Él preguntó muy caballeroso, con una hermosa sonrisa. Tenía tanto enojo, si no habría sucumbido ante esa bella expresión. —Maravilloso. —respondió. —Me alegro, ¿dónde se encuentra Eduardo? —preguntó. —Salió hace un segundo, dijo que lo esperaran ustedes dos, sobre todo. —Yo no tengo tiempo, Manuela. Antonio puso su fría expresión sobre mí. Ella me tomó de la mano y salimos a caminar al jardín. —¿Volvieron a pelearse? —indagó. —No, anoche… Él pasó la noche por fuera, y sí me encuentro demasiado molesta, muy molesta. Debía seguir con la falsa hasta lo último. La conocía, se desmayaría si se enteraba. Era mejor que lo leyera del diario. —Eso es por su trabajo, Eduardo me dijo que sería común por su condición. —No le entendí—. ¿Por qué no me lo dijiste? —¿Decirte qué? —encogí mis ho

