Siento su polla dura presionando contra mí, y está tan hinchada que por un breve momento
me pregunto cómo va a caber. Estoy tan mojada, sin embargo, que él frota la punta arriba y
abajo para lubricarse antes de guiarla dentro de mí.
Lo atraigo hacia abajo en un beso ardiente, mis manos arañando su espalda mientras él
empuja dentro de mí, luego sale lentamente hasta que solo queda la punta. Entonces empuja
con fuerza de nuevo, me muevo un poco y en el tercer empujón, da en el punto dulce, y
gimo en su boca.
Me siento como arcilla en sus manos, y ambos estamos sudando mientras él empieza a
moverse a un ritmo más constante. No es rápido, pero es fuerte, y estoy en el ángulo justo
para disfrutar cada embestida de sus caderas.
Muerdo su labio, tirando ligeramente de él. Abro los ojos y veo ese espíritu combativo en
él. Se está conteniendo porque no quiere hacerme daño.
Pongo una mano en su rostro. —No soy porcelana fina. Ve más fuerte… ve más rápido…
Asiente y empieza a moverse con más fuerza y rapidez, aún resistiéndose un poco pero
definitivamente mejor.
Siento que mi mundo explota a mi alrededor. Ni siquiera sé cuánto tiempo pasa antes de
que lo guíe para que se dé la vuelta, y me siento encima, cabalgando su polla como en un
rodeo.
Él extiende la mano y me provoca los pezones mientras lo monto, y puedo sentir que está
cerca.
—Hazlo —gimo—. Hazlo. —Él empuja las caderas hacia arriba para coincidir conmigo
hasta que de repente agarra mis caderas y se hunde profundo dentro de mí, liberando un
torrente de semen pegajoso. Jadeo, con el sudor goteando por mi cuerpo.
Él pasa las manos arriba y abajo por mis costados, luego una mano cambia de rumbo y se
desliza entre mis piernas. —Tu turno.
Gimo mientras me froto contra su mano, ya tan sensible, pero él no se detiene hasta que
grito su nombre en el éxtasis.
Nos duchamos juntos, y él me lava el cabello, luego nos metemos en la cama y me acurruco
en sus brazos.
Suspiro profundamente, acariciando su pecho. —No está tan mal —digo—. Toda mi vida
me sentí como un pájaro enjaulado, y ahora, con nosotros en la carretera, siento que soy
libre.
Renzo acaricia mi espalda con sus manos fuertes. —Sé a qué te refieres.
Nos quedamos dormidos, y no es hasta que estamos en la carretera al día siguiente que
pregunto algo que me ha rondado la mente.
—¿Cuándo crees que volveremos a Nueva York? —pregunto, aunque temo la respuesta.
—No lo sé. Va a pasar un buen rato antes de que se tome esa decisión —suspira—. Lino no
es alguien a quien se pueda derrocar en un día. Pero se que nuestro hermano Giordano se encargará.
Miro por la ventana. —Al menos podemos tener algunas aventuras hasta entonces.
—No te voy a mentir, hasta a mí me gusta ser un m*****o de la mafia remoto —se ríe de
su propio chiste, y yo le sonrío—. Es agradable no estar en una oficina sofocante
resolviendo problemas todo el día. Me gusta moverme.
—Es porque sueles ser tan profesional y tieso, pero ¿Qué pasa con tus responsabilidades
con la familia?
—Las seguiría cumpliendo, pero no sé. Yo también quiero vivir un poco. Quiero ver más y
hacer más. Puedo tener ambas cosas —dice.
Sonrío. —Me gusta este nuevo tú. Podría acostumbrarme totalmente.
Miro de nuevo por la ventana con una sonrisa. —Vamos a divertirnos mucho.
Giordano
Soy el tipo al que llaman cuando hay un problema que necesita resolverse porque nadie
más puede hacer lo que yo hago. Llegaré hasta donde sea necesario para proteger y ayudar
a la familia. Ya he llegado muy lejos para hacerlo. Mucha gente piensa que no soy más que
un asesino sin corazón, pero simplemente tengo un conjunto particular de habilidades, y
esas habilidades dan resultados, resultados que mi familia necesita.
Así que, cuando Renzo me llamó para decirme que estaría escoltando a alguien
relacionado con el enemigo con el que actualmente estamos luchando a una reunión con
otra familia enemiga, hice lo que me ordenaron. Fedor está relacionado con Lino Boscan,
quien quiere muerto a mi hermano. No confío en Fedor, pero hago lo que me dicen.
Nos reunimos con Lautaro Mendez, una familia de Argentina que Lino controla. Pero no por
elección. Podría estar entrando en una trampa, aunque si ese fuera el caso, me preocuparía
más por ellos. Espero fuera del aeropuerto a que llegue Fedor, mis gafas de sol ocultando
mis ojos azul grisáceos. He recibido una foto suya, así que sé a quién estoy buscando. Dudo
que él sepa quién soy yo.
Sale por la puerta de llegadas y se detiene, mirando alrededor con cuidado. Camino hacia
él.
—¿Fedor? —pregunto, manteniéndome erguido.
—¿Quién eres? —pregunta con desconfianza.
—Giordano Milani, el cordero al matadero —digo, usando la frase de seguridad que le
había enviado antes—. Se relaja visiblemente.
—Gracias, ¿a qué hora nos reunimos con ellos?
—De inmediato —digo. No me ofrezco a llevar su bolso. Soy un intermediario, no un valet
personal—. Lo conduzco hacia el coche blindado que espera afuera. El conductor me abre
la puerta y subo, desplazándome para que Fedor también entre—. Llegaremos pronto.
—Si todo sale bien, pronto estaré en Argentina y tu hermano será libre de regresar a Nueva
York —dice Fedor con una sonrisa que no devuelvo.
—Más vale que lo hagas realidad. No nos tomamos la traición a la ligera —digo—.
Especialmente cuando somos nosotros los traicionados.
—No tengo ningún conflicto con los Milani, solo con Lino —dice Fedor, mirando por la
ventana.
El tráfico está sorprendentemente ligero; todavía es temprano, y llegamos a la gran casa de
playa en Long Island. Los guardias nos hacen señas para pasar y mi conductor aparca justo
al lado de la casa. Salgo y espero a Fedor.
—Deja tu equipaje. Si aceptan, podemos recogerlo después.
—¿Y si no lo hacen? —pregunta Fedor, aunque no parece nervioso.
—Entonces será mejor que se te ocurra otro plan, y probablemente no necesitarás tu
equipaje —digo, guiándolo hasta la puerta de la casa.
Una joven con un uniforme de criada en blanco y n***o abre la puerta e hace una
reverencia.
—El señor Mendez los espera en la terraza.
Nos conduce a través de la casa. Es grandiosa, pero nunca he sido de los que aprecian las
casas decoradas de forma costosa. Sirve a una función, y no veo el sentido de hacerla
bonita.
—Un Milani y un Boscan entran en mi casa y no les disparo. Es un día increíble —ríe un
hombre de aspecto anciano, juntando las manos, con un puro apretado entre los dientes—.
Siéntense, siéntense —hace un gesto hacia unas sillas alrededor de una mesa a su
izquierda—. ¿Quieren una bebida? ¿Un puro? Vienen de Cuba.
Niego con la cabeza y me siento, recostándome. Fedor toma un puro y se sienta. Lautaro
lo enciende y Fedor inhala.
Observo el intercambio con atención, manteniendo mis sentidos alerta ante cualquier
movimiento o guardias que se acerquen. Lautaro se sienta frente a nosotros y abre los
brazos.
—Así que has dejado claro que quieres derrocar a Lino Boscan, alguien que ambos
detestamos. Es un juego peligroso, Fedor. Tiene muchas familias que lo apoyan.
—Lo apoyan por miedo —responde Fedor con rapidez—. Pero si logramos obtener su
apoyo y ponerlas en su contra, entonces tendremos una oportunidad de reemplazarlo por un
Don más conciliador.
—¿Como quién? —pregunta Lautaro—. Hay muchos que querrían ocupar ese asiento.
—Yo ocuparía ese asiento —dice Fedor—. Sería justo, manteniendo el comercio abierto y
rentable para todas las familias.
Lautaro se ríe.
—Tienes grandes sueños, y ahora la familia Milani pone la fuerza.
—No soy la fuerza de nadie —digo, cruzando las piernas—. Pero cuenta con el respaldo de
nuestra familia.
Lautaro me observa fijamente. Puedo notar que me está evaluando, pero lo que dice a
continuación me sorprende.
—No puedo ayudarlos. Lamentablemente, ha surgido algo que me impide ir contra Lino
—suspira Lautaro—. Lo habría hecho, créanme. Y él no se enterará de esta traición por mi
parte.
—¿Qué ha surgido? —pregunto antes de que Fedor pueda hablar.
—Ha tomado a Paloma, una de mis hijas, para que le dé hijos. Quiere sellar nuestros lazos
con él, una jugada inteligente de su parte, una tragedia para nuestra familia.
—¿Dónde están ahora? —pregunto, sacando mi teléfono.
—En Westhampton Beach —Lautaro vuelve a observarme—. Pero no por mucho tiempo,
ya que se la llevarán a Nuevo México para estar con Lino.
—Disculpen —me levanto y me alejo un poco, marcando el número de Donato, que
responde—. ¿Cómo va todo?
—Los hombres de Lino han tomado a la hija de Lautaro. Si puedo recuperarla, podríamos
tener una oportunidad.
Donato hace una pausa y suspira.
—Haz lo que debas. Intenta no morir.
Cuelgo y regreso a la silla.
—Si le devuelvo a Paloma, ¿consideraría la alianza?
—Si me devuelves a Paloma, declararé abiertamente la guerra contra Lino. No será fácil.
—No la traeré directamente aquí —digo—. Nos moveremos por los distritos durante unos
días. Luego, cuando sea seguro, la traeré aquí —me pongo de pie—. ¿Tiene una foto de
ella?
—Sí —Lautaro chasquea los dedos, y yo sonrío con suficiencia. Sabía que haría esto.
Estaba preparado—.
Un guardia me entrega una foto de una mujer hermosa. Tiene el cabello n***o oscuro, hasta
los hombros, y unos ojos marrones brillantes. Será fácil de reconocer en un complejo lleno
de matones.
Miro a Fedor.
—Quédate aquí hasta que regrese. Haz tus planes con Don Mendez y organiza todo. Si
necesitas algo, contacta a mi primo Mikel. Te enviaré su número. No llevaré el teléfono
conmigo hasta que regresemos.
Fedor asiente.
—¿Estás seguro de que puedes hacer esto?
Resoplo.
—Salvar a una princesa de unos matones es más fácil que la mayoría de mis trabajos.
Me giro cuando un hombre mayor sale arrastrando los pies de la casa. Lautaro sonríe.
—Este es Lorenzo, mi segundo al mando. Si necesitas algo, solo pídeselo.
Niego con la cabeza.
—Tengo mis propios recursos, gracias, Don, pero debo irme ahora. No sabemos cuándo la
moverán y no quiero perderla. Me pondré en contacto en cuanto pueda.
—Gracias —asiente Lautaro—. Fedor, Lorenzo te mostrará tus habitaciones.
Salgo sin escolta, aunque puedo sentir los ojos de los guardias sobre mí. Bajo las escaleras
rápidamente, con Fedor detrás. Él toma su equipaje y me toca el brazo.
—Si no puedes hacer esto, probablemente me maten.
—Entonces será mejor que me dejes hacer mi trabajo —digo, subiendo al coche.