracional. —Pero —Renzo no había terminado— tienes razón: entrar así de golpe podría ser excesivo. No estamos en la Edad Media y todavía no tenemos claro quiénes son sus aliados. Así que quizá algo pequeño. Incendiar algunas de sus propiedades. Gio vitoreó. —¡Hacerlos volar! Una idea más plausible y menos drástica. —¿Bombas? —Sabes que tengo suministro. De cualquier alcance, de cualquier tipo —Gio sonrió como un lobo. —Ahora tienes una lista de opciones —dijo Renzo—. Elige. Un baño de sangre, incendios, explosiones… toda una lista. El baño de sangre quedaba descartado. Renzo tenía razón sobre los aliados y todo lo que podría desencadenarse después. Después de todo, éramos hombres muy civilizados. El teléfono volvió a sonar. Lo ignoré. Mi secretaria sabía que debía traer cualquier cosa urgente directamente a mi puerta. —¿Y si todos vamos a hacerle una visita a los Makarov? —sugirió Gio, observándonos a través de su vaso vacío—. Los chicos cuervo, yendo a ver a los lobos. —¿Chicos cuervo? —preguntó Renzo, alzando una ceja. Era un apodo cutre que Gio llevaba canturreando desde hacía años. —Sí, porque tenemos el pelo n***o como la tinta, como los cuervos. Renzo me miró, y yo me encogí de hombros. Lejos de mí señalar más ideas descabelladas de Gio. Estaba a punto de decir algo cuando la puerta nos interrumpió. Jessie entró, intentando no mirar en dirección a Gio. —Señor, ha entrado una llamada del señor Price. Dice que hay un problema en el número 10 de la avenida quinta. —¿Un problema? —El banco, la construcción, el sindicato y el nuevo propietario del terreno. Todos levantamos la vista hacia ella. Jessie tragó saliva y dio un paso atrás. —¿Nuevo propietario? —pregunté, porque el desastre parecía no tener fin. Jessie asintió. —Sí, señor. Dice que tiene que venir porque la situación se está saliendo de control y se apresuró a marcharse. Nos pusimos de pie y nos dirigimos a la puerta en un silencio absoluto, mientras mi mente se llenaba de pensamientos. Había algo en todo aquello que me resultaba demasiado familiar. —Iré a por más cerveza —dijo Gio a nuestras espaldas. Cuando llegamos al lugar, al pequeño pabellón que se había instalado como administración mientras duraban las obras, aquello parecía casi una zona de guerra. Y no me sorprendió en absoluto reconocer a la mujer que estaba en el centro de todo, con el cabello recogido y la expresión más indiferente que jamás se haya visto. Bufé por lo bajo.
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