Cuando el auto llega frente a la casa, bajo y hago una mueca. Me palpo y encuentro el origen de la herida. Una bala me ha rozado el brazo. Bueno, más que rozar: he recibido un disparo, pero estoy más preocupado por Summer. Intento llamarla, pero no hay respuesta de ella ni de Yesmer o Cesar.
Camino de un lado a otro por la entrada de Donato mientras intento conectar la llamada, pero es inútil. No está al alcance, o algo peor ha sucedido, algo que ni quiero considerar.
—Que te revisen —dice Donato, bajando las escaleras—. Y entra. No es seguro estar afuera.
Lo sigo hacia adentro, Stuart detrás de mí, y Donato llama a la enfermera que tiene en casa para nuestra madre.
—Puede que necesite puntos —le dice a la enfermera.
—¿Llegó el autobús de Summer a tiempo? —pregunto. Habíamos tenido retrasos asegurándonos de no ser seguidos de nuevo, pero debería haber llegado al mediodía, hace media hora.
—No, aún no, pero he enviado hombres a rastrear su ubicación —me asegura Donato—. Solo podemos esperar.
Estoy inquieto mientras la enfermera me cose, sin mostrar dolor alguno mientras une mi piel con aguja e hilo. Cuando termina con la última puntada, se va, y Donato me trae un vaso de whisky.
—Eso debería calmar el dolor.
—No me duele —digo, tomando el whisky—. ¿Han llamado ya? ¿Han encontrado el autobús?
—Cálmate, Renzo —dice mi hermano seriamente—. Lo encontrarán. No puede desaparecer así nomás.
—Con los Boscan sí puede —señalo, poniéndome de pie y acercándome a la ventana.
Donato se sienta detrás de su escritorio, recostado en su silla.
—Te importa mucho Summer. ¿Lo sabe ella?
—Hice una promesa de mantenerla a salvo —digo, negándome a admitir mis verdaderos sentimientos, aunque sé que él no me cree.
—Sí, lo hiciste. Y lo has hecho. Estoy seguro de que está bien, Renzo. —Intenta tranquilizarme, pero no puedo dejar de preocuparme por ella. Seguramente ya estaría al alcance de una torre de señal para poder hacer o recibir llamadas.
Mi teléfono suena, y miro la pantalla. El identificador dice Policía de Nueva York, y se me congela la sangre. Rezo para que sea una llamada de rutina.
—¿Hola? —respondo.
—¿Renzo? —la voz de Summer llega por la línea. Suena aliviada, y por eso, yo también me alivio.
—Summer, ¿estás bien? —pregunto rápido—. ¿Por qué estás con la policía?
—El autobús se descompuso, hubo disparos, pero logré escapar. No sé dónde están tus hombres.
Siento que mi temperamento sube, pero la dejo continuar.
—Me llevaron a la policía de Nueva York con los demás. ¿Puedes venir a buscarme?
—¿En qué precinto estás? —le pregunto, mirando a Donato mientras me tomo el whisky de un trago.
—Calle 25 —dice—, Midtown Norte.
—Está bien, estaré allí en unos diez minutos, pero quédate tranquila y no te vayas con nadie más. Voy personalmente —le explico. Cuelgo y camino hacia la puerta.
—Ten cuidado —me advierte Donato—.
Le hago un gesto de despreocupación.
—Lo sé. Te avisaré cuando estemos en casa.
Stuart me sigue, pero le hago un gesto negativo.
—Está bien. Revisa la seguridad en la casa y asegúrate de que esté a prueba de todo. Yo me encargaré de recogerla.
—¿Seguro? —pregunta Stuart.
—Sí —asiento—. No te preocupes.
Tomo las llaves del auto de Carlos. Ha estacionado el Mustang azul, subo, arranco y me incorporo al tráfico.
Observo mientras conduzco, asegurándome de que nadie me siga. Por suerte, parece que los hombres de Lino se han retirado por ahora. Encuentro estacionamiento lo más cerca posible del precinto y entro, mirando alrededor.
Summer está sentada en la sala de espera, con una manta sobre los hombros.
—Summer —digo, acercándome—. Quiero rodearla con mis brazos, decirle que la amo. Quiero besarla como si fuera nuestra última oportunidad.
Ella me mira con ojos grandes.
—Tus idiotas guardias casi me matan —susurra.
Se acabó el momento romántico.
—¿Qué quieres decir? —pregunto.
—Les dije que nos estaban siguiendo. Señalé a los hombres, pero solo dijeron que estaba paranoica. Si no hubiera llamado al 911 por un accidente falso, me habrían disparado.
Mantiene la voz baja, mirando alrededor para asegurarse de que ningún turista escuche, aunque todos parecen concentrados en sus propios problemas.
Suspiro.
—Me encargaré de ellos. Vamos a la casa.
Me sigue mientras salimos de la estación y nos dirigimos al auto. No abro la puerta para ella; le digo que salte rápidamente.
Me reincorporo al tráfico y sigo mirando hacia ella.
—¿Estás segura de que estás bien? —pregunto.
Asiente.
—Sí. Escapé al bosque y volví cuando escuché las sirenas. Me alegra que hayas regresado ileso.
—No del todo —admito—. También siguieron a Scott, y no he tenido noticias de Priscila.
—¿Qué quieres decir con “no del todo”? —pregunta.
Suspiró.
—Me dispararon. Intentaron sacarnos de la carretera. Pero yo fui primero, así que eso termina… por ahora.
—¿Solo por ahora? —pregunta desesperada—. ¿Quieres decir que seguirán intentándolo?
Asiento.
—Me temo que sí, pero Donato y yo haremos un plan. No te preocupes. Solo me alegra que estés a salvo.
Ella se burla.
—Quiero decir, porque prometiste a mi familia que me mantendrías segura.
Frunzo el ceño, estacionando el auto frente a la casa. La guío con la mano para que me mire.
—Quiero decir que me alegra que estés segura, que no te hayan lastimado. No quiero que te hagan daño por mi culpa. ¿Me entiendes?
Asiente lentamente, con los ojos abiertos.
No puedo evitar inclinarme y besarla suavemente. Le doy un beso una y otra vez hasta que responde y comienza a devolverme el beso con pasión. Desliza los brazos alrededor de mi cuello, y pongo una mano en su cintura. Es torpe, pero se aprieta contra mí tanto como puede, y siento la emoción cruda que emana de mí.
Se vuelve decidida, besándome con determinación. Me aparto y la miro a los ojos.
Respiramos con dificultad, sin decir nada. Solo estamos ahí, jadeando, mirándonos, y quiero decirle cuánto la amo. La miro como si pudiera devorarla, y sé que lo entiende.
—Te amo con todo mi corazón, Summer —digo con fuerza—. Haría cualquier cosa por ti. Quemaría este mundo para verte segura y feliz, lo juro.
Ella se aparta de mí, y me duele. Le dejo conocer la verdad. Ahora es su decisión.
Salgo del auto y abro la puerta para ella. La guío escaleras arriba y hacia la casa.
—Nos quedaremos aquí mientras hacemos un nuevo plan. Stuart te mostrará tu habitación. Si quieres salir, usa el jardín trasero; es más seguro.
Summer asiente.
—Lo entiendo. Ahora estoy muy cansada, así que subiré a dormir un poco. Bajaré más tarde para la cena.
—Descansa —le digo—. Intenta no estresarte.
Suspira.
—Lo sé. Solo me siento como un pájaro enjaulado.
La veo subir después de Stuart.