Capítulo II

1000 Words
La princesa lucía lamentable; su cuerpo temblaba con violencia y lo miraba alerta de todos sus movimientos, sonrió ampliamente. — Levántate —ordenó con firmeza a la vez que se ponía de pie. Annelise se estremeció al escuchar la demanda y comenzó a sollozar, no pudo evitarlo, simplemente sucedió. Intentó retroceder con desesperación, pero la pared detrás de ella se lo impedía. — Te dí una órden, Annelise —habló con parsimonia, quería disfrutar de quebrar y destruir a esa asquerosa familia. Finalmente estaba por encima de ellos, por fin sentía lo que era tener un poco de poder sobre los otros y eso lo hizo comprender porqué el poder era algo que todos deseaban. Sonrió al ver el terror en los hipnotizantes y enormes ojos verdes de la Princesa. Se irguió y avanzó con la gracia de un felino hacia ella, Hacía bien en temer, porque no pensaba tener ningún tipo de consideración ni piedad. — ¡Levántate! —habló con firmeza, elevando el tono de su voz. Estaba aterrada, temía que en cualquier momento ese demente se abalanzara sobre ella y la dañara. La manera en la que la miraba era la clara prueba de sus sentimientos hacia ella, la odiaba y no entendía por qué. «Patética Princesita», se inclinó hacia ella para mirarla con más detenimiento. Jamás imaginó que algo tan bajo y despreciable le diera tanta dicha. «Por fín llegó mi momento», pensó, «es momento de que éstos demonios paguen por sus pecados». — Te aseguro, Princesa —mencionó con desagrado su título—, que no quieres colmar mi paciencia. Nada sale bien cuando la pierdo. Ese juego tenía la pinta de ser bastante divertido, por primera vez era el poderoso cazador y no la simple y ridícula presa. La tenía a su merced, y eso le fascinaba. — LE-VÁN-TA-TE —repitió lento pero firme, quería llevarla al límite, quería enloquecerla por completo, no se conformaba con sólo hacerla sollozar, quería que ella recordara esa sensación de debilidad, de incertidumbre y de vulnerabilidad por siempre. Annelise se estremeció, quería obedecer, pero su cuerpo no respondía, lo único que podía hacer era temblar y sollozar. Lo miró con atención; era alto, tenía los hombros anchos, unos impactantes e inquietantes ojos azules, pero no podía ver mucho más ya que la mitad inferior de su rostro estaba cubierto por una tela negra. — ¿Sabes? —alborotó su cabello castaño—, detesto repetir las cosas, Princesa —se acuclilló para quedar a su altura—, levántate —él tenía el control, no iba a permitir que esa malcriada hiciera su voluntad. Annelise temía que el hombre enloqueciera y le reventara el rostro con un golpe. — ¿No me has escuchado, o sólo eres estúpida? —la acorraló colocando sus manos a la altura de su cabeza. Por más tentadora que le resultaba la idea de atormentarla, de hacerla sollozar, de llevarla al límite y quebrarla, debía ser sensato. No podía exponer a sus hombres, en cualquier momento podrían verse rodeados por los guardias del palacio y perdería todo lo que había estado planeando. Se puso de pie, tomó la mano de Annelise y la levantó de un tirón. Eso pareció tomarla desprevenida ya que su delicado cuerpo se estrelló contra su pecho y tuvo que poner sus mano en su cintura para evitar que se desplomara de nuevo. — Espero que sea la última vez que te atreves a desobedecer —comentó con tranquilidad pues se había dado cuenta que eso parecía aterrar—. He mantenido la calma, pero no habrá una próxima vez —sintió que el delicado cuerpo de la princesa tembló y eso lo hizo sonreír; en ese momento era lo más parecido a los perros raquíticos que tanto adoraban los nobles. Sus cuerpos estaban tan pegados que se consideraba escandaloso, sin embargo no tenía la fuerza de alejarse de él, su mirada intimidante era capaz de paralizarla. Sin embargo, para su sorpresa extendió una de sus manos y la colocó en su mejilla, el contacto la hizo temblar por completo y abrir los ojos. — Debo darte un punto a favor, los comentarios sobre tu belleza sin igual no eran exagerados como pensé. Annelise intentó alejarse, pero él con una sonrisa la acercó de nuevo a su cuerpo. — Ahora entiendo la razón por la cual los Reyes te resguardaron tan celosamente. Lo más valioso de la corona jamás fue su poder o riquezas; siempre fuiste tú —la miró con intensidad, disfrutando del terror en el rostro angelical de la Princesa—, es una verdadera lástima que sus intentos por resguardar tu seguridad fueran en vano, porque ahora me perteneces, dulzura. — Por favor, suélteme —Annelise comenzó a removerse con desesperación mientras que las lágrimas seguían cayendo por sus mejillas. — Tu desesperación es de lo más exquisito —apretó su agarre en la estrecha cintura de Annelise y la atrajo hacia él y sonrió mirándola a los ojos—, tu voz suplicando es la más dulce de las melodías. — Por favor suélteme —elevó el rostro y lo miró con desesperación. Él se acercó a ella con una mirada intensa, era realmente una pena que una joven tan bella perteneciera a la estirpe más repugnante. — No —colocó sus manos en el firme pecho de aquel hombre para impedir que siguiera acercándose a ella. — ¿No? —sabía que era una canallada lo que estaba haciendo, pero no podía evitarlo; en ese momento lo dominaba el odio que sentía por ellos—, ¿qué es lo que no quieres, cariño? — Por favor, no me haga nada —su cuerpo tembló con mucha más violencia, se sentía vulnerable, perdida… Él sonrió con diversión y volvió a acariciar la tersa piel de la mejilla de Annelise. — Empújame —la atrajo a su cuerpo con firmeza—, si lograr liberarte de mí te dejaré en paz y renunciaré a tí.
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