La isla del silencio

1423 Words
El yate Montenegro ancló cerca de una isla virgen, apenas un pedazo de tierra rodeado de agua tan transparente que parecía mentira. La vegetación era salvaje, exuberante. No había señal. No había ruido. Solo el canto de los pájaros, las olas y el crujir de los pensamientos. Stefania, con su eterna expresión serena, colocaba sobre la parrilla langostas, camarones, pescados abiertos con finas hierbas. Luca, siempre meticuloso, organizaba una mesa rústica con servilletas blancas, copas de vino y una sombrilla improvisada. Gabriel apareció con el torso desnudo, una mirada enredada en recuerdos, y sin decir palabra, corrió hacia la orilla del yate y saltó. —¡Gabriel! —gritó Perla, sobresaltada, corriendo hacia la barandilla. El cuerpo del magnate surcó el aire y desapareció bajo el agua con un chapuzón limpio. Perla lo vio emerger segundos después, agitando los brazos, empapado y riendo como un niño que escapó por un momento de su jaula de oro. —¡Está helada! —gritó él desde abajo— Pero maldita sea… ¡se siente como libertad! Perla lo miraba desde arriba. Llevaba un vestido de lino, ligero, sin maquillaje, sin joyas. Pura y real. —¿Vienes o qué? —la retó él con una sonrisa torcida. Ella bajó la vista, lo pensó un segundo… y negó con la cabeza. —Paso. Me gusta más verte desde acá. Gabriel salió del agua como una bestia marina, con el cabello mojado cayéndole sobre la frente, el tatuaje del lobo en su pecho brillando bajo el sol. —¿Sabes qué creo, Perla? —Sorpréndeme… —Que no estás huyendo de mí. Estás huyendo de ti misma. Ella abrió la boca para responder, pero la voz se le murió en la garganta. El almuerzo fue cálido. Natural. Casi… humano. Por primera vez desde que se conocieron, no hubo tensión. Solo risas sueltas, miradas largas y silencios cómodos. Gabriel cortaba el pescado para ella. Luca abría una botella de vino blanco. Stefania servía como una madre vieja, sin meter las narices, pero leyendo todo. Y por un instante fugaz, parecieron una familia. Pero el sol siempre cae, y con él, regresan las sombras. El celular satelital de Gabriel vibró en la cabina. Un solo mensaje. “Te encontraron. Tienes que volver a Milán. Ya.” Y la paz… se quebró. ¿Te gustaría que el próximo capítulo se enfoque en el regreso a Milán, una amenaza directa contra Perla, o una revelación sobre el pasado de Gabriel que la hace dudar de todo? Perfecto. Esto va tomando una forma exquisita: amor peligroso, orgullo que arde y corazones que se niegan a rendirse. Te voy a dar primero los puntos de vista de ambos personajes después de lo que pasó en la cama, para mostrar el conflicto interno que los está consumiendo. Y después, la escena de la noche antes de partir a Milán, con todo el drama contenido en sus pensamientos y silencios. --- Punto de vista de Perla – “Entre placer y orgullo” No pudo dormir. Tenía el cuerpo marcado por sus manos, la piel tibia por su aliento, y el corazón hecho un campo minado. ¿Qué hice? ¿Qué se supone que signifique esto? Había jurado no enamorarse. Había jurado odiarlo. Pero Gabriel Montenegro tenía ese algo... Ese maldito magnetismo oscuro que la atraía aunque supiera que estaba jugando con fuego. Lo escuchaba respirar a su lado, tan calmado, tan hombre, tan maldito egocéntrico. ¿Y él? ¿Qué siente él? ¿O solo fue sexo para marcar territorio? Se sentó en la cama, miró el mar desde la ventana redonda. Se abrazó las rodillas. No lo entiendo. Cada día es más arrogante, más distante. Como si todo esto no le tocara el alma… como si yo no le importara ni un poco. Y sin embargo, ahí estaba ella. Bajo sus sábanas. En su cama. Con el corazón traicionándola cada noche. --- Punto de vista de Gabriel – “No me puedo permitir sentir” La miraba dormir. Y eso lo jodía. No debía gustarle. No debía importarle. ¿Qué estás haciendo, Montenegro? Gabriel sabía reconocer el deseo. Sabía usarlo. Pero lo que sentía por Perla era distinto. No era solo hambre. Era necesidad. Era caos. Maldita sea… me estoy enamorando de ella. Y no podía permitirlo. Porque su mundo era peligroso. Porque ella era inocente, por más que se hiciera la fuerte. Porque su vida estaba manchada con sangre y decisiones que no se borran con besos. Se levantó de la cama, se sirvió un whisky en silencio. Tengo que poner distancia. Tengo que recordar que esto es un trato, no un cuento de hadas. La escuchó suspirar en sueños. Y su nombre escapó de sus labios. Eso fue un puñal. --- Escena nocturna – “Última noche en la isla” La cena fue silenciosa. Luca y Stefania no preguntaron nada. Se notaba la tensión. Gabriel bebía. Perla miraba su plato sin hambre. —Mañana partimos a Milán —dijo él, sin emoción. Ella no respondió. —Hay cosas que debo atender. Te quedarás en la villa con seguridad. —¿Y eso qué importa? —dijo Perla, alzando la vista— Hagas lo que hagas, terminas desapareciendo. —Es mejor así —murmuró él. —¿Para quién? Silencio. Las brasas crepitante. El vino sabía a hiel. Esa noche, durmieron en la misma cama. Pero sin tocarse. Él de espaldas. Ella mirando el techo. Ambos fingiendo que no les dolía. “Los tres días del olvido” Noche en Milán. —Te dejo a cargo de Luca. Regreso en tres días —dijo Gabriel mientras se abrochaba el reloj, con su típica voz cortante. Perla lo miraba desde el marco de la puerta, envuelta en una bata de seda. Su expresión no era de enojo. Era peor: resignación. —¿Y ni siquiera piensas decirme por qué te vas? —preguntó ella, apenas audible. Gabriel la observó de reojo, con esa mirada impenetrable que tanto la desesperaba. —Negocios. No necesitas saber más. —¿Negocios… o placer? —lanzó Perla con veneno— Porque con lo rápido que cambias de mujer, uno ya no sabe… Gabriel se detuvo. Cerró los ojos un segundo. —No empieces, Perla. No ahora. —¿Entonces cuándo? ¿Cuando me ignores otra vez en una fiesta? ¿Cuando te encuentre con otra encima? Gabriel cruzó la distancia entre ellos en dos pasos. La tomó del mentón con firmeza, obligándola a mirarlo. —No soy tu novio. No soy tu héroe. Y esto —dijo señalando la cama con la mirada— fue un error. El corazón de Perla se quebró con un crujido invisible. Él lo notó. Y sin embargo… no se detuvo. —Cuida lo que dices, Montenegro… porque a veces las palabras no se olvidan —susurró ella con los ojos vidriosos. Gabriel la soltó sin decir nada más, dio media vuelta, y salió. La puerta se cerró. Y el silencio se volvió insoportable. Día 1 La mansión era enorme. Hermosa. Vacía. Perla no salió de la habitación. Corrió las cortinas. Apagó el celular. Ignoró los toques suaves de Stefania y Luca en la puerta. No comió. No bebió. Pasó el día llorando en silencio. Apretando la almohada con rabia. Recordando su cuerpo. Su voz. Su traición. —Soy una estúpida… —susurró al espejo— ¿En qué momento dejé que él se metiera tan hondo? Día 2 El hambre no dolía. El alma sí. Perla escribió una carta. La rompió. Se puso un vestido. Se lo quitó. Pensó en irse. Pero… ¿a dónde? Miró la foto de su madre en su celular. —¿Qué harías tú, mamá? ¿Me dirías que aguante? ¿Que lo enfrente? Sus manos temblaban. Esa noche soñó con él. Con su voz llamándola. Despertó gritando. Sola. Día 3 La rabia era más fuerte que el dolor. Se duchó. Se vistió. Se maquilló. Se miró al espejo y no reconoció a la mujer que la miraba. —Nunca más —se dijo— No vuelvo a llorar por un hombre. Cuando Luca tocó la puerta, esta vez, ella abrió. —¿Se encuentra bien, signorina? —Prepárame un café. Y dile a Stefania que quiero bajar a desayunar. Luca sonrió con alivio. —Claro… justo a tiempo. El señor Montenegro acaba de llegar. El corazón de Perla dio un salto. Pero su rostro se mantuvo frío. —Perfecto —respondió, levantando el mentón— Que me vea fuerte. Que vea lo que perdió.
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