CAPITULO VII - POR FIN UN POCO DE PAZ

3336 Words
Me encontraba caminando por los pasillos de mi antigua base, que estaban abandonados, cubiertos de sangre, mugre y cosas destruidas, parecía que había pasado un largo tiempo desde que me habían mordido, lo cual me sorprendía, lo máximo que tardaba alguien en convertirse eran un par de horas. Decidía si iba a salir a buscar algo que comer o si me quedaría ahí, intentando morir de hambre, cosa que sabía que era imposible, la falta de carne humana no mataba a los zombies, simplemente los hacía mas hambrientos. Escuché un gruñido detrás mío, volteé y vi a un zombi al otro lado del pasillo, caminando en mi dirección lo más enérgico que podía. No le di importancia, seguramente querría que seamos amigos o compañeros zombis, pero yo no estaba interesada en nada de eso, así que seguí mi camino, iba a ser una zombie solitaria. Llegué a mi antigua habitación, estaba tal cual la había dejado antes, la cama deshecha en mi ataque de furia cuando pensaba que Horacio estaba muerto, ropa en el piso y mucho polvo. Acomodé un poco las cosas y me acosté, los recuerdos de la noche que pase con él vinieron como una avalancha. Parecía que había sido en otra vida lo que pasamos juntos en esa habitación. Una lágrima salió y me sorprendió, no sabía que los zombis podían llorar. Me levanté y me paré frente al espejo. Era un verdadero desastre. La ropa que traía estaba mugrienta, el cabello ni hablar, como si no hubiera tomado un baño en semanas. Mientras me arreglaba un poco mi grasoso cabello noté algo extraño en mí. Mis ojos no estaban blancos, ni mi piel pálida, y el hecho de que podía darme cuenta de todo esto significaba que ¡no era un zombi! El alivio que sentí al darme cuenta fue inmenso, era tan humana como siempre, estaba bastante sucia y desaliñada, pero era yo al cien por ciento. No podía dejar de mirarme en el espejo, estaba extasiada con mi imagen de no zombi, no entendía como era posible, la verdad no me importaba en esos momentos. Pero lo bueno dura poco, así que mientras yo me admiraba en el espejo vi como un zombi de verdad se abalanzaba sobre mí. Por suerte no había perdido mis reflejos y me moví rápidamente, él idiota se lanzó sobre el espejo, eso me dio tiempo para conseguir mis armas y acabarlo. Preferí usar las espadas para evitar atraer más zombis con el sonido de un disparo. La buena noticia era que no me había convertido en un zombi, la mala noticia era que eso me dejaba como la comida para los que si se habían convertido. Tomé un bolso, guarde mis armas, ropa limpia y salí rápidamente, los zombis estaban apareciendo en el pasillo. Usé las espadas lo más que pude, pero ya eran demasiados para que me acercara tanto, así que tuve que disparar y eso sólo atraía más. Tenía que llegar a la sala de comunicaciones. Era el único lugar seguro. Tomé el último giro, sólo me faltaban diez metros para llegar a la sala, el asunto es que había decenas de zombis entre la puerta y yo, y ni hablar de los que había unos metros detrás de mí. No podía retroceder, así que no me quedaba otra opción que avanzar. Disparé hasta que me quedé sin balas, no hice mucha diferencia, pero había unos cuantos zombis menos en mi camino. Saqué mis espadas y comencé a decapitar a todos los que podía, pero más venían, me estaban rodeando, y la sala de comunicaciones parecía cada vez más lejana. En ese momento pensé que hubiera sido mejor si el zombi que me mordió el pie me hubiera convertido. Cuando ya no quedaba mucho espacio entre los zombis y yo, alguien me tomó de los hombros y me levantó en el aire. Estaba en los túneles de ventilación de nuevo. Al darme cuenta me exalté, y quise salir escapar, pero los brazos que me habían levantado, me abrazaron por la espalda tiernamente. - Tranquila amor, ya estas a salvo – era la voz de Horacio. Me volteé para mirarlo como pude, en el proceso lo golpeé un poco, pero los túneles no eran los lugares más cómodos del mundo para tener encuentros románticos. Lo abracé y lo besé como si fuera el último día de mi vida. El sonreía. Cuando terminé con mi avalancha de besos él me acarició la frente, y me miró sonriendo. - Salgamos de aquí – dijo, y comenzó a andar por el túnel. Recorrimos varios metros, Horacio iba delante mió, era mejor no hablar por las dudas quedarán zombis por ahí. En un momento se detuvo, y bajó por un hueco en el túnel. Lo seguí, estábamos en la sala de observación. La puerta estaba cerrada, no había zombis dentro. Horacio me abrazó de nuevo y estuvimos un largo rato así. Luego nos sentamos en la cama y lo miré, buscando una explicación. El me la dio: - En casa de tu abuelo había un laboratorio, él había estado investigando sobre una vacuna o un antídoto contra el virus, era un hombre brillante y tenía muchos recursos a su alcance, lo que no tuvo fue demasiado tiempo, todo lo que descubrió no pudo probarlo, pero parece que encontró lo que buscaba. - me contaba emocionado - Revisé sus resultados, y lo que descubrió es genial, el virus puede detenerse con su vacuna si se aplica antes de que invada totalmente todo el organismo. En tu caso, como la mordida fue en el tobillo, teníamos tiempo de aplicar el antídoto y por suerte funcionó - me sentí feliz de que lo hubiera hecho, quizás debería sentirme ofendida de que experimentarán conmigo, pero entendía que no había muchas opciones, frente a un virus tan agresivo, el tiempo era fundamental - No habían pruebas concluyentes de que funcionaría, pero por suerte sí lo hizo, y estas aquí conmigo - Cuando terminó de decir eso me abrazó de nuevo - Te pusimos aquí hasta estar seguros de que estabas cien por cien “desinfectada”, estuve observándote dormir por más de seis semanas. Pensamos que estabas en un estado de coma y por suerte despertaste, siendo tu misma. - ¿Seis semanas? – dije – con razón apesto. Horacio rió, y asintió. - Puedes usar el baño, luego iremos con los demás. Así lo hice, me di un gran baño, me puse ropa limpia, peiné un poco mi arruinado cabello y volví con Horacio, que estaba recostado en la cama, durmiendo. Me asusté un poco cuando lo vi, tenía que despertarlo sin acercarme lo suficiente para que me mordiera. Cuando estaba por arrojarle un libro, el se movió en la cama y comenzó a roncar, lo cual me sorprendió. Estaba congelada contra la pared no quería ni respirar, porque no entendía lo que estaba pasando. - Ya no me convierto en zombi cuando duermo – dijo soñoliento Horacio, mientras me dejaba un espacio en la cama para que me recostará con él. Lo pensé un rato, pero al fin me decidí. Honestamente después de pasar más de seis semanas durmiendo, lo último que tenía era sueño, pero por el sólo hecho de estar con él así valía la pena el esfuerzo. Horacio me abrazó y siguió durmiendo, parecía estar muy cansado, yo sólo me dispuse a disfrutar el momento. Él durmió varias horas y yo no podía dejar de mirarlo. Cuando por fin despertó, me encontró recostada a su lado, mirándolo. - Hola – dijo H desperezándose - ¿Cuánto dormí? - Unas horas, no mucho – le respondí y me acomodé sobre su pecho para que me abrazara. El me acariciaba el cabello. Durante ese tiempo que pasamos juntos nos olvidamos de lo que sucedía afuera, no existía nada ni nadie más que nosotros dos en esa habitación. No me gusta sonar cursi, ni mucho menos, pero esa tarde fue mágica, hasta me olvidé que mi hermano y los demás estaban mirando por la sala de comunicaciones. Cuando recordé este detalle, me cubrí con las sábanas y salté fuera de la cama. - ¿Qué sucede? – preguntó Horacio confundido. - Nos están viendo – le respondí, señalando con la cabeza en dirección de las cámaras. El río alegremente: - Nadie nos está viendo preciosa, dudo que a los zombis les interese algo más que masticarnos. - No me refería a ellos – le respondí , señalando con la cabeza en dirección de las cámaras. - Eso, cierto – dijo H, mientras se ponía su pantalón y salía de la cama – Ellos ya no están aquí. Cuando terminó de decir la frase sentí como que el mundo se me venía encima, las lágrimas salieron sin que pudiera hacer nada para contenerlas. Horacio se acercó a mí, seguía sonriendo, me abrazó y dijo: - No es lo que piensas, ellos están bien, pero no aquí. Lo aparté bruscamente de mi lado, él no paraba de reír. - ¡Maldito imbécil! ¿Piensas que es divertido jugar con la muerte de mi hermano? – le grité entre lágrimas y enojo, lo empujaba para que se alejara de mí, pero él no se movía, parecía un maldito muro. Y seguía riéndose. Después de aguantar mis golpes un rato me sujetó para calmarme. - Yo no juraría con algo así, perdón, me expresé mal – dijo tan sereno y dulce, que me resultó imposible seguir enojada con él, aunque pretendí que si para conseguir unos mimos extra. - Está bien, pero ten cuidado como dices las cosas – le dije y lo abracé. Estuvimos un par de horas más ahí, pero teníamos que salir, el lugar estaba infestado. Horacio me dijo que tenía una ruta de escape, no estaba totalmente libre de zombis, pero era posible escapar por ahí, y luego viajar para reunirnos con los otros. Tomamos nuestras cosas y salimos, nos encontramos unos cuantos muertos-vivos en el camino, pero no fue difícil eliminarlos. Cuando llegamos a la superficie era de día, pleno verano. Me permití disfrutar del sol y el calor, porque mis últimos recuerdos tenían mucho frío y oscuridad. Caminamos por el bosque tomados de la mano, charlando y riendo, como si el mundo no se hubiera ido al infierno en los últimos años y como si los caníbales que acechaban en las sombras no existieran. A pesar de que había decidido que ilusionarse y disfrutar de cosas banales era una tontería, en esos momentos me daba cuenta que no tenía sentido sobrevivir en el apocalipsis sin ser feliz. Era mejor tener unos cuantos momentos de luz y felicidad que vivir años amargada y esperando la muerte. Todos íbamos a morir, no había forma de evitarlo, lo importante era como vivíamos el tiempo que nos quedaba. Llegamos a una motocicleta estacionada a unos kilómetros de la base, sobre la carretera. Era la misma con la que había escapado la última vez. Nos montamos en ella y emprendimos viaje. Yo no sabía hacia donde íbamos, pero no me preocupaba, confiaba en H con mi vida. Después de unas horas paramos en una gasolinera; no había zombis en pie, por suerte quedaba algo de combustible en los surtidores y de comida en la tienda, llenamos nuestro tanque y un par de bidones más para el camino, tomamos un poco de comida, y seguimos. El viaje fue largo, pero yo no quería que se terminara. Estaba disfrutando el tiempo con mi novio, porque estaba consciente, mas que nunca, que podía terminarse en cualquier momento. Al atardecer, y para mi sorpresa, llegamos a nuestro destino: Tres Soles, el mismo fuerte en el que viví felizmente después de que todo cambiara la primera vez y el lugar donde había perdido a mi padre, mis amigos y a mi amor. No entendía muy bien que hacíamos allí, el portón principal estaba cerrado, había luz en la calle, parecía que la invasión zombi nunca hubiera ocurrido. Horacio me miró cuando nos bajamos de la moto y me dijo: - Nosotros tampoco entendemos mucho, pero los zombis que invadían este fuerte se terminaron de morir. Así que decidimos limpiar el lugar y hacerlo nuestro hogar. ¿Qué opinas? - Genial – le respondí sonriendo. Caminamos por la calle principal, la noche estaba entrando y no pude evitar sentir temor. Sujeté fuertemente la mano de Horacio, él me miró y me dijo que estaba todo bien. No había muchas personas en el fuerte, la mayoría eran militares y sobrevivientes que habían encontrado el lugar, pero era agradable ver vida de nuevo allí. Llegamos a mi antigua casa, que estaba mucho mejor que la de la ciudad capital, la habían limpiado y reparado. Entré a la cocina y todos se congelaron al verme. Tomy, Miguel y Simón se callaron y me miraron entre asustados y felices. Horacio entró detrás de mí: - Cambien la cara por favor, ella está bien, no va a comer a nadie. Los chicos se relajaron un poco pero me seguían mirando con desconfianza, yo me sentía muy incomoda. Entendía su preocupación, pero era mas que obvio que no era ni un zombie ni un super zombie. - No descartes eso de que no me voy a comer a nadie, porque el hambre que tengo es inmenso – le dije a Horacio en tono burlón mientras me acercaba a la mesa. Con eso se relajaron, Tomy se acercó y me abrazó un largo rato dejando salir unas lágrimas de alivio y felicidad, Miguel y Simón hicieron lo mismo, pero tragándose las lágrimas, aunque noté sus ojos brillantes. Luego nos sentamos en la mesa a cenar, no metía cuando dije que tenía muchísimo hambre, parecía como si hubiera estado días sin comer, que era exactamente lo que había sucedido. - Cuarenta días, para ser exactos – dije con comida en mi boca, los demás me miraban, creo que ninguno comía. Pero no me importaba, más comida para mi. - Parece como si hubieran sido cuarenta años – respondió Miguel haciendo gestos de exageración en su rostro. - No es mi culpa – dije aún con comida en mi boca – estuve en coma, intentando no convertirme en un zombi durante mas de un mes, es totalmente entendible que tenga tanto hambre, ¿verdad? – le pregunté a Horacio. El me miraba sorprendido y solamente movió la cabeza asintiendo. Luego de que me di un atracón con la comida, me sentí más tranquila y feliz, mi cuerpo necesitaba alimentarse. - Entonces – dije a la mesa limpiándome la comida del rostro - ¿me dejaron sola e inconsciente en medio de todos esos zombis? ¿una nota los hubiera matado? Se miraron ente ellos y rieron. - Yo sabía que nos ibas a sacar eso en cara – dijo Tomy. - Eso no responde mi pregunta – dije. - Horacio te toca explicarle, después de todo es tu novia – dijo Miguel, poniendo especial énfasis en la última palabra. Tomy y Simón rieron y se levantaron de la mesa, Miguel los siguió. - Y mientras charlan, limpien la cocina, hoy les toca a ustedes – dijo Tomy y se fueron. Miré a Horacio, el me sonrió y comenzó a levantar la mesa. - Estoy esperando – le dije sonando impaciente. Él volvió a sonreír y dijo: - Que impaciente mi amor, hace unas horas ni mencionaste el asunto. No pude evitar sonrojarme, el seguía sonriendo. - Una cosa no tiene que ver con la otra – le respondí – antes no era el momento indicado, ahora si lo es. - Tienes razón – dijo H. Mientras lavábamos los platos comenzó a relatarme como sucedió todo. La vacuna o antídoto que me había inyectado la encontró en el laboratorio en casa de mi abuelo, motivo por el cual no había tenido tiempo de hacer ninguna prueba para ver si funcionaba realmente o no. Se arriesgó a inyectarme, porque era la única opción que tenía. Es verdad que no suena nada bien, pero era eso o dejar que me convirtiera en zombi. Cuando me desmayé me llevaron a la sala de control y me observaron durante días. Fue entonces cuando recibieron un mensaje de un equipo de la base diciéndoles que estaban refugiados en Tres Soles, que era seguro para cualquiera que hubiera sobrevivido el ataque. Primero no sabían si confiar o no, porque podía ser una trampa, pero necesitaban comida y armas. Así que todos, menos Horacio, fueron hasta el fuerte. Cuando llegaron y vieron que estaba todo bien, Horacio se les unió, pero sólo para conseguir suministros de agua, comida y armas. Luego volvió y estuvo monitoreándome todo el tiempo, para ver como reaccionaba. Tomy, pasaba a verme y llevar suministros para Horacio de vez en cuando, pero la zona no era muy segura así que no podía ir y venir todo el tiempo, además de que el viaje era largo. El día que me desperté, Tomy había pasado y Horacio lo había acompañado hasta la salida, por eso no estaba mirando cuando desperté. Cuando volvió a la sala de control yo ya me había levantado y andaba paseando por los pasillos de la base, atestados de zombis, pero como yo creía que era una de ellos no me afectaba. A Horacio también le llevó un tiempo darse cuenta que yo no era un zombi, porque todas la imágenes que tenia en las cintas de vigilancia de mi, me mostraban la espalda. Cuando por fin pudo ver que era la misma de siempre, un poco mareada y aturdida nada más, se desesperó por sacarme de ahí. El supuso que yo iría a la sala de comunicaciones, así que fue por los túneles de aire hasta quedar arriba mío, y poder así salvarme. El motivo por el cual no me llevaron con ellos y me observaron en el fuerte, es porque el camino para salir era complicado, y una persona inconsciente, como yo, no lo habría logrado. Por eso Horacio esperó todo ese tiempo, y me dijo que se hubiera quedado todo el tiempo que fuera necesario para asegurarse de que yo estaría bien; lo que significaba que me curaba o él me volaba la cabeza. Al fuerte vinieron científicos de otras bases y otros fuertes para estudiar la información que mi abuelo nos había dejado. Hicieron pruebas con las vacunas, y claro que conmigo también. Yo era la única prueba viviente de que el antídoto funcionaba, pero éramos pocos, así que pase a ser un conejillo de indias, Horacio y otros dos sobrevivientes que habían tenido la suerte, o desgracia, de ser mordidos minutos antes de llegar al fuerte. Durante días me hicieron de todo tipo de pruebas, mi humor no era el mejor por ese motivo, pero lo aceptaba, porque yo, al igual que todos, quería que se termine la pesadilla para siempre. Algunos me veían como si yo fuera un fenómeno, otros pensaban que yo era la respuesta a todas sus plegarias. Así que otra vez era una de las personas más populares de Tres Soles. Los resultados de las pruebas eran los mejores: el antídoto no solo funcionada, sino que me daba cierta inmunidad contra el virus; en términos simples, podían morderme hasta cinco veces sin que me afectara, en teoría claro. También funcionó para Horacio, por eso ya no se convertía en zombi cuando dormía, lo que era genial, porque nos permitió dormir juntos la mayoría de las noches que estuvimos ahí. Lo único que no quedaba claro eran los efectos secundarios del antídoto, a mi me había dejado en coma mas de un mes, a Horacio le había dado un poco mas de fuerza, en realidad mucha mas fuerza, no tanto como Súper-man, pero sí más que todos en la ciudad. Estuvimos en el fuerte como un mes, preparando la batalla final, todos estaban emocionados, por fin íbamos a salir a luchar con la posibilidad de terminar con todo esto, o por lo menos marcar el camino para el final.
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