Punto de vista de Gabriel
El sonido de sus propios pasos resonaba por los pasillos de mármol de la mansión. Tres días fuera y cada rincón le pesaba con un silencio distinto.
¿Esperaba verla correr a sus brazos? No.
¿Esperaba que lo odiara? Tal vez.
¿Le importaba? Más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Apenas cruzó la puerta del salón, la vio.
Sentada, vestida con un conjunto blanco de lino, tan serena como una diosa griega. Tomaba café. Ni una mirada. Ni un gesto.
Su indiferencia lo desarmó más que cualquier grito.
—¿No vas a saludarme? —preguntó él, rompiendo el hielo.
Perla levantó la vista lentamente, con una ceja arqueada.
—¿Y tú saludas a los muebles cuando vuelves a casa?
—No soy un mueble, Perla.
—¿Ah, no? Pues te comportas como un perchero de trajes caros y respuestas vacías.
Gabriel frunció el ceño, pero no contraatacó.
—Fui a resolver un asunto con la mafia rusa. Estaban moviendo dinero en una zona de Milán donde yo no quería que metieran mano.
—¿Y no podías decir eso antes de irte? ¿Avisar, al menos? ¿Un maldito mensaje?
—No sabía si volvería.
Perla se quedó helada. Esa frase pesó como plomo.
—¿Qué… qué estás diciendo?
—Dije que había peligro. Y no quería que te involucraras.
Ella se levantó lentamente. Se acercó hasta quedar a centímetros de él.
—No me dejas entrar. No me cuentas nada. Me usas. Luego me tiras al olvido. ¿Y ahora pretendes que me ablande porque dices que “fuiste por mi bien”?
Gabriel tragó saliva. Su máscara de arrogancia tambaleaba.
—No quería hacerte daño.
—Pues lo lograste, Montenegro. Como todo un experto.
Él la miró fijamente. Dio un paso más cerca.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Que me arrodille? ¿Que pida perdón por ser un cabrón que no sabe amar?
—No quiero nada de ti —susurró ella— Solo quiero que me dejes sanar sola.
Él bajó la cabeza. Por primera vez, el orgullo no le sirvió de escudo.
—Estuve a punto de matarlos a todos allá —dijo él, con voz ronca— Pensando en ti. Pensando en si me odiabas. En si estabas bien.
—Pues estuve tres días sin comer. Sin hablar. Odiándome más a mí que a ti.
Gabriel cerró los ojos.
—Perla…
—No me toques —dijo, dando un paso atrás— No quiero tus disculpas. Quiero distancia.
El silencio se apoderó del lugar. Él no insistió.
Solo asintió, tragándose todo lo que quería decirle.
Y antes de irse, dejó una caja sobre la mesa. Dentro, un collar antiguo. Su madre lo usó el día que conoció a su padre.
—Para ti —dijo, sin mirarla— Por si algún día quieres recordar que fuiste más que una prisionera.
Y se marchó otra vez .
“El pasado también viste de gala”
Punto de vista de Perl]
El sol italiano se colaba por la ventana del Maserati mientras Luca conducía rumbo al centro. Era el primer día en que salía después de haber pasado tres encerrada en la habitación, comiéndose el alma a cucharadas.
—Señorita, ¿desea que la espere fuera de la boutique? —preguntó Luca con su tono siempre gentil.
—Sí, por favor. No tardaré —respondió con voz seca pero serena.
Entró. Las vitrinas brillaban como joyas. Escogió unos tacones negros de Valentino y un par de sandalias doradas. Cuando estaba por pagar, una voz familiar —profunda, con ese acento italiano que en su juventud la hacía suspirar— la sacudió como un vendaval.
—¿Perla Álvarez?
Se giró. Lo vio.
Franco Bellini. Ojos ámbar. Barba perfectamente delineada. Sonrisa de comercial de perfume. Vestido de manera informal pero sofisticada, como siempre.
—¡Franco! —exclamó ella, con una mezcla de sorpresa y nostalgia.
Se fundieron en un abrazo cálido, lleno de recuerdos que nunca se cerraron del todo.
—¿Qué haces en Milán? —preguntó ella.
—Trabajo aquí ahora. Abrí mi propio restaurante en Navigli. ¿Y tú? ¿Qué haces tú aquí, vestida de reina y con esa mirada triste?
Perla dudó un segundo… y luego, con una sonrisa temblorosa, respondió:
—Te lo cuento si me acompañas a tomar café.
[Cambio de escena – Mansión Montenegro]
La tarde se teñía de dorado. En el jardín, Perla reía. Franco le contaba una historia de cuando se perdió en la Toscana. Se notaba que él no había olvidado lo que sintió por ella. Sus miradas lo gritaban.
Entonces, el Maserati n***o entró con violencia. Se escuchó el portazo como un disparo.
Gabriel Montenegro apareció, con su porte impecable y el ceño como una tormenta. Venía de Roma, cansado, molesto… y con hambre de respuestas.
Se detuvo al verlos. Analizó la escena en segundos: el vino, la risa, la cercanía.
—¿Interrumpo algo? —dijo, con ese tono de arrogancia glacial que usaba como armadura.
Perla se levantó despacio, como si tuviera fuego en la piel.
—Gabriel, él es Franco Bellini, un viejo amigo de mi infancia.
—¿Y siempre abrazás tan fuerte a tus "viejos amigos"? —espetó, cruzando los brazos.
Franco extendió la mano.
—Un gusto. He escuchado hablar de ti.
Gabriel no se la estrechó. Solo clavó los ojos en Perla.
—¿Usaste la tarjeta que te di para esto?
—Para los zapatos, sí. Para los recuerdos, no. Eso vino incluido en el precio de la vida, Montenegro.
Silencio.
Franco, incómodo, se excusó para irse.
Cuando quedó a solas con ella, Gabriel soltó:
—¿Así es como pasás los días mientras yo arriesgo la vida?
—Así es como sobrevivo a tu ausencia —disparó ella, directa.
Él dio un paso hacia ella.
—¿Te gusta él?
—¿Y si sí?
—Entonces estás jugando con fuego, Perla.
—Y tú, Gabriel, hace rato que estás quemado por dentro.
Ambos quedaron frente a frente. Orgullo, deseo y furia contenidos. Un solo movimiento, una sola palabra... y todo podía explotar.