Está en todas partes a donde voy. En todas partes. Es como una droga a la que estoy adicto y de la que no puedo desprenderme. Una subida que estoy persiguiendo y, como con las drogas, es un juego peligroso en el que estoy jugando. Estoy jugando con mi vida porque los Milani me matarían si descubren lo que quiero hacerle a Pietra, su preciada Pan Dulce. Solo yo sé que ella no es un ángel. He sentido cómo baila contra mí. Me está seduciendo, y ella lo sabe, y yo no sé cómo detenerme. Me está volviendo loco. Estoy distraído y necesito salir de la casa. Veo a Giordano dirigiéndose a la puerta principal y lo sigo. —¡Gio! ¡Gio, espera! ¿A dónde vas? — —A revisar algunos almacenes que Donato quiere comprar —dice—. ¿Quieres venir conmigo? —Sí, no tengo nada mejor que hacer —le digo,

