Capítulo III

4961 Words
Christoph soltó una risotada burlona, y miró con diversión a su hermano. — Guarda tu juguetito —ladeó la cabeza y miró de la espada a su hermano. — Déjala de inmediato —amenazó, sin flaquear ante la mirada burlona de su hermano. — ¿Ahora pretendes hacerte el caballero de brillante armadura que rescatará a la princesa? —decidió no reprimir la carcajada que amenazaba con emerger de sus carnosos labios. — No, sé que no lo soy. Pero no puedo permitir que cometas ésta estupidez. — No sé qué demonios pasa por tu cabeza; pero nos estás haciendo perder el tiempo, y eso no lo voy a tolerar. Christoph miró con irritación y sorpresa a su hermano. Si bien, sabía perfectamente que estaba en contra con todo lo que hacían; jamás había intervenido en sus planes. Solía mantenerse al margen; no actuaba en contra de nadie, pero tampoco lo detenía. ¿Qué lo llevó a hacerlo en ésta ocasión? — Frederick, déjate de estupideces —su mirada se oscureció; no permitiría que se interpusiera en sus planes—, nos atraparan por tus juegos. — Esto ya es demasiado. Estás jugando con algo que no podemos controlar. — Sabré cómo lidiar con ésta fiera —acomodó a Annelise sobre su hombro, sus constantes pataletas le impedían tener una conversación decente—, ¡demonios!, tranquila —sacudió a Annelise, con irritación. — ¿Qué no entiendes?, nuestras cabezas tendrán precio en cuanto la saquemos del palacio. — ¡¿Quieres calmarte?! —sacudió a Annelise bruscamente—, no quieres hacerme enojar —dirigió de nuevo su atención a su hermano—. Nuestra cabeza ya tiene precio; te recuerdo que no somos santos. Es una putada lo que ofrecen por nosotros, unos cuantos ceros nos vendrían de maravilla, ¿no te parece? —comentó con diversión—, ¡Cálmate, Annelise! — ¡Pues bájame! —pataleó con más fuerza. — Antes muerto, princesa. — Ésto no es un juego, Chris —Frederick apretó los dientes al ver la actitud tan inmadura de su hermano. Sabía el desprecio que su hermano sentía por esa familia; podía comprenderlo, incluso compartía el sentimiento. Pero quién merecía vivir un infierno era el Rey, y la Reina, no ella—, déjala de inmediato. — Deja de tocarme las bolas —revolvió su cabello con desesperación—, sabes que no la voy a dejar —tomó el filo de la espada y la retiró de su pecho con una sonrisa burlona—. Prometí vengarme de ese cabrón de mierda, y es lo que voy a hacer. Me conoces, no voy a cambiar de parecer, jamás lo he hecho. Cuando una idea se mete en mi cabeza no descanso hasta conseguirlo —sonrió cuando vió que su hermano guardaba su arma obedientemente—, basta de juegos, Fred. — ¡Bájame! —se retorció con desesperación al percatarse que su único aliado se había rendido—, por favor —suplicó. su respiración estaba completamente cortada, y había comenzado a hipar, producto del llanto. — Te callas —saltó para desestabilizarla—, no quiero escucharte —miró a su hermano, irritado—, quítate de mi camino, Fred. No quieres terminar con la poca paciencia que me queda. Frederick bajó la cabeza, en signo de resignación y derrota; pero también a modo de disculpa por no poder hacer nada por ella. «El rencor lo está consumiendo. ¿Qué puedo hacer?», elevó su mirada al cielo, «sólo permanecer a su lado, como todos éstos años» — ¡No puedes hacerme ésto! —un desgarrador sonido atravesó su garganta. Frederick elevó la mirada al escucharla. «Lo siento», conectó sus ojos con los de ella; y sintió dolor e impotencia, al ver que en sus bonitos ojos atravesaba el temor y la súplica, «eres quien menos tiene la culpa, y la que más va a sufrir. Lo siento», desvió la mirada. No sabía por qué, pero no toleraba verla así. Annelise se seguía moviendo con desesperación; sus brazos y su torso tenían tan poca fuerza que iba colgada de cabeza. Había intentado incorporarse, pero le fue imposible. «¡Reacciona! si éstos dementes logran sacarte del palacio, jamás podrás volver». Pellizcó la mano que ese asqueroso había posado en su cintura. — ¡Mierda!, ¿es que no puedes comportarte? —vociferó y la sacudió con enojo—, he dicho que te calmes, Annelise —pellizcó su cintura con fuerza. — ¡Hey, eso me dolió! —pateó a modo de protesta. — Me parece que no te he dado una caricia, princesa —pellizcó con mucha más fuerza—, soy una persona que no tiene escrúpulos, ni remordimiento. No soy un blandengue, si tengo que lastimarte para que te estés quieta, lo haré. — ¡Ay, animal!, ¡Me duele! — ¡Hey, basta Chris! —intercedió Frederick, tomando el hombro de su hermano para detener su andar—, no la lastimes —retiró la mano de su hermano de la cintura de Annelise, para que no la siguiera hiriendo. — ¡Tú no te metas! —se liberó del agarre de su hermano. Se giró para ver a Annelise—, si no quieres que te lastime, cálmate —la acomodó sobre su hombro y comenzó a caminar—, ¡apúrate, Frederick! El salón de baile estaba en completo silencio. Estaba sola, salir de esa situación sólo dependía de ella; su posible aliado era un completo cobarde, bien pudo atravesar al imbécil y garantizar su vida como un guardia del palacio, pero cedió ante ese demente. Afinó su oído, y por fin pudo escuchar algunos sollozos débiles, pero no veía a nadie. El silencio del salón se rompió con el sonido de algo azotando el suelo, y enseguida gritos de terror. Miró a su alrededor con desesperación, estaban ahí, no estaba sola. Empuñó sus manos y golpeó la espalda de ese hombre con todas sus fuerzas. — ¿Acaso eres una de esas enfermas a las que les gusta sentir dolor, o por qué demonios sigues tocándome las bolas? —apretó los dientes—, deja de probar mi paciencia, no tientes tu suerte, princesa —comentó lentamente—. Además, no entiendo por qué luchas. Ambos sabemos que no obtendrás nada. Te aseguro que no podrás hacerme el daño suficiente. No vas a conseguir que te suelte y te devuelva tu libertad —saltó para acomodarla sobre su hombro, y accidentalmente colocó la mano cerca de sus glúteos. — ¡No me toques! —pataleó para que retirara su mano—, ¡me das asco! ¡depravado! — ¡Qué delicada me saliste! —se burló, pero retiró la mano—. No te preocupes, Annelise. Jamás me atrevería a tocarte; no podría tener interés en algo tan simple, bajo, asqueroso y poca cosa; como tú. — Depravado —susurró molesta. Christoph se limitó a sonreír; esa actitud le parecía mucho más estimulante. — ¡Annelise! —el rostro del Rey palideció en cuanto vió que su amada hija estaba en manos de uno de esos desgraciados—, ¡Annelise! —no sabía de dónde había conseguido fuerzas para levantarse, quería ir con ella, protegerla a toda costa. — ¡Cállate, mierda! —uno de los hombres vestidos de n***o golpeó el rostro del Rey, y lo mandó al suelo. — ¡Papá, papá! —miró a su alrededor, buscando con desesperación a su padre. — Te aseguro que no quieres verlo —comentó con diversión—, está hecho una mierda. — ¡Tú cállate! —su voz se tornó ronca—, papá, ¿dónde estás? Por fin pudo verlo. En una de las esquinas se encontraban acorralados sus padres y todos los invitados. Los hombres frente a ellos tenían una vestimenta similar a la de los hombres con los que había interactuado; y les apuntaban con armas. — ¡Suéltala! —vociferó el Rey—, ¡ella es inocente!, ¡el asunto es conmigo, mierda! — Sabía que enloquecería al saber que te tenía en mi poder —se detuvo a apreciar la escena. — ¡Cállate, loco! —se removió con desesperación—, ¡guardias! ¡guardias! — No querrás saber el motivo de su ausencia —¡por fin comenzaba a divertirse!, lástima que tenía el tiempo contado. — ¡Ven por mí! —se arrastró el Rey con desesperación, pero uno de los guardias lo regresó a su sitio con una patada—, ¡Ven por mí, imbécil! — ¡Animal! —vociferó Annelise; la furia la invadió al escuchar los golpes que le daban a su padre, «¿cómo pueden ser tan crueles?» — ¡Qué conmovedor! —se carcajeó Christoph — ¡Annelise! —el Rey había comenzado a sollozar—, suéltala, ella no tiene nada que ver. — ¡Cállate! —seguido de su grito, el Rey recibió una patada en el estómago—, no lo olvides, ¿quien tiene el poder ahora? —comentó con tranquilidad—, si no quieres que le pase algo a tu preciosa hija, cierra la puta boca. El Rey retrocedió sin dejar de mirar al cabrón que tenía a su hija, y que le había destrozado la pierna; estaba en desventaja, los hombres frente a él tenían equipamiento militar, y al parecer también entrenamiento. No podía enfrentarlos, ni desobedecer. —Te dije —sonrió con satisfacción ante la imagen del Rey retorciéndose en el suelo—, eres lo más preciado del Rey — la bajó de su hombro, y la colocó delante de él. Quiso correr en cuanto sus pies tocaron el suelo; pero ese hombre la detuvo tomándola por los hombros y pegando su espalda a su pecho. — ¿A dónde crees que vas, fierecita? —susurró en su oído—, es admirable tu padre, ¿ves cómo lucha por tí? —apretó sus hombros y dejó salir una suave risa—, ni siquiera cuando le apunté con la pistola luchó tanto. — ¡Eres despreciable! —giró su rostro y lo miró con rencor—, estoy segura que te pudrirás en el infierno por todo lo que nos estas haciendo. — Ya me he hecho a la idea —besó su oreja, juguetón—, ya nos encontraremos en ese cálido lugar. — Maldito —apretó los dientes y apartó la mirada. — Princesa —una carcajada emergió de sus labios—, ¡Qué educación la tuya! —acarició sus hombros con delicadeza—, jamás imaginé que una joven de tu categoría se atrevería a decir esas palabras. — ¿Pretendes que te hable con respeto?, estás atormentando a personas inocentes sólo por diversión. — ¿Inocentes? —se carcajeó y le dió vuelta para conectar sus miradas—, sí que vives en un cuento, princesa —le dió la vuelta, apretó sus mejillas y movió su cabeza de un lado a otro para que viera a todas esas ratas—, no son inocentes. Tus padres, tú, y todos los bufones de tu corte son mucho más perversos y despreciables que yo y que todos mis hombres. Y si piensas que me iré al infierno, no sé qué lugar será adecuado para recibir a la peor escoria que ha pisado éste Reino. — Nadie podría ser tan despreciable como tú. — Gracias por el cumplido —Annelise por fin estaba luchando un poco; prefería recibir sus insultos, que tener que lidiar con su irritante llanto. Aunque admitía que al principio le pareció delicioso. — Despreciable. — Me gusta nuestra conversación, pero tenemos que irnos —sonrió divertido—, ¿caminas, o deseas que te lleve? — No me voy a ir contigo —se removió entre los brazos de Christoph. — Está bien, te llevo —sin decir una sola palabra más, la levantó tomándola por la cintura y la colocó sobre su hombro—, un favor —ladeó su cabeza para poder verla—, ¿podrías gritarle a tu padre una vez más?, me gustaría verlo caer una vez más. — No te voy a dar gusto, mi padre no es tu bufón —golpeó la espalda de Christoph. — Está bien, hagamos algo —la bajó nuevamente—, ¿te dije que hoy me siento especialmente benevolente? —se giró a ver a su hermano—, sostenla. Pobre de tí si la dejas ir. Frederick miró a su hermano con confusión, «¡qué demonios!» — Yo lo hago —se ofreció otro de los hombres al ver la indecisión en Frederick. — Perfecto —sonrió y caminó hacia sus hombres y los nobles—, hagamos algo —hizo un movimiento con las manos para que sus hombres se apartaran—, tu hija será un verdadero dolor de huevos. Por eso te daré la oportunidad de luchar por su libertad —se acuclilló para quedar a la altura del Rey—, te daré cinco segundos para llegar a nosotros —hizo una pausa y fingió pensar—, hoy me siento generoso, te daré ocho valiosos segundos. En cuanto llegues a mí, la soltaré y me marcharé con todos mis hombres. — ¿Cuál es la trampa? —gruñó el Rey. — Si estuviera en tu lugar estaría agradecido y no cuestionaba nada —se carcajeó delante del Rey—, la gente como ustedes no tienen llenadera — ¡Espera! —el Rey lo detuvo con su grito. — Entonces… ¿aceptas? —arqueó una de sus cejas. — Por supuesto —gruñó el Rey—, por mi hija soy capaz de hacer cualquier cosa. — Perfecto —de la funda sacó su arma y apuntó a la pierna sana del Rey—, hagamos las cosas parejas. Te he dado más tiempo, lo justo es que empareje tu pierna —sin decir más apretó el gatillo. — ¡No! —Annelise luchó contra el hombre que la tenía aprisionada entre sus brazos—, ¡demente! ¿qué has hecho? El Rey se retorció del dolor en su lugar, se dejó caer al suelo y se revolcó. — Se parece a uno de los cerdos del campamento ¿no creen? —todos sus hombres estallaron en carcajadas—, al final eso es lo que son. Cerdos que merecen revolcarse entre la basura. Caminó hasta Annelise, le sonrió y la tomó entre sus brazos. — Observemos el gran sacrificio de tu padre —susurró en su oído—, ¿qué será más poderoso?, el amor que siente por tí, o el dolor… — Detén éste circo —buscó su mirada con desesperación. — No puedo hacerlo —volteó su rostro para que mirara a su padre—, he hecho un trato con tu padre, no puedo romper nuestro acuerdo. Eso me dejaría como una persona poco confiable. No puedo manchar mi imagen. — Desgraciado —ladeó su cabeza para liberarse de su agarre. — ¡Rey! —vociferó— empezará su tiempo. — Termina con ésto. — ¡Empezamos! —los hombres comenzaron a vitorear—, ¡hagan sus apuestas! —sus hombres se carcajearon y comenzaron a juntarse en pequeños grupos—, ¡una ronda a que no lo logra! —zarandeó a Annelise—, recuerda que todo ésto lo haces por ella. Ábranse —indicó a sus hombres. — Basta —se giró para no ver a su padre sufrir. — Uno —el Rey comenzó a arrastrarse con desesperación—. No, no, no, no. No puedes arrastrarte, eso sería demasiado fácil —el Rey obedeció y se puso de pie, pero de inmediato su cuerpo cayó sobre el brillante suelo del salón—, dos. — ¡No lo hagas, papá! —vociferó Annelise sin atreverse a mirarlo. — ¡Cállate! —retomó su sonrisa para seguir contando—, Tres. ¿Ese es el esfuerzo que se merece su hija? —el Rey se arrastró por el suelo—, ¡Eso es trampa!, si quiere a su hija tiene que ponerse de pie —su voz sonó cantarina—, cuatro —una carcajada divertida emergió de sus labios en cuanto lo vió caer—, ¡de pie, basura! cinco —pasó las manos por el contorno del cuerpo de Annelise—, ¿de verdad quiere arriesgarse a que la lleve conmigo?, ¡Seis! — Déjala —se arrastró con desesperación al ver que ese desgraciado manoseaba a su hija con descaro. — No, no, no, no. Eso no vale, ¡de pie! ¡siete! —depositó un beso en el cuello de Annelise—, ¡y ocho! —aplaudió divertido. Dejó a Annelise en manos del hombre que la había cuidado momentos antes, y caminó hacia el Rey—, no la alcanzó; eso significa que me he ganado a su hija limpiamente. — Bastardo, idiota —miró a Christoph con la mirada oscurecida. — La dí una oportunidad —aplastó sus manos con sus botas—, lo quiero de vuelta —al ver que el Rey no reaccionaba, comenzó a patearlo para regresarlo a su lugar—, espero que la culpa de no recuperar a su hija lo carcoma por el resto de su vida, viejo infeliz —miró a sus hombres—, nos adelantamos, pueden divertirse con éstas mierdas. Pero no manchen sus manos, ni su ropa. Con una sonrisa regresó con Annelise, ella lo recibió con una bofetada. — ¡Eres despreciable, ruín!. ¿Cómo te puede divertir ésto?, ¿hay algo malo en tu cabeza? —su respiración estaba acelerada, aunque ya no era de temor, ni producto de los sollozos, ahora se debía a la rabia que la estaba consumiendo—, seguro se hizo daño. — Me parece que no eres muy inteligente —se carcajeó—, es evidente que se ha hecho daño. Y si no captas las cosas, esa era la intención. Christoph levantó a Annelise sin ningún tipo de esfuerzo y la colocó en su hombro. — ¡No! ¡Annelise! —el grito desesperado del Rey resonó en el salón de baile—, ¡no se la lleven! — Espero que por las noches no puedas dormir; que el temor por su seguridad te carcoma; que enloquezcas del dolor. Deseo que vivas el infierno en vida, hijo de puta —le sonrió con burla y caminó en dirección a la salida. Era desgarrador escuchar cómo su padre luchaba por mantenerse en pie e ir por ella. Dirigió su mirada a su padre, y aún cuando tenía ganas de llorar, no iba a hacerlo; ellos y estarías preocupados por su desaparición, no podía añadir la carga de que se iba sufriendo. Ella les demostraría fortaleza, aunque no la tuviera. — Voy a estar bien, papá —intentó que su voz saliera firme, pero le salió cortada y temblorosa. Estaba aterrada, pero no se los haría ver. — No, no va a estar bien —gritó Christoph mientras se carcajeaba—, ¿quieren saber cuántas vidas he arrancado de maneras horribles?, puede que termine siendo un número más en mi lista. — ¡No! —gritó el Rey con desesperación, mientras luchaba con los hombres que lo retenían. — Disfruten de una larga y dolorosa vida. — ¡Te encontraré. Bastardo de mierda! —vociferó el Rey mientras se dejaba caer en el suelo. Salieron del salón de baile. Christoph estaba de excelente humor; ladeó su cabeza para mirarla. — Luchó más de lo que imaginé —comentó divertido—, si te soy sincero, pensé que se rendiría con el impacto —se carcajeó—, ¡qué espectáculo el de ésta noche! Al parecer no me equivoqué contigo, si eres lo que más le importa. — Te odio, estás enfermo, ¿cómo puedes estar tan tranquilo con lo que acabas de presenciar? —golpeó la espalda de Christoph. — No fue la primera, ni la última vez que lo haré. — ¿Cómo pudiste atormentarlo de esa manera? —volvió a estallar en llanto. — Es tu culpa, comenzaste a llamarlo —encogió sus hombros—. Eres una dramática, ¿de verdad pensaste que lograrías algo? —se carcajeó—, ese viejo infeliz no podía hacer nada para salvarte, únicamente lo alteraste. Afortunadamente pude hacer de esa patética situación, algo memorable. — ¿Cómo puedes decir que algo tan ruín puede ser memorable?, sólo a un enfermo como tú le pareció divertido. — Te equivocas, estoy seguro que todos mis hombres gozaron del espectáculo —saltó para molestarla. — ¡Hey! — Una disculpa, su Majestad —volvió a saltar con una sonrisa. Annelise miró con desesperación cómo se acercaban cada vez más a la puerta principal. Nadie había acudido a su llamado, ni siquiera los sirvientes. Pero se lo merecía, ella igual había ignorado los gritos de terror y las súplicas de sus padres e invitados. Volvió a empuñar sus manos y golpeó la espalda de Christoph con toda la fuerza que logró reunir. — Eres patética —murmuró—, aún tienes la esperanza de librarte de mí. — Y tú un demente. — Estás tan esquelética que pensé no sería problema cargarte; pero me equivoqué, si pesas, y ya me duele la espalda con todos tus golpes. Te bajaré, más te vale que no comiences con tus jueguitos, no tengo tiempo para divertirme contigo. La bajó de su espalda y la colocó a su lado; sería mucho más sencillo; así podría controlarla con pellizcos y empujones. La tomó de la cintura y la hizo avanzar. Sus pasos eran torpes y lentos; además, se resistía clavando sus pies en el suelo. Salieron del castillo; la imagen frente a ella la congeló. Los guardias no habían acudido a su llamada porque estaban ahí, tendidos en el suelo. Se detuvo de golpe y cerró los ojos. — En mi defensa, no quería herirlos, pero se resistieron. Dieron la vida por tí. ¿Cómo pudieron dar su vida por algo tan insignificante que no vale la pena? —encogió sus hombros—. En fin, sigamos. Se hace tarde. Annelise miró al frente, con el fin de ignorar los cuerpos sin vida de los guardias; aunque el olor a sangre llegaba a su nariz. El relinchar de algunos caballos llamó su atención, levantó la mirada, y encontró el motivo. Bajando las escaleras se encontraba un grupo de tres hombres montados en sus caballos; habían otros desocupados, seguramente pertenecían a los dementes que aún se encontraban dentro del palacio. — No —susurró y se detuvo de nuevo. Christoph la empujó por la cintura para hacerla avanzar. En un acto desesperado se dejó caer al suelo y puso su cuerpo rígido para que no pudiera levantarla; en el fondo sabía que era inutil, que se la llevarían. Pero deseaba tener el consuelo de que había luchado hasta el final. — Basta de juegos —Christoph tomó las manos de Annelise para ponerla de pie, pero no lo logró—, hablo en serio, no me hagas lastimarte. Queriendo terminar con todo; se agachó, la tomó por el torso y tiró con fuerza para ponerla de pie. Annelise vió la oportunidad perfecta; extendió sus manos y tomó dos mechones del cabello de Christoph y jaló con todas sus fuerzas. — ¡Mierda! ¡suéltame! Intentó enderezarse para liberarse; pero esa maldita malcriada no se lo permitía. Llevó las manos a su cabeza y comenzó a manotear y a pellizcarla para que lo soltara; pero no dió resultado, ella estaba bien agarrada a su cabello. Si se enderezaba, ella quedaría colgada. Sus hombres estallaron en carcajadas al ver tan patética escena. — ¡Cállense, mierdas!, ésto no es un puto circo —gritó desesperado—, ¡Frederick! ¡Ayúdame!, ¡Quítamela de encima! — Te soltaré si me prometes que me dejarás en paz —tiró con mucha más fuerza, llevándose algunos cabellos. — ¡Ayúdenme, animales!, no se queden sólo mirando —gruñó exasperado sin dejar de luchar. Frederick miró la escena con una sonrisa. No pensaba interceder, a menos que su hermano la dañara. — ¡Apuesto a la princesa! —anunció Frederick—, ¿quién entra? — Déja de jugar, imbécil —gruñó Chris—, suéltame. — Déjame libre, y lo haré —uso el piso para apalancarse y ejercer más fuerza. — ¡Jamás!, estás loca si crees que voy a dejarte libre después de ésto —se quejó cuando ella jaló su cabello—, ¡Maldita! — ¡Vamos, Annelise! —aplaudió Frederick. — Déjate de estupideces y ayúdame, Frederick. Pellízcala, muérdela, patéala —al escucharlo, Annelise jaló de nuevo su cabello—, ¡haz algo para que me suelte! — Te soltaré si prometes marcharte, dejarme en paz, y jamás cruzarte en mi camino. — No quiero lastimarte, me estoy controlando. ¡Ay! Te lo advierto, suéltame. — Liberame, no quiero ir contigo. Si lo haces, te soltaré. — No soy imbécil. No hay manera en que yo acepte eso. Eres el tesoro del Rey. ¡Ay! No lograrás salirte con la tuya —apretó los dientes—, ¡estoy harto de tí!, te dí la oportunidad de salir de ésta sin ser lastimada —colocó sus manos en la cintura de Annelise y con algo de dificultad la empujó con todas sus fuerzas. Ésto la tomó por sorpresa. Perdió el equilibrio y cayó rodando por las escaleras. — ¡Hey! —empujó a su hermano con enojo—, no te pases, imbécil—, pateó a su hermano con fuerza y bajó corriendo las escaleras. Al llegar a donde se encontraba, se acuclilló delante de ella y la miró con preocupación—, ¿dónde te duele? —su delicado rostro estaba desfigurado por el dolor y había comenzado a sollozar. — Me duele —se quejó, colocando su mano en la espalda baja para aliviar el dolor que sentía. — Levántate —Christoph se colocó delante de ellos con los brazos cruzados sobre su pecho. — ¡Basta!, déjala en paz. Ella no es su padre —encaró a su hermano. — Me preocuparía si no supieras diferenciarlos —empujó a su hermano. — Deja de atormentarla. — Hemos perdido minutos valiosos por sus estúpidos juegos —la señaló con enojo—, le tuve paciencia, pero llegué a mi límite. — ¿Qué no te das cuenta?, ella no es muy diferente a nosotros. Sólo esta luchando por permanecer en su hogar, con su familia. — ¡Vaya familia de mierda que tiene!, estoy seguro que terminaremos haciéndole un favor. — Estoy de acuerdo en que son horribles, pero ella no tiene la culpa. ¡Por Dios!, La has tirado de las escaleras, ¿no te das cuenta? —ignoró el comentario de su hermano. — Tenemos que irnos —apartó a su hermano de un empujón; la tomó de la mano y la puso de pie de un jalón. — ¿Piensas llevártela después de lo que has hecho? —tomó el brazo de su hermano. — ¡Claro! —se liberó de su agarre—, ¿o qué piensas? no la traje para que nos despida. Ésta muñeca me pertenece, me la gané limpiamente. — ¡Basta con ésta mierda!, ésto no es parte del plan —colocó su mano en el torso de su hermano y lo empujó. — Tampoco lo era venir a hacer éste alboroto y hacerle mierda las piernas al Rey. Y aquí estamos, con un buen show, y ese bastardo sufriendo. — Deberíamos dejarla —al no recibir respuesta por parte de su hermano, añadió—, ¿crees que a mamá le gustaría ésto que pretendes hacer? — Es una putada que uses a mamá para manipularme —quitó las manos de su pecho—. Ella no estaría de acuerdo con nada de lo que hacemos; pero irónicamente todo lo hacemos por ella —su mirada se oscureció—, mamá ya no está, no lo olvides. Ya no quiero escucharte, te callas la puta boca —pasó por un lado de su hermano y lo empujó con el hombro. Frederick los miró por la espalda; a pesar de que iba cojeando se resistía. «No puedo hacer que te quedes en tu hogar, pero me encargaré de que estés bien». — Por favor —Annelise decidió implorar una vez más. Se sentía adolorida, sin fuerzas y derrotada. — ¡Cállate! ¡has colmado mi paciencia! —la subió a su caballo y se posicionó detrás de ella. Frederick se acercó a su hermano, con la cabeza agachada en signo de obediencia. «por lo menos me gustaría que esté tranquila. Chris sólo la va a alterar y a atormentarla» — Chris… al menos déjame llevarla. — No, ella va conmigo, sube a tu caballo —no quería dirigirle la mirada, usar el recuerdo de su madre para atormentarlo y manipularlo era una putada. Se le revolvía el estómago sólo de verlo. — Por lo menos... —no logró terminar la frase porque su hermano lo miró con frialdad y lo interrumpió. — Te dí una orden, Frederick. Al ver que su hermano no se apartaba de su camino hizo avanzar a su caballo para dejarlo atrás. «¿cómo puede decir eso por ella?», conectó su mirada con la de Annelise. — No... —susurró—, Por favor, ten piedad de mí —suplicó una vez más. — ¡Cállate o te caerás!
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