Bajé la velocidad del caballo al ingresar al pueblo. Desde hacía trescientos años no sentía el frío, volvía a experimentar las consecuencias de ser humano otra vez, por fin me sentía pleno y completo. No era tan malo volver a serlo. Como pude haber sido tan burdo, indolente e ignorante, no me alcanzará la vida terrenal para enmendar el estúpido daño causado a la mujer que más amo y sin duda me adora. Me dirigí a la parroquia, las puertas estaban abiertas, —espero no se encuentre ocupado—. Amarré a Capricho, entré al jardín, subí las escaleras de dos en dos. Estaba impaciente por saber cómo era que no desapareció la dinastía de la Madre tierra. Quería saber qué pasó, se perdió el rastro por tantos años, la última unión efectuada fue hace poco más de quinientos años. Además, era de suma i

