Al despertar, Perla se encontró sola. Ni el ruido de tacones, ni pasos en el pasillo. Solo el rumor lejano de una fuente.
Gabriel se había ido. Sin avisar. Sin despedirse.
Como un fantasma con cuentas pendientes.
Sobre la mesa del tocador había una nota escrita a mano, con tinta negra y letra inclinada:
“Me ausento por asuntos de negocios. Luca se encargará de ti. No salgas sin seguridad.
He mandado traer algunas cosas que te harán sentir más… en casa. —G.M.”
Perla bufó. “Se encargará de ti.” ¿Quién se creía que era? ¿Su dueño?
Abrió el enorme armario de puertas talladas. Lo que encontró la dejó sin aliento.
Ropa. Ropa de todo tipo.
Desde jeans de diseñador hasta tops modernos, ajustados, frescos. Vestidos de gala que parecían sacados de una alfombra roja. Lencería que quemaba con solo verla. Tacones. Perfumes. Todo nuevo. Todo cuidadosamente elegido.
Y lo más inquietante: ropa interior de su talla exacta.
¿Quién había tomado esas medidas?
Se miró en el espejo. Llevaba una de las blusas blancas estilo top y unos jeans ajustados. Se veía… poderosa.
Distinta. Más ella.
—Así que él cree que puede vestirme… —susurró, tocando el encaje de un vestido n***o con escote profundo—. Pues que se prepare para lo que ha creado.
Tocaron la puerta. Era Luca.
—Buenos días, signorina Perla. El señor Montenegro partió esta madrugada. Me pidió que le enseñara la villa… y que la cuidara como si fuera un diamante en llamas.
—¿Así me ve él? —dijo ella con una ceja alzada—. ¿Como una joya peligrosa?
Luca sonrió. Ese tipo tenía una elegancia innata, mezcla de guardaespaldas y mayordomo de película.
—Él no lo diría con esas palabras. Pero yo sí. Usted es un incendio que alguien intentó encerrar en una caja de cristal.
Durante el día, Luca le mostró la biblioteca, la galería de arte, los jardines privados, la alberca subterránea… y el invernadero. Perla se sorprendía a cada paso. Había belleza, sí. Pero también vigilancia.
La villa estaba llena de ojos.
Por la tarde, mientras probaba uno de los vestidos —un escarlata con espalda descubierta—, encontró en el fondo del clóset una caja de madera. Al abrirla, descubrió algo extraño: un relicario de plata, unas cartas antiguas en ruso… y una pistola pequeña.
Se quedó helada.
Gabriel Montenegro tenía secretos. Muchos. Y algunos venían con sangre.
Esa noche, se puso su top favorito y bajó a cenar sola.
Pero mientras cortaba una fresa con el tenedor, sintió que alguien la miraba.
Y aunque Gabriel no estaba… su sombra no la dejaba en paz.
“El lobo regresa”
Tres días.
Setenta y dos horas sin noticias, sin llamadas, sin su voz mandona ni sus órdenes envueltas en seda.
Perla empezaba a acostumbrarse a la idea de que podía respirar sin Gabriel Montenegro.
Hasta que el rugido de un motor italiano rompió la tarde.
El Lamborghini n***o entró por la reja principal como un rayo de tormenta. Gabriel había vuelto.
Perla lo vio desde la ventana. Traje oscuro, lentes de sol, rostro tenso.
Entró a la villa como quien toma posesión de un reino abandonado.
—¿No vas a saludarme? —dijo desde el umbral de su cuarto.
Ella, recostada sobre el diván, lo miró con una mezcla de rabia y nervios.
Vestía una blusa de tirantes corta y jeans rotos. Su cabello, suelto, caía como una cascada salvaje.
—Creí que habías muerto. Estaba por abrir champaña.
Gabriel sonrió apenas, pero sus ojos la recorrían con un fuego contenido.
—Te ves diferente.
—Tú también —le devolvió—. Menos insoportable.
Él se acercó, y por un segundo, el aire pareció temblar entre los dos. Pero no dijo nada más.
—Prepárate. Esta noche hay un evento. Formal. Con máscaras. Quiero que vengas conmigo.
—¿Por qué?
—Porque eres mi esposa —dijo con voz seca—. Y porque necesito que el mundo lo sepa.
Esa noche…
La gala benéfica se celebraba en una villa antigua, decorada con candelabros, vitrales y mármol n***o.
Todos llevaban máscaras venecianas. Misterio y poder flotaban en el aire como perfume caro.
Perla apareció al pie de la escalera con el vestido escarlata que tanto había dudado en usar.
Espalda descubierta. Tela que abrazaba su figura. Unos tacones que podrían haber matado a cualquiera.
Gabriel, ya en la sala, giró al verla…
Y perdió el habla.
Se le tensó la mandíbula. Dio un paso al frente sin pensarlo. Se detuvo justo frente a ella, mirándola de arriba abajo.
—Si supiera que te verías así… habría cancelado la fiesta y te habría encerrado en la habitación.
—¿Celoso, señor Montenegro?
—Cauteloso —replicó él—. Las joyas no se exhiben sin un par de cuchillos cerca.
En la fiesta…
Todo era lujo y apariencias. Risas fingidas. Copas de champán. Políticos, empresarios, rostros falsos y almas vacías.
Perla bailaba sola entre la multitud, disfrutando de la música, cuando un hombre —italiano, joven, demasiado entusiasta— se le acercó y le ofreció una copa.
—Bellissima… ¿y si me concedes esta pieza?
Antes de que ella pudiera responder, él le tocó la cintura.
Un movimiento suave, pero fuera de lugar.
—Te dije que no —le advirtió Perla.
—Solo será un baile, no seas cruel…
Y entonces, como un lobo al acecho, Gabriel apareció detrás del tipo.
Le tomó la muñeca con fuerza controlada y su tono de voz fue puro veneno:
—¿Tienes idea de a quién acabas de tocar?
El hombre intentó reír, incómodo.
—Relájate, amigo… es solo una mujer.
Gabriel le torció ligeramente la muñeca.
—Es mi esposa. Y si vuelves a ponerle una mano encima, te aseguro que no volverás a tocar nada nunca más.
El tipo se fue, pálido. Perla, aunque molesta, no pudo evitar sentir el calor subirle por el cuerpo.
—¿Era necesario tanto teatro? —le dijo, cruzando los brazos.
—No fue teatro. Fue una advertencia —replicó él, mirándola fijamente—. Porque aunque no me pertenezcas… esta noche lo pareces.
La música volvió a sonar, y sin pedir permiso, Gabriel le ofreció la mano.
—Baila conmigo.
Ella dudó un segundo… y luego la tomó.
Y por primera vez, en medio de una mentira disfrazada de gala, Perla sintió que su corazón comenzaba a bailar también.