Capítulo 10

2485 Words
_¿Mi amigo se pondrá bien? Finalmente, fue Morgan quien rompió con el silencio entre ambos, quitando a Miranda de su trance pensativo. Algo perdida, levantó su vista hacia él desconcertada. _¿Uh? _Me refiero a que si Sam podrá recuperarse de esto correctamente.-Respondió nuevamente el joven, señalando el sofá. _Creería que con una buena recuperación y cuidados adecuados podría ser posible. Pero necesitan tomarse esto realmente en serio. De otra forma, terminará en terapia intensiva. Morgan negó con su cabeza repetidas veces mientras bebía de la taza de café. _No, olvídalo. No tomaremos ese riesgo. Miranda parecía molesta de que al parecer, ninguno de los dos jóvenes tomaba en cuenta la gravedad de aquello. Poniendo una mano sobre el desayunador, se acercó hasta Morgan para mirarle fijamente. _No puedes elegir cuando la otra opción es que termine muriendo de una sepsis bacteriana.-Escupió, furiosa.- ¿Sabes lo que eso significa? Morirá siendo comido internamente por gusanos hasta que sus órganos no le dejen seguir. _¡De acuerdo! No hacía falta una imagen tan gráfica sobre eso. _Yo sabía que fue una mala idea que se hayan escapado del hospital. Morgan chasqueó su lengua en desacuerdo, negando con su cabeza. _Ese no fue el problema. Sam venía bastante bien. Sólo... nos topamos con un problema que requirió quizás más esfuerzo del que él podía soportar. _¿Qué problema terminaría por arrancar los hilos de una sutura quirúrgica? _Una balacera.-Respondió en seco el joven, dejando perpleja a Miranda. _¿Lo expusiste a una balacera? ¿Qué diablos tienes en la cabeza? Comentó ella molesta, poniéndose de pie. Agotando su paciencia, Morgan imitó su accionar, mientras se encogía de hombros. _¿Acaso me ves cara de ser su madre? _¡No, pero sabías el estado en el que estaba! _¡Es un joven mayor de edad! Creo que es capaz de tomar sus propias decisiones. Además, no fue algo premeditado. Sólo habíamos ido a una reunión y unos tipos se metieron y comenzaron a disparar. _Pues entonces no imagino que tipo de reuniones deben de tener. Morgan levantó sus cejas, indignado. _Lo lamento, no todos tenemos las oportunidades necesarias para terminar la escuela de medicina. Antes de que ella pudiese responderle, ambos fueron interrumpidos por el herido, que parecía encontrarse teniendo una incontrolable tos. Cuando ambos se acercaron a él, notaron que se encontraba algo pálido y sudado, aún con sus ojos cerrados. _¿Qué le sucede? Preguntó Morgan, desde lejos. Antes de que Miranda pudiera darle respuesta, el joven comenzó a vomitar, despertando una gran preocupación por parte de la morena. Cuando ella se acercó a su lado, posó la palma de su mano sobre su frente, notando rápidamente que su piel hervía y su frente se encontraba húmeda del sudor. Instantáneamente giró su cabeza hacia Morgan, preocupada. _Está hirviendo de fiebre. Sino lo detenemos terminará colapsando. El amigo del muchacho herido observaba toda la escena preocupado, sin tener mucha idea de cómo debía de reaccionar. _¿Qué hacemos? ¿Por qué se encuentra así? _No estoy segura pero debe de ser una infección que ingresó al torrente sanguíneo a través de la herida abierta. El aspecto del damnificado había desmejorado mucho en el tiempo de apenas hora y media. Su piel lucía amarillenta y sus labios tenían un color pálido y tenue, dejando ver el mal estado de su salud. _¿Y qué los antibióticos no eran para eso? Preguntó en desesperación su amigo, mientras perseguía a Miranda por los pasillos de la casa, la cuál se había ido a buscar paños fríos para poder atenuar su temperatura corporal. _Sí, pero tardan en hacer efecto alrededor de 18 a 24 horas. Necesita algo directo a su torrente sanguíneo. _De acuerdo, sólo dime lo que tengo que conseguir en la farmacia y lo haré. Miranda presionó sus labios en una mueca mientras se giraba hacia Morgan. _Los antibióticos y antivirósicos inyectables sólo se dan por preescripción médica. _¿Acaso no tienes para preescribirlo aquí? Ella negó con su cabeza. _He dejado todo en la oficina del hospital.-Mencionando esto, se quedó pensativa unos segundos.-Pero hay algo que puedo hacer. _No lo llevaremos al hospital. Respondió Morgan rápidamente, pesando que esta idea era parte del plan de la joven, que al contrario, negó con su cabeza al oírle. _Puedo tomar algunas muestras de inyectables de mi oficina. Pero alguien debe quedarse con él. El joven muchacho asintió, mientras la joven se preparaba rápidamente para irse al hospital. No obstante, cuando tomó las llaves de su coche fue detenida por él, con una mirada de pánico. _¿Tardarás mucho? Ella movió su cabeza de lado a lado, negando rápidamente. _Si me dejas ir ahora mismo, no tardaré. Es mejor no perder tiempo valioso. _¿Qué hago si acaso empeora? Miranda corrió hacia su escritorio y anotó en un pequeño papel su número de teléfono, para luego entregárselo a Morgan. _Hazme una llamada. Y manténme al tanto de sus síntomas. Morgan asintió guardando el papel en su bolsillo y Miranda salió casi corriendo hacia su auto, arrancando el motor de este y conduciendo a toda velocidad hasta su lugar de trabajo. Para su suerte, no había demasiado tráfico a esa hora de la mañana, por lo que no fue muy dificil llegar hasta el lugar. Sin embargo, de camino, no podía evitar cuestionarse repetidas veces acerca de la locura que estaba cometiendo. Realmente dejó su casa a merced de dos desconocidos por correr y salvar la vida de uno de ellos. Sentía que, por momentos, su esfuerzo por mantener vivo lo único que le quedaba de su esposo difunto se volvía demasiado esfuerzo para las pocas garantías que otorgaba. Aunque se negaba a que aquel joven terminara con su vida siendo el lecho de muerte su propio sofá. Una vez que llegó al hospital aparcó su auto en donde solía hacerlo usualmente, mientras caminaba hacia la entrada principal. Ahora su problema era inventar una excusa lo suficientemente creíble si acaso alguien la pillaba rondando por el lugar estando -técnicamente- de vacaciones. Para su suerte, durante su camino por los pasillos no se cruzó con ningún rostro conocido que la pudiera meter en problemas. Llegando hasta su oficina, corrió hasta el cajón que tenía bajo llave, con varios medicamentos prescriptos que tenían muestra médica. No sabía si eran sus manos temblorosas por el pánico o la adrenalina, pero recién luego de unos cuántos minutos pudo encontrar los líquidos inyectables que necesitaba. Metiendo los frascos de vidrio dentro de su bolso, revisó la oficina para asegurarse de no necesitar nada más. Llevó consigo su recetario médico y otras cosas que podrían servirle para no volver al lugar y arriesgar su trabajo. Cuando pareció tener todo, se dirigió nuevamente hacia la puerta, donde fue detenida por alguien que la abrió desde afuera. Su corazón se detuvo ante esto, aunque pudo calmarse un poco al ver que se trataba de Robin. No obstante, esto no quitó el hecho de que ella se sobresaltó ampliamente al verle. _Santo cielo, Robin. Casi me matas del susto.-Se quejó ella mientras sostenía su pecho con ambas manos. Su compañero de trabajo se encargó de darle una mirada extraña antes de siquiera hablar. _¿Miranda? ¿Qué es lo que haces aquí? _Debería preguntarme lo mismo con tu entrada a mi oficina.-Retrucó ella hábilmente. _Es porque una de las enfermeras afirmó haberte visto por los pasillos pero creí que se trataba de algún tipo de broma. ¿Qué es lo que haces aquí? El tiempo corría y su cabeza nerviosa parecía no saber qué excusa soltar para sonar lo suficientemente convincente. Intentando hacer algo de tiempo, soltó una pequeña risa mientras palmeaba su pierna. _Yo... perdí unos aretes y pensé que podrían estar por aquí. Una pena no haberlos encontrado. Robin parecía seguir algo confundido ante su presencia. _¿Por qué no me dijiste que los buscara? Así no tenías que venir hasta aquí sólo por eso. _¿E interrumpirte durante tu trabajo para esta estupidez? ¿Estás loco? El joven rodó sus ojos. _Sabes que no hubiese sido problema. Pero de todas formas, si llego a encontrarlos te mantendré al tanto. Ella asintió efusivamente. _De acuerdo. Sería genial que me pudieras hacer ese favor. Ahora sino te molesta me voy, creo que recordé haber dejado prendido algo en el horno. Señaló ella hacia el pasillo, queriendo huir del escrutinio de su amigo que, en cualquier momento, podría comenzar a sospechar acerca de su comportamiento extraño. No obstante, cuando estaba dirigiéndose a la puerta, él llamó a su nombre provocando que ella se girase para verlo. _Creo que se te ha caído algo.-Comentó él mientras levantaba del suelo uno de los pequeños frascos que ella había metido en su bolso. Leyendo la etiqueta, levantó nuevamente su vista hacia ella con una sonrisa perpleja. -¿Analgésicos? ¿Acaso está todo en orden? Antes de que Miranda pudiese abrir su boca para decir algo al respecto, sintió como su celular comenzó a sonar en su bolsillo, indicando una llamada entrante. Si bien era proveniente de un número que no tenía registrado, estaba casi completamente segura de quién se trataba, por lo cual no tenía más tiempo que perder. Quitando bruscamente el frasco de analgésicos de la mano de su compañero, se dirigió nuevamente a la puerta. _Es una larga historia que quizás te cuente luego. Pero tranquilo, está todo en orden. _¿Estás segura de que no existe nada de lo que deba preocuparme? Ella chasqueó su lengua mientras negaba con su cabeza como si hubiese preguntado una obviedad. _Para nada. Mantenme al tanto sobre el paradero de mis aretes, ¿Quieres? Su compañero, poco convencido de sus palabras, asintió con su cabeza mientras la veía retirarse y desaparecer casi corriendo por los pasillos del hospital. Todo el plan de la joven podría haber salido a la perfección, de no ser porque había olvidado un sutil detalle: el cajón de su escritorio quedó abierto, dejando ver de dónde provenían los frascos de antibióticos y analgésicos inyectables. Miranda corrió a su auto mientras contestaba el teléfono celular, haciendo malabares para poder encender el motor mientras sostenía el teléfono con su hombro. _¿Hola? _Soy yo.-Respondió Morgan, con un tono algo asustado.-Creo que su temperatura sigue subiendo. _De acuerdo, tranquilo. Yo estoy en camino. Asegúrate de ponerle compresas frías en su frente y cuello. _De acuerdo. ¿Algo más? _Toma su temperatura con un termómetro bajo su brazo. Y quítale toda ropa en el torso que pueda generarle mayor temperatura de la que tiene. De fondo, Miranda escuchaba unos cuántos sonidos que parecía estar haciendo el joven mientras seguía sus indicaciones. Mientras tanto, ella se encontraba en la carretera camino a su hogar. _¿Dónde diablos hay un termómetro aquí? _En el último cajón de la cocina debería de haber uno. Dime si lo has encontrado. Unos segundos de silencio se hicieron presentes en la llamada, en donde sólo podía escucharse con dificultad la respiración del muchacho. _Lo encontré. _De acuerdo. Sigue las indicaciones que te di y espera por mi, estoy en camino. _Entendido. Sin darle tiempo a responder, el joven cortó la llamada, seguramente para poder concentrarse en cuidar de la desmejorada salud de su amigo, que según los síntomas que notaba Miranda, parecía estar teniendo un choque séptico. Miranda condujo a gran velocidad hasta su hogar, mientras se encontraba verdaderamente preocupada por el joven. No había notado que la angustia le estaba consumiendo el pecho sino hasta que ingresó nuevamente a su hogar y vio el estado del muchacho. Un poco, hasta le había hecho olvidarse completamente que el corazón latiente que traía era el de su difunto marido. Simplemente estaba en la esencia natural de cualquier persona dedicada a la medicina: intentando hacer lo imposible por poder salvar su vida. Morgan se puso de pie al verla, casi dejando salir un suspiro aliviado mientras se acercaba a ella. _¡Gracias al cielo has llegado...! Sam ha estado comenzando a delirar desde hace unos minutos. Está diciendo cosas incoherentes y sin sentido. Quitándose el bolso de su hombro, caminó apresuradamente hacia el joven. _Debe de ser la fiebre alta. ¡Rápido, pásame los guantes y los frascos en mi bolso! El joven obedeció rápidamente, mientras ella se ponía de cuclillas hacia el herido. En efecto, su amigo tenía razón: estaba diciendo incoherencias y susurrando sonidos mientras su cabeza parecía hervir en temperatura. Una vez en su mano el material necesario, no perdió tiempo y cargó la jeringa con el líquido del frasco. _¿Qué es eso? _Penicilina.-Respondió ella, quitándole el aire a la jeringa. Luego de esto, revisó panorámicamente la habitación, terminando en Morgan de pie a su lado.-¿Traes una navaja contigo? Él frunció su ceño confundido. _¿Qué? ¿Para qué necesitas una? _¡Sólo dame el cuchillo! Él, algo asustado, metió la mano en su bolsillo sacando una pequeña navaja suiza de este. La morena lo tomó entre sus manos y rápidamente cortó la tela de los jeans que traía el herido. Una vez su muslo parecía encontrarse despejado, soltó con todas sus fuerzas la inyección de penicilina mientras dejaba que todo el líquido ingresara en su torrente sanguíneo. Una vez hecho esto, tomó otra jeringa que llenó hasta la mitad con morfina, inyectándosela en la vena de su brazo. En apenas minutos el joven cayó en un profundo sueño, relajando sus músculos y cesando sus alucinaciones. Miranda soltó el aire de su pecho, mientras quitaba los guantes de látex de sus manos. _Creo que eso bastaría para mantenerlo estable. Pero hay que vigilar su estado de cerca. _¿Entonces estará bien? _Sí. Sólo necesitamos un suero de intravenosa para que pueda hidratarse correctamente y no perder más líquidos mientras se encuentra inconsciente. Pero creo que estará bien. Morgan pareció también soltar el aire acumulado de sus pulmones en un largo y agotado suspiro. Luego de unos segundos de silencio, miró a la joven mientras bajaba su mirada. _Gracias por ayudarnos. Sé que no lo merecemos. Ella sonrió, negando con su cabeza. _No te preocupes. Eso hacen los médicos después de todo, ¿no? En un intento por bromear, Morgan soltó una risa irónica. _¿Ayudando a criminales? _Iba a decir que salvando vidas, pero también cuenta. Ambos sonrieron ante la pequeña broma mientras observaban al herido Sam descansar en un profundo sueño. _¿Cuándo crees que recobre la conciencia? _Si su organismo se estabiliza, quizás en dos o tres días pueda encontrarse mejorando su situación. Pero esto realmente es algo de horas, por lo que no puedo asegurar nada. Mencionó ella, mientras con una manta cubría las piernas del muchacho dormido. Incluso a pesar de toda la situación de por medio, Miranda realmente esperaba que él mejorara pronto.
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