Capítulo IV

4568 Words
El caballo avanzaba a gran velocidad; se suponía que debía ser un buen líder y mantenerse detrás de sus hombres para resguardar su bienestar y seguridad; pero eso era lo que menos le importaba en esos momentos, se sentía tan enojado que ni siquiera se detuvo a pensar en ellos cuando dió un latigazo al caballo para hacerlo andar. El frío viento golpeando su rostro y la adrenalina que recorría su cuerpo por la velocidad era lo que él necesitaba para tranquilizarse un poco. No quería cometer otra locura. El enojo jamás había sido el mejor de sus consejeros, prueba de ello era esa noche. No debían estar ahí, eso no estaba planeado; sabía perfectamente que el pequeño teatro que había armado les traería demasiados problemas. Se habían puesto en la mira del Rey. Pero no pudo evitarlo; el coraje por ver la situación precaria del pueblo y de su gente, en contraste con la extravagante celebración de la Familia Real de Astrot, lo hizo enfurecer. Lo peor no había sido entrar al palacio, ni siquiera destrozar las piernas del Rey. Ahora tenía lo que más amaban esos hijos de puta, y sabía que no descansarían hasta tenerla de vuelta con ellos. ¿Qué demonios iba a hacer con ella? Una chica de su categoría sólo iba a ser un dolor de huevos, pero ya no había marcha atrás. Había retado al Rey, lo había atormentado con lo que más amaba, aún si la devolvía, su cabeza seguiría teniendo un alto valor. Lo mejor era mantenerla con ellos, no serviría de nada, pero al menos los Reyes no estarían en paz, incluso eso podría debilitarlos. — Detén el caballo, por favor —había perdido el completo control de su respiración, ahora estaba completamente acelerada, había comenzado a hiperventilar; por otro lado su voz estaba cortada y había comenzado a tartamudear. — ¡Cállate! —vociferó sin tomarse la molestia de bajar la mirada para observarla—, ¡cállate, Annelise! Un pánico indescriptible la invadió al escuchar su voz gutural; jamás había escuchado una voz tan aterradora. Apretó entre sus manos la camisa negra de ese hombre para no caerse. Miró hacia atrás por el hueco que quedaba entre el brazo y el torso de ese hombre; su hogar había desaparecido entre la niebla y los árboles. Sus nudillos se tornaron de un preocupante color blanquecino, pero eso no le importaba. La impotencia y el terror la tenían dominada. Lo había perdido todo, no era ninguna tonta, sabía que jamás regresaría a su hogar, ni vería de nuevo a sus padres. ¿Qué sería de ella?, estaría rodeada de esos delincuentes que seguramente tenían la peor de las intenciones. Christoph dió un nuevo latigazo para hacer andar al caballo con mucha más velocidad, aunque eso parecía imposible. Necesitaba esa adrenalina para descargar su enojo, de otra manera no sabía de qué más sería capaz. Las palabras de su hermano llegaron a su mente; bajó la mirada para ver a la causante de esa confrontación entre ellos, jamás lo había detenido, ni confrontado; había hecho cosas peores, y su hermano permanecía aislado, sin involucrarse, ¿por qué con ella si había intercedido?. Dejó salir un grito desgarrador; tenía ganas de llorar del coraje que sentía, ya no aguantaba. Quería terminar con toda esa mierda, sólo así estaría en paz. El arrepentimiento de no terminar con la vida de los Reyes y de toda su corte comenzó a invadirlo, «si tan solo hubiera… estúpido, mil veces estúpido». Terminar con esos malditos sería lo único que le daría tranquilidad, lo único que aliviaría su rencor, sólo así podría tener una vida normal. El contacto de su cuerpo con el de ese asqueroso la hacía estremecer; sin embargo no tenía opción. Ahora se encontraba abrazada al torso de ese demente; caería si no lo hacía, estaba segura. Elevó la mirada para examinar a detalle sus expresiones y rasgos. Era un demonio; en su rostro no había ni un rastro de culpa por todo lo que le había hecho a ella, o a su padre; ni siquiera por las vidas que había arrancado esa noche. «¿Qué va a ser de mí?», cerró los ojos y dejó que las lágrimas fluyeran, «ha matado a decenas de guardias inocentes. Ellos que sólo hacían su trabajo, con los cuales no tenían ningún tipo de rivalidad… ¿qué pasará conmigo?, que es evidente que tiene algo en mi contra, sus ojos no reflejan más que odio, rencor». Desvió la mirada y la mantuvo en la negrura de la noche, «estoy perdida», se refugió en el pecho de ese desgraciado para ahogar sus sollozos, «vulnerable en los brazos de quién más me ha dañado. Patética situación» — ¿Quieres guardar silencio? —su irritable llanto lo tenía harto—, no quiero escuchar nada de tí. Annelise mordió con fuerza su labio inferior para contener su llanto, lo cual fue inútil pues estaba incontrolable. — Hablo en serio, Annelise —su voz salió grave, rasposa—, no quiero escuchar ni siquiera un sollozo, grito o súplica. Estoy cansado de tí. — ¡Despiadado!, exiges que me calle y que no te moleste, pero me has arrancado de mi familia, de mi hogar. ¿Pretendes que esté feliz y tranquila con todo ésto? —hipó descontroladamente. — Despiadados tú y tu gente —detuvo el caballo por un momento, y tomó las mejillas de Annelise y las apretó con fuerza, provocando en ella una mueca de dolor. — No, no entiendo —se movió bruscamente con la intención de liberarse de su agarre—, ¿qué te he hecho para merecer ésto? — Tu familia me hizo vivir el infierno en vida, sólo les estoy devolviendo el bonito gesto —apretó con más fuerza, y sonrió al escuchar su quejido y ver el dolor en su rostro. — Suéltame —su voz salió sin fuerza, ahogada—, por favor. — No soy un hombre piadoso, Annelise. Pagarás todo lo que tu gente nos ha hecho. — ¿De… de qué me hablas? —sus ojos no paraban de soltar lágrimas. — Tu cara de idiota no me va a convencer. Eres tan culpable como ellos. sólo eres una malcriada privilegiada. Pero yo te enseñaré lo que es la verdadera vida —soltó sus mejillas con brusquedad y retomó el andar con la misma velocidad. Annelise bajó su cabeza y llevó sus manos a sus mejillas y frotó con insistencia y delicadeza para aminorar el dolor que le dejó su agresión. El agarre había sido tan brusco que estaba segura que le dejaría una marca en las mejillas, el dolor era intenso, aún sentía una punzada en el lugar exacto en el que él había apretado. «Seguir luchando no servirá de nada, ¿qué conseguiré si lo sigo haciendo?», las posibilidades de lo que él pudiera hacerlo la atormentaba, «él no tiene escrúpulos; no me mostrará ningún tipo de piedad… lo ha dicho. Seguir luchando contra él no es de lo más inteligente. Seguirá lastimándome, sin importarle nada, sin sentir ninguna clase de remordimiento o de cuidado. No conseguiré nada con ésto, no va a dejarme libre» «Si tan solo no hubiera salido al balcón…», ese pensamiento comenzó a rondar su mente y a atormentarla, «si hubiera aguantado al detestable de Markus unos minutos más…», escondió su rostro entre el torso y el brazo de Christoph, «nada de ésto habría pasado si subía a mi habitación, o me quedaba dentro del salón de baile. Seguiría con mis padres y el resto de nobles. ¿Por qué tenía que salir? ¿por qué tuve que pelear con mi madre?. ¡Brillante, Annelise!, tú sola te has condenado a éste infierno», se sentía arrepentida, abrumada, culpable; todo había sido su culpa. si estaba en esa situación era por el carácter del que tanto se habían quejado sus padres. Dirigió su atención hacia el suelo; la idea de aventarse del caballo para terminar con su vida comenzó a rondar su cabeza, «si me lanzo no tendré que ir con ellos», la tentación de hacerlo era demasiada, «podría correr con la suerte de que nada me pase al caer…», miró el suelo dubitativa, elevó la mirada para ver a Christoph, estaba concentrado en el camino, la mirada estaba fija al frente, «papá se ha caído de algunos caballos, y nada serio le ha pasado, puede que corra con la misma suerte. ¿Será que se ha caído de un caballo que va a tal velocidad?», Christoph estaba demasiado concentrado, ni siquiera le estaba prestando atención, ni siquiera se imaginaba lo que estaba pasando por su cabeza. Bajó la mirada y volvió a mirarlo, dicha acción la repitió en varias ocasiones, «no estoy segura con ellos, mi vida corre el mismo peligro que si salto del caballo; puede que saltando del caballo tenga más posibilidades de sobrevivir que si voy con ellos». Esos hombres eran unas bestias, monstruos terribles y sin sentimientos. No se habían detenido cuando masacraron a los guardias del palacio, estaba casi segura que harían lo mismo con ella, pero de maneras mucho más crueles y enfermas, por algo la habían llevado con ellos. Eso era más que evidente, las palabras llenas de rencor hacia ella lo hacían evidente. Esos hombres, si es que podía llamarles así, eran capaces de cometer la peor de las atrocidades. Miró de Christoph al suelo, una vez más, el terror la invadía, pero ¿qué era mejor?, «¿qué prefieres, Annelise? ¿aguantar todas las barbaries que un hombre como él es capaz de cometer, o saltar del caballo?, en ambas puedes morir, pero si saltas y sobrevives, puedes volver», se aferraba al último rayo de esperanza que tenía, «sé positiva, nada malo te va a ocurrir». Miró hacia atrás de ellos para asegurarse de que nadie viniera detrás de su caballo; al asegurarse que nadie venía cerca comenzó a acomodarse para dejarse caer, «tu puedes…», cerró los ojos y comenzó a deslizarse. — ¡Estúpida!, ¿qué demonios pensabas hacer, Annelise? —detuvo el caballo de golpe, la tomó de la cintura y la miró con incredulidad—, ¡responde! —despeinó su cabello con desesperación—, ¡Demonios, Annelise! —ella permaneció en silencio, con la miraba baja—, ¿A caso eres idiota? ¿cómo se te ocurre hacer tal estupidez? —elevó la voz, no comprendía tal grado de idiotez humana. — Porque prefiero saltar, lastimarme y librarme de tí, que tener que aguantar a un demonio como tú el resto de mi vida —estaba decidida, y aunque había dudado si era una buena opción cometer tal acto s*****a, prefería saltar y correr el riezgo de morir, que ir con ese demente. — ¿A caso estás loca, o idiota? si saltas vas a morir, nadie sobrevive a una caida a tal velocidad —la tomó por las mejillas y elevó s rostro para conectar sus miradas; sin embargo sus hermosos ojos verdes no reflejaban nada, las lágrimas seguían saliendo de ellos, pero parecían vacíos de cualquier tipo de emocion—, te lo advierto —apretó con má fuerza—, no voy a tolerar un acto tan idiota. Ni se te ocurra hacerlo, porque aunque saltes voy a regresar por tí, y te arrastraré si es necesario… no quieres pasar por algo así, te lo aseguro. — ¿Qué ocurre? — Frederick detuvo su caballo a la par del de su hermano. Miró con interés y preocupación la escena que estaba montando su hermano: apretaba las mejillas de Annelise con fuerza y la obligaba a mirarlo. Ella tenía la mirada perdida en un punto detrás de la cabeza de su hermano, pero Christoph estaba fuera de sí, no había logrado tranquilizarse—, ¿quieres soltarla, por favor? —miró con desaprobación a su hermano. — No te metas en lo que no te importa, Frederick —comentó con una voz gélida—, sigue tu camino, y déjanos en paz. — Si me importa, Chris. Ella no parece estar bien, ¿acaso no ves su expresión? — Lo que no está bien es su cabeza —le soltó las mejillas, empujando suavemente su rostro—, la idiota trató de saltar del caballo en movimiento. Pero eso es algo que me corresponde tratar con ella, sigue tu camino. — ¿Por qué querías saltar? —la miró con sorpresa, sin embargo ella no lo miró, seguía perdida, era como si hubiera entrado en shock. — He dicho que yo me encargaré —respondió bruscamente. El tono de su voz provocó que el cuerpo de Annelise diera un pequeño respingo, pero no volvió en sí—, ésto no es tu asunto. Sigue tu camino. Annelise había perdido toda esperanza; podía percatarse por la nula expresión de su rostro. La culpa comenzó a invadirlo, debió ser firme y no permitir que su hermano cometiera tal atrocidad; pero no lo había sido, fue un cobarde que como siempre, se mantuvo al margen y no intervino a favor de las víctimas. Él era tan culpable como todos los demás, aún cuando él no había arrancado ninguna vida. Ahora lo único que podía hacer era protegerla; no podía dejarla con su hermano, bastaba con ver su exagerada reacción de hacía un momento. Si bien, era cierto que ella iba a cometer una estupidez, eso no justificaba la agresiva reacción de Chris. Lo mejor para Annelise y para su hermano, era que él la trasladara. El viaje sería de ayuda para que su hermano se tranquilizara, y sería mucho más tranquilo y cómodo para ella. — Chris, sé que estás estresado, por favor, permite que ella viaje conmigo —la mirada burlona de su hermano no detuvo sus palabras—, creo que estar solo, en silencio y galopar a toda velocidad será de mucha ayuda para tí. — No, definitivamente no. No eres apto para cuidarla, con lo blando que eres, estoy seguro que se te escapará —lo miró con diversión y soltó una risa burlona—, no necesito tu ayuda, gracias. Puedo lidiar con ésta fiera sin tu ayuda. — No se me va a escapar —entrecerró los ojos, irritado—, no me menosprecies —estaba seguro que era capaz de lidiar con ella sin la necesidad de tanta violencia, podía hacerlo mejor que él, de manera más humana. — Me remito a los hechos, eres un blandengue. No puedo confiarte una tarea de tal magnitud. Frederick abrió los ojos y la boca. Las palabras de su hermano lo herían, estaban hablando de confianza; el comentario acerca de su capacidad lo enfureció, pero la desconfianza lo lastimó. — Puedo lidiar con ella —comentó más tranquilo al ver el rostro dolido de su hermano. — Nunca dije que no pudieras lidiar con ella —ignoró el nudo que se le hizo en la garganta, y el dolor en su pecho—, simplemente me gustaría ayudarte —hizo una pausa meditando por un momento lo que estaba por decir—, jamás te he fallado —aclaró su garganta al sentir que su garganta se obstruía—, no entiendo por qué no confías en mí para éste trabajo —guardó silencio para darle la oportunidad de responder, y prosiguió al no recibirla—, ¡por Dios, Chris!, soy tu hermano, he estado contigo en todo momento, deberías confiar más en mí. — Confió en tí, pero… — ¿Pero? —comentó con dolor. Christoph pasó la mirada de su hermano a Annelise; confiaba en él ciegamente, pero ciertamente le desconcertaba su favoritismo e intervenciones con ella. A Frederick le faltaba carácter, decisión. En ocasiones era una persona demasiado sentimental. Estaba seguro que la habría dejado bajar del caballo si se encontraban cerca del palacio; incluso sabía que por su mente correría la posibilidad de llevarla de vuelta al palacio para que no corriera ningún peligro. Pero estaban demasiado lejos, y no se atrevería a traicionarlo. Dejarla ir con él era la mejor de las opciones en ese momento; después de todo no tenía ganas de aguantarla. Podría librarse de ella por algunos minutos, eso le ayudaría a tranquilizarse un poco de camino a la aldea — Si llega a pasar algo te las verás conmigo —sintió la necesidad de decirlo, su hermano se limitó a asentir con la cabeza sin mirarlo, toda su atención se encontraba en ella. — Jamás te he fallado, te aseguro que esta vez no será diferente —acercó su caballo al de ellos—, ven conmigo, Annelise —le habló con una voz delicada, sin embargo ella seguía fuera de sí. — ¡Te están hablando, mierda! —Christoph la zarandeó para hacerla reaccionar, ¿había quedado tonta o por qué no reaccionaba? — Basta, Chris —¿no se daba cuenta que estaba afectada, y que esas acciones deterioraban su estado? — Detesto esa cara de tonta que tiene —rodó los ojos demostrando cuán fastidiado se encontraba. — Déjame hacerlo a mí manera, Chris —volvió a dirigir su atención a ella— ven conmigo, Annelise —extendió su mano y tomó la de ella delicadamente. Ese contacto la hizo elevar la mirada y conectarla con la de ese hombre; parecía mucho más amable y sensato que el tal Chistoph. Pero no quería confiar; después de todo eran hermanos, sin olvidar el hecho que él también era un delincuente. Su dulce mirada no borraba sus pecados, ni todas las muertes que había arrancado esa noche. — Si tienes un poco de inteligencia sabrás identificar que te conviene viajar con él —su voz salió cantarina, burlona. — ¿Vienes? Lo miró con desconfianza, no podía mirarlo de otra manera; su amabilidad y el haberla defendido de su hermano no garantizaba que sus intenciones fueran las mejores. — No tengo toda la noche, todos nos han rebasado —sin ningún tipo de cuidado tomó una de sus muñecas y la elevó para pasarla al otro caballo. — ¡Ay! — ¡Chris! —de inmediato extendió sus manos para tomarla de la cintura y que el dolor en su muñeca fuera el menor posible. — Ni se te ocurra quejarte, él quiso hacerlo a su manera y fuiste tan tonta al no aprovecharlo —le dirigió a su hermano una mirada de advertencia y emprendió su camino. Vieron desaparecer a Christoph sin decir ni una sola palabra, el único sonido en la noche era el galopar y el relinchar del caballo. Cuando se quedaron completamente solos, Frederick bajó su mirada; ella se veía demasiado afectada: sus labios temblaban haciendo que sus dientes se golpearan entre sí, seguramente producto del frío y temor. Con rapidez retiró su chaqueta y la colocó sobre los hombros de Annelise, ella elevó la mirada. — ¿Te has lastimado? —examinó su rostro buscando alguna señal de dolor; ella negó con la cabeza y apartó la mirada. ¿Por qué la miraba de manera tan intensa? ¿por qué fingía que le preocupaba?, era evidente que alguien que se dedicaba a cosas tan bajas no podía sentir preocupación o empatía por una persona, y mucho menos por alguien a quien odiaba tanto. — Ahora que lleguemos a la aldea te llevaré para que revisen —miró su despeinado cabello rubio, era lo único que podía ver, estaba tan pegada a su torso que le era imposible ver su rostro. Annelise se mantuvo en silencio; ¿él la escucharía, o cumpliría la promesa hecha a su detestable hermano? No quería abrazarse a él, suficiente se había humillado con su hermano, no podía quedar a merced de esos dos. Tomó la camisa con fuerza e intentó mantener distancia. Él era uno de ellos, tenía sus manos tan manchadas como el demente de su hermano. — ¿Cómo te encuentras de tu caída? —no podía dejar de mirarla, sentía una clase de magnetismo que no podía ignorar, ni evitar. No lo comprendía, y siendo sincero no quería pensarlo demasiado. — ¿Por qué eres así conmigo? —no se contuvo, quería saberlo porque simplemente no comprendía su amabilidad. Su cuestionamiento lo sorprendió, ni siquiera él lo comprendía, ¿cómo podría contestar algo de lo que no tenía respuesta? — Fue una dura caída —prefería evitar el tema, eso lo convertía en un completo cobarde, pero eso no le importaba, sólo quería desviar el tema de conversación—, me sorprende que no te hayas lastimado de gravedad. — Cuando terminaron con la vida de todos los guardias no intercediste, ni te preocupaste… ¿qué pretendes hacer conmigo? —tenía miedo de la respuesta de esa pregunta, pero prefería tener la verdad de lo que le iba a ocurrir. Había perdido cualquier rastro de esperanza, ahora sólo esperaba que su destino no fuera tan desastroso, ni doloroso. La pregunta lo tomó por sorpresa; comprendía su temor, cualquier persona en su lugar estaría igual. Después de todo, la habían sacado de su hogar de una manera extremadamente violenta y sin ningún tipo de explicación. Nadie tenía idea de lo que su hermano pensaba hacer con ella; pero estaba decidido a no permitir más abusos; él sería su protector, velaría por su seguridad. — No va a ocurrir nada contigo —le sonrió dulcemente—, puedes estar tranquila. — Tu hermano no parece pensar lo mismo que tú —sus palabras lo dejaron en silencio, lo cual la invitó a continuar hablando—, sé que no volveré con mis padres… sólo me gustaría pedir que no me atormenten. Las palabras de la princesa ocasionaron que su estómago se contrajera, era una extraña sensación, un tanto dolorosa y agobiante. — Si terminarán conmigo… —un nudo se atoró en su garganta al pronunciar esas palabras—, sólo… sólo me gustaría no sufrir. No entiendo por qué fuí yo —no estaba hablando con él, lo estaba haciendo al aire, porque cuando pidió ayuda a una figura divina no fue escuchada—, habían tantas personas en el salón… pero fuí yo la elegida… mi título y el poder de mi familia me condenó. ¿Cómo podía responder a su monólogo?, estaba seguro que no había palabras que pudieran consolarla, acercarla a él era demasiado, y dudaba que eso pudiera tranquilizarla o hacerla sentir en paz. Él sólo era el enemigo, uno más de ellos. — Si te pido que me dejes bajar… no lo harás, ¿verdad? —se atrevió a levantar su mirada. — Annelise —susurró con la voz ahogada—, princesa —no encontraba las palabras para contestarle. No deseaba herirla, pero tampoco podía faltar a su palabra—, no… no puedo hacerlo —detuvo el caballo para hablar con ella y mirarla directo a los ojos—, mira a nuestro alrededor, estamos en medio del bosque —aclaró su garganta—, es más de media noche… No puedo dejarte aquí, sólo te pondría en peligro. — No soy tan débil como todos creen. Soy ingeniosa, sé que podré arreglármelas para regresar con mis padres —tomó su camina y suplicó de manera desesperada. — No puedo hacerlo —la mirada de Annelise perdió todo rastro de ilusión y brillo, eso lo impulsó a hablar de nuevo—, en éste momento estás a mi cuidado, será peligroso para los dos —titubeó antes de continuar— en éste momento no puedo hacerlo. Annelise elevó la mirada confundida y a la vez emocionada; era apenas un pequeño rayo de luz y esperanza, «¿en éste momento?, eso significa que…», observó sus expresiones a detalle, buscaba algún rastro de burla, y a pesar de que no lo encontró decidió no emocionarse, podía ser un simple juego, una manera de atormentarla con la ilusión, «seguramente ese día jamás llegará», bajó la mirada un poco decepcionada de su ingenuidad, «él no me secuestró, pero tampoco impidió que lo hicieran. Apoyó la hazaña de su hermano, eso los hace igual de inhumanos». Sintió una punzada en el lado derecho de su cadera, se quejó débilmente y llevó su mano para masajear la zona afectada. — ¿Qué pasa? —la miró con atención—, ¿te duele algo? — Sólo me duele la cadera… un poco —fijó su mirada en el rostro de Frederick; su expresión no era severa, era todo lo contrario, podía apreciarse cierta calidez, «¡no, olvida eso!» — Supongo que corrimos con suerte —sonrió débilmente—, era una distancia considerable. «¿Suerte? ¡claro, fuí la persona más suertuda de la noche!», se mordió el labio, «si realmente hubiese tenido suerte no iría en camino a una aldea de criminales que me odian». — Te lo dije, no soy tan débil. Frederick asintió y siguió su camino con la mirada al frente. Se sentía enojado; si ahora ella estaba en ese estado era culpa de Chris. No le había importado nada: ni su inocencia, ni su delicadeza, y mucho menos sus súplicas. ¿Por qué tenía que llevarla con ellos? Lo tenía completamente acorralado, por un lado sentía una profunda lealtad hacia su hermano, traicionarlo no estaba en sus planes; y por otro lado estaba ella, encantadora y delicada, una persona completamente ajena a todo el conflicto, quería ayudarla a salir de ese lugar, ser partícipe de todo ese asunto lo atormentaba, sabía que esa noche no sería capaz de dormir. ¡Demonios! ¡él también odiaba a los Reyes!, de hecho debía admitir que sintió cierta dicha cuando vió el terror en los ojos del Rey, el estar frente a él y sentirse poderoso había sido agradable. Pero ella no estaba en su mente, él no quería ver esa reacción en ella, porque no tenía nada que ver con las razones por las cuales odiaba a la corona. Ella jaló su camisa, se apoyó en su pecho y posterior a eso sintió humedad en una parte de su camisa. Bajó la mirada y lo que vió provocó que su pecho se oprimiera. Estaba llorando, aferrada a su pecho. A él que le había hecho tanto daño, a él que no había intercedido lo suficiente. Debía sentirse muy afectada si encontraba consuelo en los brazos de alguien que la lastimó tanto. La imagen lo derrotó, quería ayudarla a sentirse mejor; tenía el deseo de extender sus manos acariciar su despeinado cabello rubio y asegurarle que la ayudaría a escapar. Pero lo detenía Chris, la única persona que tenía en el mundo. Cabalgaron por más de 20 minutos, se encontraban en medio del bosque, ¿cuán aterrada se sentía ella?, su cuerpo abrazado a su torso lo explicaba. No la escuchaba, pero sentía su respiración intentando regularse, sentía su abrazo apretar y aflojar cada tanto tiempo. Bajó la mirada, y deseó no haberlo hecho: ella lucía devastada, vulnerable, derrotada. Se atrevió a colocar una de sus manos en su espalda y acercarla a él, «nada te va a pasar, te lo prometo». Ella se estremeció ante su acción, pero no se alejó; era extraño, pero su cercanía no la abrumaba, todo contrario, la tranquilizaba. Seguramente se debía a las personalidades opuestas que tenían ambos hermanos, recostó su rostro en su cálido pecho y se mantuvo ahí, sintiéndose protegida en brazos del enemigo.
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