—Sí. Me aferré a esperar la muerte y lo único que dije fue Antonio, te amo. —nuestras miradas se encontraron—. ¿Por qué? —Porque sentí tu miedo, supe en qué lugar te encontrabas. Como tenía alas solo era pedir trasladarme y en un instante llegaba al lugar deseado. —¿A qué linaje perteneces? —A uno muy antiguo, igual que el tuyo, pertenezco a uno milenario, guardianes de los instrumentos sagrados del universo. Cariño, jamás toques el látigo o las dos dagas, tampoco toques las armas sagradas de Eduardo, son dos espadas que se convierten en varas muy afiladas. Solo los descendientes varones de mi dinastía pueden tocarlos sin que mueran. Por favor, no los toques, y cuando tengamos a una niña tampoco puede hacerlo. —Te lo prometo. ¿Me mataría? Sentí una extraña sensación en el estómago,

