Antonio esperaba una respuesta. Eduardo me miró, se encogió de hombros, dejándome sola sin saber qué responder. «Tramposo». —Le dije, sonrió y abrazó a su hermano. —Que nuestro padre celestial te bendiga y proteja. —Antonio le dio un beso en la frente, fue un acto tan paternal y emotivo. —Gracias, hermano. Fue lo único que se dijeron con palabras, el resto fue mental, se pusieron frente a frente con sus ojos cerrados. Los vi partir, me sentí feliz por ellos, los envidié, nosotros nos quedamos unos minutos más. Fui yo la que le pidió al lord D’Montecarlos que nos retiráramos. —Ya quiero retirarme, me siento muy cansada. —Yo no, espero un recado, ¿puedes regalarme unos veinte minutos? Quise matarlo, respiré profundo y me reuní con mi madre. Antonio hablaba con unos caballeros, lueg

