Afirmé y él se echó la bendición. Confirmé su miedo, quedó pensativo unos segundos para luego tomar su habitual forma de regañar. » ¿No recuerdas cuando te dije en la boda que te entregaba a una diosa? —seguía recriminando—. Alfred, Louis, nos vamos a defender a nuestra señora. —Los miró—. Ya saben qué hacer y que llevar. Tienen tres minutos. —Padre, yo… lo siento, me dejé envenenar por culpa de los celos. —¿Celos de qué?, si en la mirada se nota su pureza. Mariana es más pura que la misma palabra. Exclamó Alfred, y esta vez no le discutí, tenía razón. Yo en miles de ocasiones me dije cómo hacía para poner esa mirada de inocencia. —Sé cuál fue mi pecado, no me alcanzará la vida para compensar cada lágrima que, por mí, derramó. Respondí alzando la voz, ese joven lograba sacarme de q

