El silencio en la finca era tan profundo que se podía escuchar el canto lejano de un ave. Gabriel se paró frente a la mesa de roble. Sus manos estaban manchadas de sangre. No de cualquiera… era la sangre de González Álvarez. El hombre que se atrevió a vender a su hija. A traicionar a Gabriel. A pagar por su muerte. Ya no respiraba. Su cabeza, separada del cuerpo, fue enviada en una caja negra con el sello de los Montenegro. El destinatario: los rusos. Un mensaje claro: No toquen lo que es mío. Cuando Luca regresó, con los ojos fríos como el hielo, soltó una sola frase: —Lo entregué en mano. A Nikita. No volverán a tocarte. Gabriel no respondió. Solo asintió. La guerra había terminado. Por ahora. Días después, mientras los naranjos florecían en el jardín, Perla se acercó con una sonri

